Editorial Centro Católico Multimedial. «Orar por los sacerdotes»

Editorial Centro Católico Multimedial. «Orar por los sacerdotes»

 En abril de 2026, el Papa León XIV ha convocado a la Iglesia universal a rezar por los sacerdotes que atraviesan crisis de salud, moral y espiritual. “Cuando la soledad pesa, las dudas oscurecen el corazón y el cansancio parece más fuerte que la esperanza”, dice el Pontífice en su videomensaje con motivo de esa intención mensual.. La intención no es retórica. Pide amistades sanas, redes de apoyo fraterno y la gracia de redescubrir la alegría del Evangelio.

 La Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) ha hecho esfuerzos loables. A través de OCEAS (Obra de Clérigos en Ayuda Solidaria), opera el Programa de Salud Sacerdotal (PS-SAC), un sistema de solidaridad nacional que cubre urgencias médicas, hospitalizaciones, consultas, medicamentos y apoyo por fallecimiento. Funciona con representantes diocesanos, tarjetas de identificación y una aplicación móvil; se basa en convenios firmados por los obispos y busca superar el individualismo con “solidaridad, sentido común y simplicidad”. Es un avance institucional real, que reconoce que la salud del clero no es asunto privado, sino responsabilidad eclesial. Nadie puede negar el mérito de esta estructura que busca blindar a quienes entregan su vida al altar.

 Sin embargo, hay situaciones que merecen una especial atención. En México, donde el clero sostiene una de las Iglesias más vibrantes de América Latina, la realidad de algunos presbíteros contradice la imagen de pastores disponibles, equilibrados y, sobre todo, dispuestos a dar su vida por la causa del evangelio.

No hay duda de que existen santos y buenos presbíteros y obispos que dejan toda su existencia por el bien de las almas, pero tampoco puede ignorarse una crisis multifacética. Hay presbíteros que viven una doble vida: mantienen en secreto una familia que deben sostener económicamente, lo que genera culpa, hipocresía y un desgaste emocional que ningún seguro o programa social puede cubrir.

Otros han perdido la fe en el ministerio; el día a día pastoral los ha vaciado hasta convertir la misa en rutina y los sacramentos en sacramentalismo ritual vacío. No faltan casos dolorosos de adicciones graves, alcohol o drogas, que se silencian por “no escandalizar”. La depresión acecha en la soledad de las sacristías y, en los extremos, el suicidio ya no es un rumor, sino una sombra que algunos obispos prefieren ignorar.

 A esto se suma a específicas crisis estructurales: sacerdotes, clérigos y hasta obispos que han convertido la Iglesia en negocio. El sacerdocio se vuelve vehículo de corrupción, de tráfico de influencias, de control de recursos y, lamentablemente, la actitud de ciertos superiores, obispos o provinciales, percibidos como burócratas lejanos, como pequeños reyes que administran feudos con mano de hierro y corazón de piedra. Su distancia, su autoritarismo y su afán de control generan en los presbíteros un sentimiento de orfandad espiritual que multiplica la crisis. Cuando el pastor se siente tratado como empleado o como súbdito, ¿cómo puede pastorear con libertad y alegría?

 La oración del Papa León XIV es necesaria, pero insuficiente si se queda en piadoso deseo. Orar por los sacerdotes no puede ser un acto pasivo de expectación. Exige un compromiso serio de fe que construya comunidades vivas, donde el laicado deje de ser espectador y asuma su corresponsabilidad, pero es necesario que el clero se de cuenta que los laicos no son simplemente la mano de obra.

Pero es un ejercicio de sinceridad reconocer que hay aspectos que redimir. La Iglesia no se salva clericalizando más sus problemas, sino dejando que sea Iglesia: Cuerpo de Cristo, Pueblo de Dios en marcha. No una instancia regida por un poder clerical que, bajo pretexto de “gobierno”, deconstruye la comunión y frena la llegada del Reino. Si conocemos a un sacerdote en crisis, sepamos leer sus actitudes y oremos por él; pero, sobre todo, hagamos Iglesia en la que se construye el Reino.

En este centenario de la cristiada, vale la pena recordar y orar por los santos, buenos y entregados sacerdotes y obispos que han pasado por nuestras vidas y agradecer a Dios por el don del sacerdocio que contribuye, diariamente, a hacer viva la Iglesia de México.

 

 

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