En el marco del Día Internacional de la Mujer 2026, el mundo reflexiona sobre los avances en igualdad de género, derechos laborales y empoderamiento femenino. Sin embargo, al seno de la Iglesia, institución bimilenaria marcada por una estructura dirigida por masculinos, esta fecha obliga a una mirada crítica hacia el papel de las mujeres, particularmente las religiosas consagradas.
En México, donde la fe católica impregna la sociedad, las monjitas han sido pilares invisibles de la evangelización, la educación y el servicio social, ero su realidad actual revela una crisis en silencio y evidente, sus problemas para salir adelante, crisis económicas de las comunidades, el envejecimiento acelerado, la precariedad sanitaria y la falta de apoyo estructural que cuestionan el compromiso real de la jerarquía eclesial con las «hermanas».
Las en México han asumido roles fundamentales. Desde la época virreinal, congregaciones monásticas fueron poderosas fundado escuelas, hospitales y orfanatos, atendiendo a los marginados en contextos de pobreza extrema. Hoy, siguen siendo el rostro femenino de la misericordia, operando en barrios vulnerables, migración y atención a enfermos.
No obstante, datos recientes plantean un panorama urgente y alarmante. Según un estudio de la Oficina para el Desarrollo y Salud Integral de las Religiosas en México, basado en 161 institutos de 220 congregaciones femeninas (de un total de 295 registradas por la Conferencia de Superiores Mayores de Religiosos de México, CIRM), hasta 2023, la edad promedio de las hermanas era de 62 años. Un cuarto de las congregaciones tiene miembros mayores de 50 años, y solo una de cada diez es menor de 35. En dos décadas, las vocaciones podrían caer hasta un 17%, dejando a las comunidades sin relevo generacional.
Las religiosas enfrentan necesidades urgentes que la Iglesia no ha priorizado. El 92% solo busca atención médica tras la aparición de síntomas, sin políticas preventivas. En congregaciones pequeñas (menos de 100 miembros), predominan problemas cardiovasculares, de movilidad, gastrointestinales, diabetes y respiratorios; en las grandes, la movilidad encabeza, seguida de cardiovasculares y visuales. Cirugías frecuentes incluyen oftalmológicas y oncológicas. Muchas carecen de acceso a sistemas públicos de salud, al no percibir salarios, lo que las deja en vulnerabilidad extrema.
Para 2050, México verá a su población mayor de 60 años superar a la joven, con una expectativa de vida adicional de 22 años al llegar a esa edad, pero con los últimos cinco marcados por discapacidades. Cinco de cada diez congregaciones destinan entre 25% y 60% de su presupuesto anual a cuidados médicos, agotando recursos para su misión principal.
Críticamente, esta situación expone las fisuras en la Iglesia católica mexicana. Mientras los obispos y sacerdotes disfrutan de estructuras más sólidas, como mutuales, fondos solidarios, organizaciones diocesanas de salud e incluso inscripción a sistemas sociales de salud, las religiosas —a menudo confinadas a roles subservientes— sufren el peso de un envejecimiento sin red de seguridad.
La falta de espacios adecuados para el cuidado geriátrico, equipo especializado, apoyo psicológico y personal capacitado revela una brecha de género en la institución. Esta omisión no solo es injusta, sino contraproducente, sin salud, la misión se desvanece e iniciativas como la Oficina para el Desarrollo y Salud Integral, ofrecen esperanza que pueden romper estas brechas como muestra esta iniciativa que ha capacitado a 430 personas en cuidado de ancianos, proporcionado subsidios de hasta 80 mil pesos para cirugías y equipo (camas hospitalarias, sillas de ruedas), y planean un centro intercongregacional de salud. Además, desarrollan un sitio web para mapeo de necesidades y diagnóstico preciso.
En conclusión, el Día Internacional de la Mujer debe impulsar una transformación en la Iglesia católica. Los obispos, en el fortalecimiento de estructuras, deben ofrecer un diagnóstico preciso del estado de las mujeres religiosas en México. Solo así la “vida consagrada envejecerá con verdadera esperanza” honrando el legado de estas mujeres que, pese a todo, siguen siendo luz en la oscuridad. Ignorarlas no solo es un fracaso ético, sino una traición al mensaje de igualdad que la fe profesa porque muchos mensajes pueden decirse hacia afuero, pero adentro hay muchas cosas que hay que reparar.