El medio milenio de la diócesis más antigua de México

El medio milenio de la diócesis más antigua de México

Una celebración cargada de simbolismo y devoción que congregó a miles fieles el 12 de octubre en el Seminario Conciliar de Nuestra Señora de Ocotlán para conmemorar un hecho que marcó el inicio de la organización eclesiástica de la primigenia Iglesia de México: los 500 años de la fundación de la diócesis de Tlaxcala, la primera en territorio mexicano y cuna de la evangelización en el país. Un hito religioso y de reflexión sobre las raíces culturales y el celo misionero que han definido a esta región durante cinco siglos.

La jornada comenzó temprano con la procesión solemne que recorrieron un camino adornado con alfombras tradicionales, un gesto a las costumbres locales que fusionan la fe católica con las tradiciones indígenas tlaxcaltecas. El nuncio apostólico en México, Joseph Spiteri, presidió la ceremonia en representación del Papa León XIV, bendiciendo un signo conmemorativo que simboliza la perennidad de la fe en estas tierras. Aproximadamente 15 mil asistentes, provenientes de 90 parroquias de la diócesis, llenaron el recinto, incluyendo al presbiterio, ministros, catequistas, religiosas y laicos comprometidos. Ese día, las misas en las parroquias locales fueron suspendidas para centralizar la celebración, enfatizando la unidad diocesana.

Al dirigir la palabra, Julio César Salcedo Aquino, obispo de Tlaxcala, fue de los concelebrantes en la eucaristía junto al Nuncio y quien destacó: «somos una diócesis antigua y nueva. Antigua porque fue creada en 1525 y nueva porque, en 1959, san Juan XXIII la restauró. Este aniversario nos impulsa a mantener vivo el árbol de la fe ligado a nuestras raíces culturales», recordando cómo Tlaxcala ha sido un pilar en la historia de la Iglesia mexicana, desde los primeros bautismos de caciques indígenas en 1520 hasta la erección formal de la diócesis en 1525 por Clemente VII.

Originalmente erigida como el obispado «Carolense» en 1519 por León X en la Isla de Yucatán, nunca se materializó debido a la escasa población. En 1524, el emperador Carlos V solicitó su traslado y el 13 de octubre de 1525, Clemente VII la reubicó en Tenochtitlan, aunque el primer obispo, fray Julián Garcés OP., optó por establecerla en Tlaxcala en 1527, elevando la iglesia de la Asunción a catedral. Esta decisión se debió a la alianza entre los tlaxcaltecas y los españoles, así como al rápido aceptación de la fe católica en la región, marcada por eventos como las apariciones de San Miguel arcángel, que el nuncio Spiteri describió como «pilares de fe para el pueblo tlaxcalteca» y «fuerzas vivas que animan hoy nuestra esperanza».

 

Durante la homilía, el arzobispo Spiteri exhortó a los fieles a «vivir más intensamente la fe hoy, aquí en nuestra sociedad y en medio del mundo en el cual vivimos, lleno de divisiones«. Un momento culminante fue la procesión con la tilma de la Virgen de Guadalupe, otorgada por la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), que fue colocada solemnemente antes de iniciar la misa. Tras la homilía, se realizó el envío simbólico de catequistas como misioneras, inspirado en los Santos Niños Mártires de Tlaxcala –Cristóbal, Antonio y Juan–, quienes en el siglo XVI representaron el primer fruto martirial de la evangelización en América. Este acto subrayó el compromiso misionero de la diócesis, que ha producido vocaciones, mártires y un testimonio perdurable para la Iglesia Universal.

La bendición apostólica del Papa León XIV, leída durante la ceremonia, unió a los participantes en una «acción de gracias por los abundantes frutos de vida cristiana alcanzados durante estos años de fecunda labor evangelizadora». El Santo Padre exhortó a «intensificar los esfuerzos para que, caminando unidos en Cristo, llegue a todos la luz de la Palabra de Dios y no falte nunca la ayuda caritativa y fraterna a los más necesitados». Casi al finalizar la Eucaristía, se entregó la tilma, junto con tres palmas y un corazón simbólico, a la parroquia de San Isidro Labrador Buensuceso, marcando el inicio de su recorrido por toda la diócesis. Este gesto itinerante busca llevar el mensaje jubilar a cada rincón de Tlaxcala, fomentando la renovación espiritual.

La celebración no solo honró el pasado, sino que proyectó un futuro de esperanza. En palabras del obispo Salcedo, este aniversario impulsa a la diócesis a revalorar su rol en la evangelización contemporánea, integrando las raíces culturales tlaxcaltecas –como las tradiciones indígenas y franciscanas– con los desafíos actuales de una sociedad dividida. Eventos complementarios, como la dedicación de la catedral de Nuestra Señora de la Asunción el día siguiente, ampliaron las conmemoraciones, atrayendo a autoridades civiles y eclesiásticas.

En un México donde la fe católica enfrenta nuevos retos, esta eucaristía sirvió como recordatorio de que Tlaxcala, con su legado de celo misionero, sigue siendo un faro de esperanza. Los 500 años de la diócesis no son solo un aniversario, sino una invitación a revitalizar la misión evangelizadora en el continente. Como afirmó el nuncio, estos acontecimientos históricos «no son recuerdos lejanos, sino fuerzas vivas». La comunidad tlaxcalteca, unida en oración, demostró que su herencia espiritual perdura, lista para enfrentar los próximos siglos con renovado vigor.

 

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