El llamado del presidente de la CEM a una nación herida, “Paz que transforma”

El llamado del presidente de la CEM a una nación herida, “Paz que transforma”

Obispo Ramón Castro expone claves teológicas y éticas para construir una paz duradera en México

Ante un auditorio cargado de expectativa y dolor acumulado, el obispo de Cuernavaca, Ramón Castro Castro, presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), pronunció una conferencia magistral que resonó como un grito de esperanza en medio de la tormenta. Ante cientos de participantes en el II Diálogo Nacional por la Paz, celebrado en Guadalajara, Jalisco, Castro no solo reflexionó sobre el flagelo de la violencia que azota a México, sino que delineó un mapa concreto para su superación. «La paz no es una utopía, sino una tarea creativa y generativa», citó al Papa León XIV, marcando el tono de un discurso que combinó teología, antropología y acción práctica, urgiendo a un país herido a pasar de la escucha al compromiso sostenido.

El evento, organizado como cierre del segundo encuentro nacional por la paz, reunió a víctimas, líderes eclesiales, sociedad civil, académicos y representantes de diversos sectores. Tras días de debates intensos sobre las causas estructurales de la violencia –desde la impunidad hasta la fragmentación social–, el obispo Castro asumió la responsabilidad de sintetizar el camino recorrido. Hablando desde «la conciencia de pertenecer a un pueblo herido, pero no vencido», enfatizó que este diálogo no nace de improvisaciones, sino de una «herida profunda» que atraviesa México: miles de vidas interrumpidas, sueños lastimados y un tejido social desgarrado por la violencia cotidiana.

En su intervención, Castro invocó el fundamento teológico de la paz, anclado en la Biblia y el magisterio papal. Recordó que el «Shalom» bíblico no es mera ausencia de conflicto, sino una plenitud de vida que une justicia, verdad y comunión. Citando a Isaías 32:17, subrayó: «La obra de la justicia será la paz», advirtiendo que cualquier paz sin justicia es frágil y efímera. En Jesucristo, la paz se encarna, derribando muros de enemistad, como lo expresa San Pablo.

El obispo contrastó esta «paz pascual» con la del mundo, basada en imposición o equilibrio de fuerzas y la presentó como un don que exige conversión personal y social. «La paz es una vocación histórica confiada al Pueblo de Dios y a toda la humanidad», afirmó, citando a Juan XXIII y su énfasis en verdad, justicia, amor y libertad como pilares inquebrantables.

Pero Castro no se quedó en lo espiritual; profundizó en una clave antropológica, diagnosticando la violencia como una «herida humana» que fractura relaciones y desfigura la dignidad. En un México donde el miedo, la indiferencia y la reducción del otro a amenaza se han normalizado, el obispo alertó sobre una «fractura antropológica» que va más allá de estadísticas: es una oscuridad del corazón que niega al prójimo. Citando al Papa León XIV en su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 2026, describió la paz como una «llama pequeña amenazada por la tormenta», que debe ser custodiada recordando nombres e historias de testimonios.

Esta visión obliga a una transformación cultural y espiritual, superando lógicas de dominación armamentística. «La paz exige sanar la herida humana«, insistió, promoviendo una conversión que recupere la empatía, la memoria y la justicia, con las víctimas como centro ético irrenunciable.

El diálogo nacional, según Castro, ha sido una «pedagogía histórica» que educa la conciencia colectiva. Su método –mirar, interpretar, actuar– no es solo organizativo, sino ético: mirar sin eufemismos las causas de la violencia; interpretar con discernimiento colectivo; actuar con compromisos concretos. Este proceso ha madurado de la mera escucha a la exigencia de corresponsabilidad, desmontando la «lógica del espectador» y promoviendo sujetos activos. El obispo elogió su enfoque territorial: la paz no es abstracta, sino encarnada en comunidades locales, alineada con el Proyecto Global de Pastoral (PGP) de la Iglesia mexicana, que aboga por acciones cercanas y a largo plazo.

Aquí radica el núcleo dinámico del discurso: las exigencias concretas para construir la paz hoy. Castro enumeró cinco pilares ineludibles, presentándolos no como recetas mágicas, sino como orientaciones normativas para la siguiente etapa.

Primero, la centralidad real y permanente de las víctimas. No como símbolo retórico, sino como criterio ético que interpela y juzga. «Allí donde las víctimas son invisibilizadas o instrumentalizadas, la paz se vacía de contenido», advirtió, recordando que Dios escucha el clamor del oprimido como lugar de revelación.

Segundo, la corresponsabilidad ética de todos los actores sociales. La paz no es tarea exclusiva del Estado; exige participación de iglesias, sociedad civil, academia, empresas, jóvenes y comunidades originarias. Abandonar acusaciones y asumir roles propios, bajo una «ética del compromiso compartido» que resiste el individualismo. «La paz es un bien común que se construye o se destruye colectivamente», sentenció.

Tercero, la construcción de procesos territoriales y de largo plazo. La violencia no surgió de la noche a la mañana, por lo que requiere paciencia histórica y perseverancia. Fortalecer capacidades locales y sostener compromisos, protegiéndose de la frustración ante resultados no inmediatos.

Cuarto, la valentía de la denuncia profética. No normalizar la injusticia ni guardar silencio ante el mal. Inspirado en los profetas bíblicos, Castro urgió a la Iglesia a ser «testigo incómodo de la verdad», denunciando sin resentimiento, sino por amor a la conversión.

Quinto, una esperanza organizada y perseverante. No ingenua ni pasiva, sino activa, traduciéndose en estructuras y procesos que resisten el desaliento. «La esperanza cristiana es una fuerza transformadora», enfatizó, capaz de sostener el bien en contextos adversos.

En sus conclusiones, Castro transformó el cierre en un envío misionero. Este diálogo no se clausura, sino que «se desplaza hacia los territorios», con compromisos verificables y sostenidos. Instó a reuniones por estados para crear vínculos, identificar recursos y fortalecer acciones. «No basta con buena voluntad ni declaraciones; se requiere continuidad, evaluación y corresponsabilidad», repitió, enfatizando el rol de la Iglesia en ofrecer memoria, continuidad y esperanza organizada.

El obispo cerró con un llamado emotivo: volver a los territorios interpelados por rostros concretos, no como espectadores, sino como constructores fieles. Citando a Martin Luther King, Madre Teresa y Jesús, recordó que la paz se encarna en actos pequeños con amor grande, cuestionándonos por lo que hicimos ante el hambre, el miedo y la herida del hermano. «La paz nos necesita a todos», concluyó, aplaudido por una audiencia que se dispersó con la llama de la esperanza encendida.

 

 

 

 

 

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