En el capítulo 28 de la serie de catequesis “Venga a nosotros tu reino”, el presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) y obispo de Cuernavaca, Ramón Castro Castro, ha dirigido una profunda reflexión sobre la familia como “Iglesia doméstica”. Este mensaje, difundido a través de las redes sociales y plataformas digitales de la CEM, invita a los fieles mexicanos a descubrir en el hogar el verdadero germen del Reino de Dios.
La serie “Venga a nosotros tu reino” se lanzó con motivo del centenario de la encíclica *Quas Primas* (1925) de Pío XI, que instituyó la solemnidad de Cristo Rey del Universo. A lo largo de sus capítulos, los obispos mexicanos han explorado cómo la soberanía de Cristo debe impregnar todos los ámbitos de la vida personal, social y eclesial en un país marcado por la violencia, la migración y la desintegración familiar.
En esta entrega, Castro Castro centra la mirada en el núcleo de la existencia cristiana: la familia. “Hoy volvemos la mirada al corazón de nuestra vida cristiana. ¿Cuál? La familia. Es allí, en medio de alegrías y desafíos, donde el reino de Cristo está llamado a florecer en primer lugar”, afirma el prelado con claridad pastoral.
No se trata de un reinado de imposición o de normas rígidas, sino de “un reinado de amor que transforma”. La Iglesia, recuerda, ha llamado tradicionalmente a la familia “Iglesia doméstica”, expresión que remite al Concilio Vaticano II y, especialmente, a la exhortación apostólica Familiaris Consortio de san Juan Pablo II. La fe no se agota en el templo los domingos; se vive y se transmite en la mesa, en las conversaciones diarias, en los momentos de cansancio y de alegría.
“Padres, madres, abuelos e hijos, somos protagonistas del anuncio del Evangelio con gestos sencillos, incluso en medio de nuestras imperfecciones”, subraya el obispo. Esta afirmación resuena con fuerza en un México donde, según datos de diversas instituciones, miles de familias enfrentan crisis profundas: separación por migración, violencia doméstica y delictiva, adicciones, pobreza y la dolorosa ausencia de oportunidades para los jóvenes.
Castro Castro no evade la realidad. “Seamos realistas, la vida familiar no es fácil. En México muchas familias enfrentan heridas profundas, migración forzada, violencia, adicciones, ausencia de oportunidades. Hay hogares marcados por el silencio, el cansancio, la separación”, reconoce. Y precisamente ahí, en medio de la herida, resuena la llamada evangélica a la conversión permanente.
“Jesús llama siempre a la conversión. Ser cristiano no es un punto de llegada, sino un camino continuo que comienza en la familia, en casa. No debemos avergonzarnos de nuestras caídas, la vergüenza que paraliza no viene de Dios. Su gracia levanta, sana y reconstruye, especialmente en los hogares y familias heridos”, asegura con tono esperanzador.
Cuando Cristo reina verdaderamente en el hogar, su amor no queda encerrado entre cuatro paredes. Se derrama hacia la comunidad parroquial y hacia la sociedad entera. El obispo pone como ejemplo a santa Mónica, la madre que nunca dejó de orar por su hijo Agustín, futuro doctor de la Iglesia. “Hoy también hay muchas Mónicas en México, madres que oran por hijos atrapados en la violencia, padres que no pierden la esperanza. Su amor cotidiano construye el reino”.
La santidad familiar, insiste, no requiere grandes heroicidades. Se vive en lo concreto: pedir perdón después de una discusión, compartir las cargas del trabajo y del hogar, rezar juntos aunque sea unos minutos, servir a los más necesitados del barrio. “No hace falta ir lejos para ser misioneros. Nuestra casa, nuestro barrio, nuestra comunidad son tierra de misión”.
Ramón Castro Castro dirige un mensaje particularmente realista a las familias que se sienten “heridas y cansadas”. Lejos de idealizar la vida doméstica, la presenta como el lugar privilegiado donde la gracia de Dios actúa con mayor fuerza. “Que nuestras familias, aún heridas y cansadas, sean luz y esperanza. Que vivan el Evangelio con autenticidad y alegría”, exhorta.
Esta visión recupera la más antigua tradición cristiana. Ya los Padres de la Iglesia hablaban de la familia como ecclesia domestica. En el contexto mexicano actual, donde la desintegración familiar es uno de los factores que más alimenta la violencia y la inseguridad, el llamado episcopal adquiere una dimensión profética. Reconstruir el tejido social comienza por sanar y evangelizar el hogar.
La catequesis concluye con la misma invocación que da nombre a la serie: “Venga a nosotros tu reino”. No es una frase piadosa vacía, sino una oración que se hace carne cuando las familias deciden dejar que Cristo reine en sus relaciones cotidianas. Cuando un padre pide perdón a su hijo, cuando una madre lee la Biblia con sus niños, cuando los abuelos transmiten la fe con sus historias, el Reino de Dios ya está llegando.