Episcopado Mexicano, ¿Relevo generacional?

Episcopado Mexicano, ¿Relevo generacional?

Al iniciar el 2026, Carlos Garfias Merlos, arzobispo de Morelia, presentó la ineludible obligación canónica de renuncia por edad que debería ser aceptada por el Papa León en los próximos días, aunque su sucesión representa un tono atípico puesto que, desde marzo pasado, se conoce quién será su sucesor y cómo lo afirmo el mismo Garfias, con esa decisión se acabarían todas las especulaciones y tensiones que representa el cambio en una arquidiócesis tan importante como Morelia.

Nada más cierto. En un país donde la fe católica impregna la vida cotidiana de más de 100 millones de fieles, la Iglesia mexicana se encuentra en un momento particular por la próxima conformación y configuración de la geografía y del mapa eclesiástico mexicano. Las cifras son oportunas para comprender el calado de las sucesiones que se asoman con renovaciones interesantes que hasta 2027, podrían representar hasta más de un cuarto del total de los obispados del país.

En 19 arquidiócesis, 73 diócesis y 4 prelaturas territoriales, el episcopado activo es de 18 arzobispos, 68 obispos, tres prelados y 23 auxiliares. Este conjunto enfrenta un relevo generacional sin precedentes, casi un cuarto del total de circunscripciones eclesiásticas entran en  proceso de transición entre 2025 y 2027. Las sucesiones no sólo implican cambios administrativos, también son oportunidad para revitalizar la pastoral en un contexto de desafíos sociales como la violencia, la migración, los cambios educativos o la progresiva secularización que va cambiando la forma de vivir la fe.

El panorama se dibuja con claridad en las estadísticas etarias del episcopado. La edad promedio de los obispos activos es de 67 años, con una media de 65, lo que refleja un liderazgo maduro, pero envejeciendo rápidamente sin tomar en cuenta las afectaciones por enfermedades como sucedió con el arzobispo de Tijuana, Francisco Moreno Barrón, quien falleció por cáncer a los 71 años.

Entre los aspectos críticos, destaca el grupo de obispos que han presentado o presentarán renuncias por edad canónica. Nacidos entre 1949 y 1950, representan 9 circunscripciones (8.49%), con renuncias  pendientes de aceptación papal. Para 2026, se suman 7 más (6.60%), nacidos en 1951, elevando el total a 16 (15.09%) en transición inmediata. Proyectando a 2027, con 6 nacidos en 1952 (5.66%), el acumulado alcanza 29 circunscripciones (27.36%) a la que se  agregan 7 sedes vacantes (6.60%) como el arzobispado de Tijuana y diócesis como Atlacomulco, Campeche, Ciudad Altamirano, Ecatepec, Tampico y la Prelatura de El Salto. En las 19 provincias eclesiásticas, 6 de 18 arzobispos activos (33.33%) han renunciado o renunciarán entre 2024 y 2026, lo que podría reconfigurar el mapa de las provincias.

Entre ellos, hay dos  figuras que destacan, no sólo por ser cabezas eclesiásticas importantes como el influyente cardenal José Francisco Robles Ortega, arzobispo de Guadalajara (nacido el 2 de marzo de 1949) o el eclipsado Carlos Aguiar Retes, arzobispo Primado de México (9 de enero de 1950) quienes, sin embargo,  han visto la prolongación de su gobierno episcopal que, de alguna forma, pudo deberse gracias a la coyuntura abierta por  la muerte del Papa Francisco y la sucesión de León XIV. A ellos se les suma otro factor: Son los dos cardenales en activo con derecho a voto en un cónclave. Esto es de llamar la atención porque la Iglesia se convierte en candidata potencial para tener un nuevo cardenal con derecho a estar en un cónclave, el primero del nuevo Papa para México. Francisco, por el contrario, entregó la mayoría de los capelos a obispos eméritos como reconocimiento por sus méritos pastorales.

Otros arzobispados importantes también entran en el juego de las sucesiones, en espera del relevo están Leopoldo González González, arzobispo de Acapulco (29 de octubre de 1950), Víctor Sánchez Espinosa, arzobispo de Puebla (21 de mayo de 1950) y Pedro Vázquez Villalobos, arzobispo de Antequera Oaxaca (16 de septiembre de 1950), demarcaciones que también tienen un peso relevante por su tradición histórica y política en sus relaciones con el poder temporal

Por otro lado, en 2025, siete obispos residenciales enviaron el sobre de renuncia a la nunciatura apostólica para ser tramitada en Roma y se suman quienes cumplirán 75 años en 2026, nacidos en 1951, los obispos de 7 circunscripciones (6.60%). Estos son Carlos Garfías Merlos, arzobispo de Morelia (1 de enero de 1951), con un coadjutor designado, cumplió la edad el 1 de enero, seguido por Miguel Ángel Alba Díaz de La Paz (23 de enero), también con un coadjutor listo para asumir el obispado; Rogelio Cabrera López, arzobispo de Monterrey (24 de enero). Continúan Julio César Salcedo Aquino, obispo de Tlaxcala (12 de abril), Rutilo Muñoz Zamora, obispo de Coatzacoalcos (4 de junio), Juan Pedro Juárez Meléndez, obispo de Tula (26 de junio) y Sigifredo Noriega Barceló, obispo de Zacatecas (12 de octubre).

 En la otra cara de la moneda está el segmento más amplio, los de la generación nacida entre 1960-1969, 44 obispos (36.67%), con edades promedio de 60.5 años al 6 de enero de 2026. Los de más amplia influencia por su actividad pastoral, como la del obispo de Cuernavaca, Ramón Castro Castro, presidente de la CEM, (1956) o el obispo de Apatzingán, Cristóbal Ascencio García, (1955), por desafiar la situación tan difícil en Michoacán, están en el umbral de los 70 años; sin embargo,  Jaime Calderón Calderón, arzobispo de León y vicepresidente de la CEM (1966, 59) y obispos como Jorge Cuapio Bautista de Iztapalapa (1967, 58), son representantes o puentes en el «núcleo de transición» de los obispos hacia los sesenta años.

Pero, ¿Qué hay de los obispos jóvenes? En contraste, hay un discreto, pero emergente relevo joven. Los obispos nacidos entre 1970 y 1978 suman 18 (15%), con 5 titulares como Jesús Omar Alemán Chávez de Cuauhtémoc-Madera (1970, 55 años), Guadalupe Antonio Ruíz Urquín de Huautla (1971, 54), Roberto Yenni García de Ciudad Valles (1972, 53), Oscar Efraín Tamez Villarreal de Ciudad Victoria (1973, 52) y Carlos Enrique Samaniego López de Texcoco (1973, 52). Los restantes son auxiliares, como Luis Alfonso Tut Tún de Antequera Oaxaca (1978, 47) y Carlos Alberto Santos García de Monterrey (1976, 49). Este grupo, con edades entre 47 y 55, representa una apuesta por líderes formados en contextos posconciliares, más expuestos en redes sociales, sensibles a diversidad cultural y desafíos digitales.

Sin embargo, la principal cantera está en los  auxiliares activos, clave en esta transición. De los 23 auxiliares, trece están en la generación de los 70’s, el más joven es Luis Alfonso Tut Tún, auxiliar de Antequera-Oaxaca (1978) y ordenado al episcopado en 2024 y otros podrían ser buenos relevos en diócesis o arquidiócesis vacantes como los auxiliares de México Andrés Luis García Jasso, (1973), ordenado obispo en 2021 y Luis Manuel Pérez Raygoza (1973), quien tuvo la imposición de manos al episcopado en 2020; Francisco Figueroa Fernandez, auxiliar de Zamora, (1975), consagrado en 2021; Héctor Mario Pérez Villarreal, actual secretario general de la CEM, auxiliar de México, (1970) elevado al episcopado en 2020 o Francisco Javier Martínez Castillo, auxiliar de Puebla (1974) hecho obispo en 2024.

En conclusión, este relevo generacional plantea retos profundos para la renovación del Episcopado Mexicano hacia los grandes jubileos. El Proyecto Global de Pastoral (PGP), presentado por la CEM en 2018, busca un encuentro con Jesucristo Redentor bajo la mirada de Guadalupe, abarcando el V centenario de las apariciones (2031) o los dos mil años de la Redención (2033). Este marco exige fortalecer estructuras pastorales, promover vocaciones y enfrentar déficits en formación integral. Los desafíos incluyen la escasez vocacional –con bajas en seminarios–, la necesidad de obispos culturalmente sensibles en diócesis con nuevas realidades y el surgimiento de los desafíos digitales en los que se mueven los jóvenes,  la adaptación a temas como migración y la construcción de la paz.

Prolongadas vacantes podrían interrumpir programas, pero también podrían desplazar la urgencia de cambios ante desastres pastorales y parálisis como sucede en la arquidiócesis de México. Quizá un buen ejemplo de esa transición generacional y hasta de carisma lo tenemos en la diócesis de Cancún-Chetumal con el ascenso de Salvador González Morales, (1971) y ordenado obispo en 2019, quien terminó con la era de los Legionarios de Cristo e imprimirá una nueva dinámica que, por lo menos, podría durar veinte años.

Y la Iglesia no parece tener prisa para encontrar los perfiles adecuados. Los argumentos anteriores demuestran que además de la escasez de obispos, la formación específica a crear nuevos prelados no es una materia común en Seminarios o en los estudios permanentes del clero; subiste la idea de que la principal cantera son los auxiliares o bien las vacantes se cubren dejando sin pastor a otras cuando, desde los presbiterios, deberían tomarse los pastores que necesita el pueblo santo de Dios.

Hacia los jubileos del 2031 y 2033, la renovación debe priorizar educación continua, formación permanente y seria, salud clerical, virilidad sacerdotal y evangelización digital, además de forjar la santidad transformando este relevo en un hito de vitalidad guadalupana para una Iglesia mexicana misionera, pero sobre todo, de pastores quienes, como dijo Juan Pablo II, el primer Papa que visitó México en 1979, cuando esos obispos de los setentas aun estaban en la niñez, dependerá “en buena parte la suerte de la Iglesia en los sectores confiados a su cuidado pastoral” y eso les impone “una profunda conciencia de la grandeza de la misión recibida y de la necesidad de adecuarse cada vez más a ella” porque ellos, como afirmó el Papa polaco, “son las personas que han hecho del Evangelio una profesión de vida”. (Juan Pablo II, 27 de enero de 1979, Basílica de Guadalupe).

 

 

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