Después del escarnio, el dolor y de toda la maldad que es capaz de infligir el ser humano hacia un inocente, los días de la Pasión y del sufrimiento han quedado atrás como un mero recuerdo. El Crucificado no quedó colgando de la cruz ni a merced de las fuerzas físicas que transforman un cadáver en polvo. Ha resucitado. Y ese anuncio, sublime y gozoso, brota hoy de los labios de los cristianos con una alegría que no admite medias tintas: ¡Cristo vive! No es un símbolo poético ni un consuelo espiritual; es el hecho que invierte la historia, la liberación radical del pecado y de la muerte.
Esta alegría pascual resuena con particular fuerza en México donde las necesidades y el dolor de muchos evocan los días de la Pasión. Familias destrozadas por la violencia del crimen organizado, jóvenes sin futuro atrapados en la pobreza, comunidades enteras que lloran desaparecidos y migrantes que huyen de la desesperanza, todos ellos cargan su propia cruz. El sepulcro vacío no ignora su sufrimiento; lo ilumina. La Resurrección no suprime el dolor, pero lo vence desde dentro. Es el paso de la esclavitud a la libertad, exactamente como lo proclama la lectura del Éxodo en la Vigilia Pascual: Dios, por medio de Moisés, abre el mar y derrota a los corruptos faraones para conducir a su pueblo hacia la Tierra Prometida.
En la realidad mexicana, esa Pascua se convierte en un llamado urgente. Los actuales políticos del régimen, con su retórica de progreso y sus promesas de bonanza, actúan como los faraones de antaño, endurecen su corazón ante el clamor de los oprimidos, protegen privilegios y toleran la impunidad mientras el pueblo sufre. La corrupción no es un mal menor; es la nueva esclavitud. La “cultura de la muerte del bienestar” —esa nueva forma de política disfrazada— pretende procurar el bien para México, pero solapa la mentira, la impunidad y los privilegios a costa de quienes más padecen, creando apariencias de prosperidad mientras la violencia y la desigualdad devoran la vida real.
Benedicto XVI, en su mensaje Urbi et Orbi de Pascua de 2010, lo advirtió con claridad profética: “La Pascua no consiste en magia alguna”. No es ilusión ni truco espiritual. Es un “éxodo” verdadero, no retoques superficiales, sino “una conversión espiritual y moral” que comienza en las conciencias. El Papa emérito recordó que la Resurrección de Cristo es “una nueva creación”, un acontecimiento que “ha modificado profundamente la orientación de la historia, inclinándola de una vez por todas en la dirección del bien, de la vida y del perdón”.
Y aplicó ese mensaje directamente a los países latinoamericanos, incluyendo el nuestro, que sufren “un peligroso recrudecimiento de los crímenes relacionados con el narcotráfico”: la Pascua debe ser “la victoria de la convivencia pacífica y del respeto del bien común”.
A los líderes y políticos mexicanos les urge escuchar esa voz. No basta con discursos de “bienestar” que disimulan la cultura de la muerte. La Pascua exige superar esa falsa bonanza que oculta la mentira y los privilegios. Exige un éxodo real, dejar atrás la corrupción como los hebreos dejaron Egipto, para construir una nación donde la vida sea respetada, la justicia sea norma y la verdad ilumine las decisiones públicas.
Por eso, los cristianos anunciamos con gozo irreprimible: ¡Cristo ha resucitado! No es metáfora. Es hecho. Y ese hecho transforma todo. A las familias mexicanas que hoy cargan su cruz, a los jóvenes sin esperanza, a los que luchan contra la impunidad, la Pascua es su victoria porque la Pascua de Cristo no es magia.
El sepulcro está vacío. La muerte ya no tiene la última palabra. Que esta certeza pascual impulse una conversión profunda en la conciencia nacional, para que México deje en la sepultura a sus faraones modernos y camine hacia una tierra prometida de justicia, paz y vida digna en Cristo que ha vencido las tinieblas de la muerte. ¡Resucitó verdaderamente!