Presidente de los obispos de México abre la cuaresma enfatizando la necesidad de conversión y acabar con la normalización de la corrupción y violencia
En la Catedral de Cuernavaca, el obispo Ramón Castro Castro presidió la misa de Miércoles de Ceniza el 18 de febrero de 2026, marcando el inicio de la Cuaresma con una homilía que fusionó la espiritualidad litúrgica con un diagnóstico incisivo de la realidad mexicana. Ante fieles congregados, el prelado enfatizó que la imposición de la ceniza «no admite frivolidades» ni se reduce a un «símbolo decorativo», sino que representa un «llamado serio a la conversión del corazón».
«Somos polvo ciertamente, pero un polvo amado, redimido, llamado a la conversión», proclamó Castro, recordando la fragilidad humana mientras invocaba las palabras de San Pablo: «aproveche este tiempo favorable». Insistió en que la Cuaresma no es «un tiempo más en el calendario litúrgico» ni una «costumbre heredada», sino una «oportunidad de gracia que no debemos desperdiciar». Esta exhortación resuena en un contexto nacional de crisis, donde el obispo describió a México como una «nación herida» por «lutos acumulados, familias fracturadas, jóvenes sin horizonte, comunidades marcadas por la violencia y por la desigualdad».
El mensaje del obispo se centró en la necesidad de una conversión integral, inspirada en el mensaje cuaresmal del Papa Francisco –al que se refirió erróneamente como «Papa León XIV» en la transcripción–, que aboga por una transformación «personalmente, comunitariamente y ecológicamente». «No hay verdadera penitencia si no toca la conciencia, si no transforma las relaciones, si no reordena nuestra manera de habitar el mundo», afirmó. Citando al profeta Joel, urgió a «disfruten su corazón, no sus vestidos», rechazando «dramatizaciones religiosas» en favor de la «verdad interior». Advirtió contra la «incoherencia» de cubrirse de ceniza mientras el corazón permanece «endurecido», y criticó la tendencia a reducir la Cuaresma a «prácticas externas» o «emociones pasajeras».
Enfocándose en la realidad social y política, Castro lamentó cómo México ha «aprendido peligrosamente a acostumbrarnos» a las injusticias: «Nos acostumbramos a cifras, nos acostumbramos a titulares, nos acostumbramos a injusticias sociales, nos acostumbramos a pequeñas corrupciones o grandes que justificamos de alguna manera. Nos acostumbramos a la indiferencia». Esta normalización de la corrupción, argumentó, socava las instituciones: «Si el corazón no cambia, las leyes se vacían. Si el interior no se transforma, la sociedad se fractura nuevamente». Según el Índice de Percepción de Corrupción 2025 de Transparencia Internacional, México obtuvo 27 puntos de 100, ranking 141 de 182 países, reflejando una percepción persistente de corrupción en el sector público pese a un leve mejora.
La violencia fue otro eje central, con el obispo destacando cómo «la fractura que vive México no es sólo política o económica. Es profundamente relacional». Se ha «debilitado la confianza», «erosionado la palabra» y «instalado la sospecha permanente«. Datos preliminares indican que en 2025, México registró 23,374 homicidios, con una tasa de 17.5 por 100,000 habitantes, la más baja desde 2016, aunque persisten altos niveles en regiones como Morelos. Castro llamó a «reconstruir desde abajo»: desde la familia, la parroquia y el trabajo, para lograr «paz nacional» a través de «reconciliación cotidiana». «Somos embajadores de Cristo», suplicó, recordando que la reconciliación con Dios tiene «consecuencias visibles» en la resolución de conflictos y la participación social.
El Evangelio de Mateo inspiró su exposición de las prácticas cuaresmales: oración, ayuno y limosna, realizadas «en lo secreto» sin ostentación. La oración «nos devuelve el centro» en un mundo de «ruido», fomentando el discernimiento y recordando la dependencia de Dios. El ayuno es «liberación interior», no solo abstinencia, sino romper «dependencias» y cuestionar estilos de vida que dañan a uno mismo, a otros y a la creación, integrando la «conversión ecológica». La limosna es «solidaridad activa», compartiendo recursos y reconociendo a Cristo en los pobres, contracultural en un país de desigualdad marcada.
Invocando a la Virgen María, Castro pidió un «corazón indiviso» para atravesar el «desierto de la incertidumbre» y resistir la «indiferencia». «María es la mujer del sí cotidiano», dijo, intercediendo para que la Cuaresma no «pase de largo» y lleve a una Pascua con «corazón nuevo». Concluyó animando: «¡Ánimo! Dios nos ayude a todos».
Esta homilía posiciona a Castro, presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, como voz profética en un México que enfrenta desafíos estructurales. Su llamado a romper con la normalización de males sociales invita a una conversión que trascienda lo individual, fomentando acciones colectivas para sanar divisiones.