Editorial Agencia Católica de Noticias. «Sombras en el claustro»

Editorial Agencia Católica de Noticias. «Sombras en el claustro»

El día internacional de la mujer es propicio para volver la mirada no sólo hacia las injusticias externas que afectan a las mujeres, sino también al interior de la Iglesia.

En México, la situación de las religiosas y mujeres consagradas en la Iglesia católica también tiene un problema poco explorado y que no se ha querido afrontar de forma definitiva,  abusos sexuales y de poder perpetuados en un contexto de impunidad y silencio institucional contra religiosas quienes, en el silencio, llevan una pesada carga que sólo sostienen gracias a la fe y la convicción de que es una cruz.

Y es que, en algunos casos,  se han dado denuncias por exmonjas contra sacerdotes y superioras que quizá dejen ver una punta del iceberg de cómo al interior de la Iglesia se prioriza la preservación de la imagen sobre la justicia, dejando a las víctimas en un limbo de dolor y olvido.

Una referencia fe el testimonio de tres ex religiosas: Flor Sánchez, Ericka Cansino y Adriana Maza quienes en 2022 acusaron al exsacerdote Salvador Valadez Fuentes, fundador de la congregación Discípulas de Jesús Buen Pastor, de abusos sexuales y de poder. Adriana Maza relató tocamientos e invitaciones impropias desde sus 18 años en el Seminario Diocesano de Santa María de Guadalupe, en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Ericka Cansino describió intentos de besos y tocamientos en 1992, mientras que Flor Sánchez denunció manipulación espiritual y abuso de conciencia. No solo el sacerdote fue señalado, la superiora Silvia López Pérez fue acusada de abusos similares y de encubrimiento, con conocimiento de los hechos desde hace dos décadas. A pesar de la expulsión del estado clerical de Valadez en febrero de 2022, la impunidad persistió idealizado como «padre fundador».

La ausencia total de datos y cifras oficiales sobre abusos contra mujeres religiosas en México implica la inexistencia quizá de registros sistemáticos diocesanos que cuantifiquen estos delitos, lo que impide dimensionar la magnitud del fenómeno. Peor aún, faltan protocolos de atención integral para las víctimas. En lugar de mecanismos transparentes de denuncia, investigación y reparación, prevalece la cultura del secreto, «evitar el escándalo» se convierte en un mantra. En 2021, cuando víctimas presentaron su denuncia ante el arzobispo de Tuxtla Gutiérrez, , la respuesta fue un llamado al silencio y la negación de cualquier reparación. Esta dinámica no solo revictimiza a las afectadas, sino que perpetúa un ciclo de poder asimétrico donde las mujeres consagradas, juradas a la obediencia, quedan expuestas a la arbitrariedad de superiores y clérigos.

Para contrastar, la Confederación Latinoamericana y Caribeña de Religiosos y Religiosas (CLAR) presentó en 2022 una investigación basada en una encuesta anónima a 1.417 religiosas de 23 países, incluyendo 429 de México. Los hallazgos revelan que los abusos no se limitan a clérigos masculinos: el 55.2% de las encuestadas experimentó abuso de poder, con superioras como principales perpetradoras (51.9%), seguidas por presbíteros (34.2%) y formadoras (23.1%). En abusos sexuales, el 19.8% reportó victimización, con acoso por parte de sacerdotes (14.3%), pero también por laicos (9.7%) y otras religiosas (8%). El abuso espiritual afecta al 30%, nuevamente con superioras al frente (25.5%).

Estos datos, aunque no sistemáticos y con limitaciones por la variabilidad geográfica, destacan que el problema involucra no solo a varones en posiciones de autoridad, sino a mujeres que reproducen patrones de dominación. En México, con la mayor representación en la encuesta, sugiere una realidad subyacente que trasciende las estructuras de cada una de las diócesis.

La crítica es ineludible: la Iglesia católica, que proclama la dignidad inherente de toda persona creada a imagen de Dios, falla en aplicarla internamente. La falta de protocolos estandarizados y la priorización del «bien mayor» de la institución sobre las víctimas, contradicen el Evangelio de justicia y misericordia.

El día de la mujer no debe reducirse a proclamas huecas y repetitiva con eslóganes prefabricados de denuncias hacia el exterior sino que se debe impulsar una introspección reivindicando la dignidad  e iluminar las sombras en el claustro con la luz de la justicia cuando, quizá, decenas de mujeres al interior de la Iglesia cargan con una cruz que, en el silencio, deben soportar porque sólo es la mejor solución.

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