Este 18 de enero de 2026, el mundo cristiano inicia una jornada de profunda reflexión y plegaria: la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Esta tradición, que se extiende hasta el 25 de enero, coincidiendo con la fiesta de la Conversión de San Pablo, representa un momento privilegiado para que los fieles de diversas denominaciones se unan en espíritu, recordando el mandato de Cristo: «Que todos sean uno» (Jn 17,21).
Surgida a principios del siglo XX por iniciativa del reverendo Paul Wattson y respaldada por el Concilio Vaticano II, esta semana no es mero ritual, sino un llamado urgente a superar divisiones históricas y culturales que han fragmentado el Cuerpo de Cristo. En un mundo marcado por conflictos y polarizaciones, la oración colectiva se convierte en un faro de esperanza, invitando a los cristianos a redescubrir su herencia común y a trabajar por una comunión auténtica, sin diluir la esencia de la fe.
El tema para este 2026, «Uno solo es el cuerpo y uno solo el Espíritu, como una es la esperanza a la que habéis sido llamados» (Ef 4,4), extraído de la Epístola a los Efesios, subraya la indivisibilidad de la Iglesia como cuerpo místico de Cristo. Preparado por la Iglesia Apostólica Armenia en colaboración con el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y el Consejo Ecuménico de Iglesias, este lema evoca la luz del Credo Niceno –»Luz de luz»–, recordando el 1700 aniversario de su formulación en el Concilio de Nicea (325 d.C.).
Su significado trasciende lo simbólico, invita a los cristianos a profundizar en su comunión con Cristo superando barreras para ser testigos de unidad en un mundo que anhela paz. La herencia armenia, con su antigüedad –el cristianismo fue adoptado como religión del imperio romano en el 301dC–, enriquece esta reflexión, incorporando himnos y oraciones centenarias que enfatizan la espiritualidad compartida. En esencia, esta semana nos recuerda que la unidad no es uniformidad, sino armonía en la diversidad, anclada en la verdad revelada.
Las intenciones del Papa León XIV para este período resuenan con particular fuerza. En su mensaje, el Santo Padre enfatiza que la paz verdadera surge de la búsqueda de unidad primero entre los cristianos, extendiéndose luego a los pueblos. Para enero de 2026, su intención de oración es «Por la oración con la Palabra de Dios», invitando a los fieles a meditar las Escrituras como fuente de unión espiritual. León XIV, continuador de la tradición ecuménica de sus predecesores, urge a una oración persistente que transforme divisiones en puentes, recordando que la unidad es un don del Espíritu Santo. Su visión integra la dimensión global, promoviendo diálogos que respeten las diferencias pero afirmen la centralidad de Cristo como único Salvador.
En México, la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), a través de su Comisión Episcopal para el Diálogo Interreligioso y Comunión (CEDIC), ha impulsado actividades que alinean con este espíritu.
Según lo publicado por la CEM, se ofrecen materiales como reflexiones bíblicas diarias, oraciones y guías para celebraciones eucarísticas, adaptadas para parroquias y comunidades. Entre las iniciativas destacan vigilias donde se programan servicios interconfesionales con testimonios y meditaciones compartidas como el programa que, desde este 18 de enero, inicia en la Basílica de Guadalupe.
En Guadalajara y Monterrey se organizan encuentros virtuales y presenciales con representantes de iglesias ortodoxas, protestantes y evangélicas, incluyendo talleres para jóvenes sobre el diálogo interreligioso. Estas acciones, inspiradas en el lema, buscan fomentar la oración común y el testimonio conjunto, especialmente en un contexto nacional marcado por desafíos sociales donde la fe unida puede ser agente de reconciliación.
Sin embargo, en este afán por la unidad, es crucial no caer en equívocos. Los gestos de acercamiento no deben confundirse con irenismos superficiales, esa falsa paz que sacrifica la pureza doctrinal por una tolerancia vaga y empática. Como reafirma la declaración Dominus Iesus (2000), aprobada por San Juan Pablo II y elaborada por el entonces cardenal Joseph Ratzinger, la verdadera Iglesia de Cristo «subsiste» plenamente en la Iglesia católica, con su sucesión apostólica y plenitud de sacramentos.
Este documento rechaza el relativismo religioso, insistiendo en que Jesucristo es el único Salvador y que las otras comunidades cristianas mantienen una comunión imperfecta. El ecumenismo auténtico exige claridad doctrinal, no dilución de la verdad para lograr empatía. En palabras de Dominus Iesus, reconocer «destellos de verdad» en otras tradiciones no equivale a equipararlas, sino a invitar al diálogo respetuoso sin comprometer la fe católica.
