El clamor por la paz del obispo de Apatzingán en Basílica de Guadalupe

El clamor por la paz del obispo de Apatzingán en Basílica de Guadalupe

En una mañana cargada de fe y anhelo de justicia, cientos de fieles de la diócesis de Apatzingán, en el convulso estado de Michoacán, realizaron su peregrinación anual a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe. El evento, celebrado el miércoles 5 de noviembre a las 7:00 horas, se convirtió en un potente clamor por la paz en una región azotada por la violencia criminal, la extorsión y la inseguridad. Presidida por el obispo Cristóbal Ascencio García, la misa no solo representó un acto de devoción, sino un llamado urgente a autoridades y sociedad para combatir el flagelo que ha desolado comunidades enteras. A pesar de un accidente personal que sufrió el prelado momentos antes, su homilía resonó con fuerza, inspirando a peregrinos y espectadores en línea a unirse en oración.

La diócesis de Apatzingán, conocida por su rica producción agrícola de limones, mangos y aguacates, ha sido durante años epicentro de conflictos entre cárteles del narcotráfico. Según reportes recientes, los agricultores enfrentan extorsiones sistemáticas, conocidas como «cobro de piso», que han llevado a muchos a abandonar sus tierras.

En 2025, la situación no ha mejorado: productores de limón en la región han denunciado las amenazas y demandas económicas de grupos criminales, que incluyen pagos por protección y control sobre precios y distribución. Esta realidad sombría fue el telón de fondo de la peregrinación, que tuvo como momento principal la homilía del obispo quien comentó el accidente que sufrió a las afueras de la Basílica al tropezar con un borde en la banqueta mientras cruzaba la calle hacia la entrada trasera del atrio–, describió cómo cayó de rodillas, sufriendo golpes en ambas, con mayor inflamación en la izquierda, lo que le dificultaba caminar. «Inmediatamente que caí dije, Señora, Madre estoy cerquita de ti, ya casi llego y es para bien esto, pues para bien todo lo que nos sucede», compartió, interpretando el incidente como una ofrenda espiritual que lo acercaba más a la Virgen de Guadalupe. En reiteradas ocasiones, mientras permanecía en la sede, el obispo llevaba su mano a la parte afectada para mitigar el dolor.

Agradeciendo a Dios y a la Virgen por permitir la llegada el obispo extendió su gratitud a los sacerdotes, religiosas y laicos de Apatzingán que representaban a toda la diócesis. Invocando la aparición de la Virgen a San Juan Diego, enfatizó la fraternidad entre españoles e indígenas como modelo para la actualidad: «Aquí donde un día la virgen en el cerrillo se le apareció a Juan Diego… ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?». Esta referencia histórica sirvió de puente para abordar las preocupaciones cotidianas de familias y comunidades, invitando a todos, incluidos quienes seguían la transmisión por internet, a unir sus voces en una plegaria colectiva: «¡Señor concédenos la paz que tanta falta nos hace!».

El corazón de la homilía fue un diagnóstico crudo de la violencia que azota México, particularmente Michoacán. «Seguimos en medio de la inseguridad y de la violencia. Pedimos a la Virgen María que interceda por nuestra diócesis tan golpeada desde hace años y más últimamente por la violencia, por nuestro país que la violencia se expande como las plagas», denunció Ascencio. No se limitó a una paz pasiva; insistió en un compromiso activo de todos, criticando la falta de acción de las autoridades que prometieron el bien común. «El bien más urgente es la paz, la seguridad», afirmó, citando las palabras de campesinos: «Señor obispo, no tanto necesitamos despensas del bienestar, nuestra tierra y nuestro sudor nos dan lo que necesitamos y más, lo que queremos es paz para poder sembrar, cultivar nuestros productos y poder llevarlos al mercado».

Ascencio dedicó un segmento especial a la justicia para los agricultores, pilares de la economía local. En una región donde el «cobro de piso» se ha convertido en un «segundo impuesto», muchos han abandonado huertas de limones y mangos, dejando familias sin sustento. «Pedimos justicia al sudor de su frente… Que los productos del campo tengan el valor monetario que merecen», imploró, destacando cómo la injusticia y la extorsión generan desánimo y migración. Reportes indican que en Michoacán, la extorsión a productores de aguacate y otros cultivos ha elevado precios alimentarios y provocado amenazas de muerte a quienes denuncian.

Interpretando el Evangelio de Lucas sobre el discipulado, el obispo llamó a un amor exclusivo a Jesús, con renuncias concretas: afectivas, intelectuales y materiales. Criticó a políticos por negar la realidad –»seguimos oyendo que no pasa nada»– y por la arrogancia del poder, urgiéndolos a ver el servicio como oportunidad. «Somos testigos de lo que nos está pasando», recalcó, advirtiendo contra el miedo que paraliza: «Cuando los cristianos nos alejamos de Jesús, nos envolverá no sólo el miedo, el pánico y el terror».

Promoviendo la fraternidad, comparó a los victimarios con Caín y pidió oración por su conversión, incluyendo a quienes pecan por omisión. «Virgen Santa intercede para que Dios nos conceda la paz… y bendice a nuestros campesinos que reciban justicia. No piden migajas, limosna, piden justicia», suplicó. Cerró con su lema episcopal: «Meam pacem do vobis» (Mi paz os doy), invitando a acoger la paz de Cristo sin armas, sino como hermanos.

Esta peregrinación, anunciada en redes diocesanas como un «camino de esperanza por la paz», continuó al día siguiente con una misa en el Santuario de Cristo Rey en El Cubilete. En un México donde la violencia criminal diversifica sus tácticas –desde extorsión hasta control territorial–, el mensaje de Ascencio resuena como un faro de resiliencia. Apatzingán no es solo violencia, insistió: «Quisiera que vivieran ahí para que vean la calidad de familias, el amor a Dios». En tiempos de terror, su homilía recuerda que la fe y la acción colectiva pueden reconstruir la esperanza.

 

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