Al concluir los días de la Pasión, cuando el silencio del sepulcro parecía sellar para siempre el fracaso de una vida entregada, irrumpe el anuncio que lo cambia todo: “¡Ha resucitado!”.
No es un susurro piadoso ni un consuelo que sirva de placebo para almas afligidas. Es el grito gozoso que irrumpe en la historia humana, precisamente en este tiempo de tribulaciones y guerras que ensombrecen el planeta. En Ucrania y en Gaza, en las fronteras africanas y en las calles de nuestras ciudades latinoamericanas, donde la violencia y la incertidumbre golpean sin piedad, la Iglesia vuelve a proclamar con voz clara y firme, ¡Cristo vive! Y ese anuncio, lejos de ser una evasión, es la única respuesta realista y radical a la desesperanza.
Especialmente dirigido a las familias, el anuncio de la resurrección del Salvador adquiere una urgencia conmovedora. En el hogar, donde se cuecen las angustias más íntimas —el desempleo, la enfermedad, la fractura generacional, el miedo al futuro—, la resurrección no llega como una idea abstracta, sino como una certeza concreta. La familia es la primera Iglesia doméstica; en ella se aprende a creer en lo invisible porque se ha tocado lo real. Cuando un padre o una madre se levanta cada mañana pese al cansancio y la incertidumbre, cuando los hijos ven en sus padres una fidelidad que no se rinde, están viviendo, sin saberlo, el misterio pascual, la vida que vence a la muerte. Por eso la Pascua no es solo para los templos; es para la mesa familiar, para el cuarto donde se llora en silencio, para el abrazo que reconstruye lo roto.
El tiempo pascual no es una temporada litúrgica más. Es el tiempo de la certidumbre y de la certeza. Frente a una cultura de lo líquido y etéreo que relativiza todo, que convierte hasta lo sagrado en “narrativa” negociable, la Iglesia insiste, la resurrección no es una metáfora hermosa ni un signo polivalente que cada cual interpreta según su conveniencia. No es “el triunfo del espíritu sobre la materia” ni “la pervivencia del mensaje de Jesús en nuestros corazones”. Es un hecho. Un evento histórico que ocurrió en un día concreto, en un lugar concreto, ante testigos concretos. Intentar desvirtuarlo reduciéndolo a símbolo es, precisamente, la forma más sutil de incredulidad moderna, la que no niega a Cristo, pero lo vacía de su poder.
Aquí resuena con especial fuerza el mensaje pascual de Benedicto XVI en 2014. El Papa emérito, con la lucidez teológica que lo caracterizó, lo expresó sin ambages: “No fue un sueño, ni ilusión o imaginación subjetiva aquel encuentro; fue una experiencia verdadera, aunque inesperada y justo por esto particularmente conmovedora”. Los apóstoles no vieron un fantasma ni interpretaron un símbolo. Vieron al Crucificado vivo, tocaron sus llagas, comieron con Él. Tomás, el incrédulo paradigmático de nuestra época, recibió la invitación más radical: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente”. Y su respuesta —“¡Señor mío y Dios mío!”— no fue el fruto de una reflexión subjetiva, sino la confesión ante un encuentro real.
Benedicto XVI recordaba que cada generación es tentada por la misma duda de Tomás. Hoy esa duda se disfraza de sofisticación intelectual: “La resurrección es un mito fundacional”, “es la proyección de nuestros deseos”, “es una experiencia interior”, pero la fe cristiana no se funda en estados de ánimo ni en interpretaciones culturales. Se funda en un hecho, el sepulcro vacío y el Señor vivo que se deja tocar. Esa es la certeza pascual. Esa es la que permite a las familias de hoy —asediadas por ideologías que disuelven la vida, por economías que la precarizan, por guerras que la amenazan— mirar al futuro sin cinismo bajo la certeza de la esperanza.
Por eso, en este tiempo pascual, la Iglesia no invita a la evasión, sino a la valentía. La resurrección no suprime el dolor ni elimina las guerras; las vence desde dentro. Ofrece la única esperanza que no defrauda: la de un amor más fuerte que la muerte. A las familias que hoy sufren, a las naciones que hoy sangran, a los corazones que hoy dudan, el anuncio sigue resonando con la misma fuerza de hace dos mil años: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado”.
Que esta certeza pascual ilumine nuestros hogares y nuestras naciones. Que nos haga testigos creíbles de que la vida siempre tiene la última palabra. Porque Cristo ha resucitado. De verdad se ha levantado de entre los muertos. Y eso lo cambia todo.