En las últimas semanas de octubre de 2025, México ha sido testigo de una tragedia que, si bien no pudo evistarse, si se hubiera reducido en sus consecuencias: las intensas lluvias que azotaron los estados de Hidalgo, Veracruz y San Luis Potosí han dejado un saldo devastador. Más de 13 mil viviendas afectadas, comunidades enteras inundadas, decenas de muertes y un caos que revela la vulnerabilidad crónica de nuestra infraestructura ante fenómenos climáticos cada vez más extremos.
Según reportes oficiales, el desbordamiento de ríos como el Amajac en Hidalgo y el Moctezuma en San Luis Potosí han aislado y desplazado a miles de familias, mientras que en Veracruz, municipios como Poza Rica y Tamazunchale quedaron sumergidos en el lodo y la desesperación por la crecida del río Pánuco. Esta catástrofe no es solo un capricho de la naturaleza; es el resultado de décadas de negligencia en prevención de riesgos, agravada por un gobierno que prioriza la imagen sobre la acción concreta.
La presidenta Claudia Sheinbaum, apenas en su primer año de mandato, ha intentado posicionarse como una líder cercana y empática. Ha realizado visitas repetidas a las zonas afectadas –tres veces en Tamazunchale, según su propia oficina– , supervisando censos de daños y prometiendo apoyo incondicional. En conferencias matutinas, ha detallado avances: más de 13 mil viviendas censadas, despliegue de fuerzas armadas y recursos federales para limpieza y reconstrucción. Sin embargo, esta respuesta parece más un ejercicio de control de daños políticos que una estrategia integral. ¿Dónde estaban las alertas preventivas? ¿Por qué el Fondo de Desastres Naturales (Fonden), desmantelado por su antecesor y no reconstruido adecuadamente, deja a los estados en la improvisación? En lugar de una coordinación robusta, vemos un gobierno que reacciona tarde, con promesas vagas de «nadie se quedará desamparado», mientras los damnificados protestan por la lentitud en la entrega de ayuda.
Sin embargo, lo más criticable son las fotografías que circulan en redes y medios oficiales: Sheinbaum caminando en calles enlodadas con ropa sucia, rodeada de gente de comunidades devastadas en “maternal” ejercicio de protección. Estas imágenes, ampliamente difundidas en plataformas como X, pretenden proyectar una presidenta «del pueblo», que no teme mancharse las manos –o los zapatos– por su gente. Un post viral de simpatizantes de Morena la elogia por «caminar en el lodo junto a su pueblo», contrastando con el distanciamiento de López Obrador en desastres pasados. Sin embargo, esta escenificación roza el cinismo. ¿Es genuina empatía o un lavado de imagen con lodo? En un contexto donde su partido, Morena, enfrenta una crisis profunda de credibilidad, estas fotos parecen un intento desesperado por humanizar a un régimen salpicado por escándalos. Críticos en redes, como cuentas opositoras, la acusan de no querer «mojarse los papos» en reuniones virtuales iniciales, solo para aparecer después en fotos calculadas y bien tomadas.
Esta maniobra visual no puede ocultar la podredumbre subyacente. Morena, el partido que prometió erradicar la corrupción, ahora está hundido en ella. En 2025, el «Anuario de la Corrupción» de Mexicanos contra la Corrupción documenta 51 casos en el primer año de Sheinbaum, desde desvíos en programas sociales hasta nexos con crimen organizado en aduanas y hidrocarburos. Figuras clave del “movimiento” están envueltos en acusaciones de lujos excesivos, nepotismo y protección a narcos, según investigaciones de The New York Times y El País.
Encuestas revelan que estos escándalos han erosionado el respaldo electoral de Morena, con electores desencantados por la brecha entre el discurso de austeridad y la realidad de una élite enriquecida ilícitamente. La presidenta, presionada incluso por Estados Unidos en temas de migración y narcotráfico, intenta distanciarse, pero su silencio ante estos casos la hace cómplice. ¿Cómo creer en una líder que posa en el lodo mientras su “movimiento” se hunde en el fango de la impunidad?
Esta crisis no es solo de lluvias; es estructural. México necesita políticas preventivas, no fotos oportunistas. Sheinbaum debe priorizar la transparencia y la rendición de cuentas, no el espectáculo “redentor”. De lo contrario, su legado será uno de promesas ahogadas. En última instancia, caminar entre el desastre es equivalente a querer blanquear la corrupción con lodo.
