Basílica de Guadalupe, ¿Es hora de una intervención de la Santa Sede?

Basílica de Guadalupe, ¿Es hora de una intervención de la Santa Sede?

Los observadores avezados en el  fenómeno religioso no pasan por alto el gran número de peregrinos que han llegado a Basílica de Guadalupe en últimos días. Miles provenientes de diócesis como Tenancingo o las arquidiócesis de Puebla, Toluca y Morelia, han abarrotado el recinto mariano y pronto, ese mismo conmemorará los cincuenta años de la Nueva Basílica de Guadalupe —el templo inaugurado en 1976 que desde entonces acoge a más de trece millones de peregrinos cada año y se ha convertido en el pulso espiritual de la nación—, una inquietante opacidad envuelve sus muros.

Este domingo 15 de marzo, mientras el obispo auxiliar Francisco Javier Acero llamó a procurar justicia y, al crimen organizado a dejar el mal, parece que al interior, en casa, los clamores hacia afuera no tienen mayor eco hacia dentro. Se ha documentado la prolongada ausencia del rector Efraín Hernández Díaz. El arzobispo Carlos Aguiar Retes, lo removió del cargo mediante decreto 817/2025 y abrió la investigación canónica previa IP 17/2025 el 3 de octubre. El cabildo de canónigos había denunciado irregularidades graves en la gestión pastoral y administrativa. Hoy, seis meses después, el silencio es absoluto.

Se ha concluido que esta no es una crisis menor ni se parcializa por mantener al rector en un bajo perfil Se trata del santuario nacional mariano más importante del continente. Su ausencia prolongada del rector, sin que se haya ofrecido una explicación clara y transparente sobre su paradero, levanta la primera pregunta incómoda: ¿por qué la arquidiócesis de México guarda un mutismo que abona a la incertidumbre?

Los testimonios coinciden en que Hernández Díaz no ha ejercido sus funciones desde agosto de 2025. Circulan diversas versiones, desde que vive en una situación depresiva hasta que ya se espera una reinstalación, pero también denuncias más graves que no han admitido una explicación pertinente, redes de negocios sospechosos, opacidad patrimonial y posible dispendio de recursos.

El cabildo, lejos de permanecer pasivo, cumplió con su deber canónico al presentar la denuncia formal que obligó al arzobispo Aguiar Retes a actuar. Se nombró un rector interino, pero no ha habido rendición de cuentas pública. No existe un informe financiero accesible, ni auditoría externa visible, ni un solo comunicado que explique el estado real de las finanzas del santuario. El cabildo ha resguardado la Basílica, ha mantenido la liturgia y ha protegido la devoción popular, mientras las autoridades nacionales eclesiásticas examinan el asunto con una posible conclusión que iría en contra del rector.

¿Qué es lo que realmente impide a la Santa Sede o a la CEM intervenir con decisión para esclarecer los asuntos de la Basílica? ¿Es tanto el poder del arzobispo Aguiar que nadie puede emitir una sentencia que vea por los intereses del pueblo santo de Dios, es decir, la preservación de la verdadera devoción más allá de los intereses mundanos?

Existen precedentes que podrían ser una solución al caso de Basílica. En 2019, el papa Francisco nombró un delegado pontificio “ad nutum Sanctae Sedis” para el Santuario de Lourdes. No había escándalo judicial, pero sí el presunto riesgo de una deriva comercial que amenazaba la primacía espiritual, precios excesivos, marketing de marcas comerciales, atención deficiente a los enfermos, mundanización del santuario. Antoine Hérouard, obispo auxiliar de Lille, asumió temporalmente el cuidado pastoral. El resultado tuvo efectos inmediatos, se contuvo el aspecto mercantil y se encausó la dimensión espiritual sin destruir la estructura diocesana.

El caso de la Fábrica de San Pedro en 2020 también es de llamar la atención. El Papa Francisco designó comisario extraordinario al arzobispo Mario Giordana después de un informe del Auditor General que reveló opacidad en contratos y administración de fondos. Gioardana actualizó los estatutos, reorganizó la entidad y se restableció la transparencia.

Si en estos casos hubo una actuación de la Santa Sede, ¿Por qué la Basílica de Guadalupe, santuario nacional que trasciende con creces la jurisdicción de una sola arquidiócesis— permanece bajo un proceso local que, después de medio año, no ha producido siquiera un informe preliminar público? La CEM ha sido informada. El papa León XIV, según fuentes confiables, está al tanto. Sin embargo, no ha aparecido delegado pontificio alguno, ni comisario apostólico, ni auditoría vy todo parece que puede quedar de nuevo en manos del arzobispo Aguiar.

El argumento de la “autonomía diocesana” ya no convence cuando el bien común de la fe de todo un pueblo está en juego precisamente porque este 2026 marca el jubileo de los cincuenta años de la Nueva Basílica y esta en desarrollo una novena intercontinental guadalupana. Millones  no merecen peregrinar a un santuario bajo sospecha.

La solución existe y es viable. Elevar una petición formal al Dicasterio para el Clero o directamente al Santo Padre. La Santa Sede, con la misma agilidad demostrada en Lourdes y en la Fábrica de San Pedro, nombraría un Delegado Pontificio o un Comisario Apostólico Extraordinario con facultades económico-administrativas—. Este delegado, podría ser un un obispo mexicano quien, con el apoyo del cabildo, podrìa redactar nuevos estatutos con protocolos y rendición de cuentas anual pública, y nombraría a un nuevo rector definitivo modernizando al cabildo sin disolverlo y no como una imposición, sino un acto de corresponsabilidad episcopal y sinodal que no ha sido precisamente la virtud del arzobispo Aguiar. No sería nuevo que un obispo mexicano tuviera una misión encomendada por el Santo Padre. Ricardo Watty Urquidi, Misionero del Espíritu Santo y obispo de Tepic, fue nombrado visitador del Papa Benedicto XVI en la investigación contra Marciel Maciel y los Legionarios de Cristo. Los precedentes, independientemente de los casos, existen.

Sin lugar a dudas, el patrimonio guadalupano no pertenece a ningún clérigo en particular, ni a gobernante alguno. Ese patrimonio de la fe es la identidad misma del pueblo de México. No puede convertirse en botín de mezquindades ni en objeto de silencios calculados. El Episcopado mexicano tiene el deber histórico de recordar las palabras que León XIII dirigió a los obispos de México en 1895, palabras que hoy suenan como un augurio preciso para esta hora de crisis en la Basílica de Guadalupe:

«Con todo el amor de nuestro corazón exhortamos a la Nación mexicana a que mire siempre y conserve este amor a la Divina Madre como la gloria más insigne y fuente de bienes más apreciables y, sobre todo, respecto de la fe católica que es el tesoro más precioso porque corre el riesgo de perderse en estos tiempos; persuádanse todos y estén hondamente convencidos que durará entre ustedes en toda su integridad y firmeza mientras se mantenga esa piedad digna de todos sus antepasados… Procuren todos con el mayor afecto venerarla y amarla, los beneficios de su actualísimo patrocinio redundarán sin cesar para el bien común de todas las clases sociales».

Efectivamente, todo es una caja de resonancia desde el Santuario Nacional. Y eso quiso hacer en la misa de mediodía del cuarto domingo de cuaresma 15 de marzo, el obispo auxiliar Francisco Javier Acero Acero quien clamó más en la teatralidad de su característica parafernalia episcopal: “Nunca vamos a tener paz con un muerto escondido”; parafraseando, lo mismo puede decirse de la situación de Basílica en un examen más sincero que causa dolor al  interior del recinto: “Nunca va a tener paz con un rector escondido”.

Y como bien dijo el mismo obispo auxiliar Acero: “¡Cuánto nos conviene escuchar lo que gusta y también lo que no nos gusta”. Quizá esa es su intención inconsciente. Es tiempo de que esas palabras dejen de ser letra muerta y se conviertan en acción concreta. Porque, al mismo auxiliar Acero y su patrón en el cargo, el arzobispo Aguiar, a ellos les pesa escuchar eso que no gusta: Nombrar a un delegado pontificio equilibrado y neutral para resolver esta vergonzosa situación y que no sería una humillación para nadie; sería el mayor acto de fidelidad a la Virgen y al pueblo que la invoca como Madre. “¡Cuánto cuesta escucharse… incluso en la Iglesia”, dijo el obispo auxiliar. Y ¿en este caso por qué es difícil? Porque la verdad, en la Basílica de Guadalupe, también es la más pura forma de devoción que el mismo Señor escucha y ante su presencia, clama justicia incluso a clérigos que también son tentados por el fantasma de la corrupción.

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