En un nuevo capítulo en torno a la crisis en Basílica de Guadalupe, el 1 de enero, el arzobispo de México, Carlos Aguiar Retes, concedió facultades a dos canónigos del cabildo del recinto mariano.
Antes de estos nombramientos, el 25 de diciembre, Aguiar Retes dio importantes responsabilidades al canónigo Martín Muñoz López, exmisionero de la misericordia en tiempos del Papa Francisco, para ser provicario general, moderador de la curia arquidiocesana y acompañante de la IV y VIII zonas pastorales, además de acompañar al cabildo metropolitano. Todas esas estaban en manos del obispo Salvador González Morales, ahora nuevo pastor de Cancún-Chetumal, quien asumirá el cargo en febrero próximo.

Inédito movimiento para un canónigo quienes, comúnmente, sólo ejercen su oficio en las responsabilidades pastorales en el cabildo, pero ahora, revelan también cómo los cálculos del arzobispo tienden a “desactivar” una crisis que no ha tenido solución definitiva.
Para monseñor Martín Muñoz, un sacerdote bien conocido, prudente, de buen diálogo aceptado y de plena identidad arquidiocesana, asumir un cargo curial y burocrático podría anticipar su entrada en un papel protagónico ante una eventual sucesión arzobispal como un gozne facilitador en una entrega-recepción al próximo arzobispo, pero conoce, sin lugar a dudas, la serie de complicaciones internas, ahora no sólo en el cabildo guadalupano, también al nivel curial con no pocas situaciones complejas sin dejar de lado las relaciones con el cabildo metropolitano que su antecesor, el obispo de Cancún-Chetumal, supo mantener bajo control ante la ausencia del arzobispo de México quien, en la práctica, abandonó su presencia de pastor en catedral para asentarse en el Santuario nacional de Guadalupe.

En el cabildo, Martín Muñoz era penitenciario y exorcista y esto suscitó otra ronda de nombramientos. Poco difundidos por el tiempo de año nuevo que sume en un impass informativo, al inicio de la misa por la Jornada Mundial de la Paz y la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, el canónigo arcipreste y vicerrector de Basílica, en nombre del cabildo, agradeció que el arzobispo pusiera sus ojos en ese venerable cuerpo colegiado para escoger a otros dos canónigos para dar esas facultades “sobrenaturales”, uno de ellos fue monseñor Édgar Alan Valtierra López, apenas incorporado al cabildo en julio de 2024, como canónigo penitenciario.
Valtierra López tendrá en su poder facultades que, en el ámbito espiritual, no son poca cosa. Como dice el derecho canónico tendrá, por virtud del oficio, “la facultad ordinaria, no delegable, de absolver en el fuero sacramental de las censuras latae sententiae no declaradas, ni reservadas a la Santa Sede, incluso respecto de quienes se encuentren en la diócesis sin pertenecer a ella, y respecto a los diocesanos, aun fuera del territorio de la misma”, ¿Qué quiere decir eso? En la práctica será el especialista del sacramento de la confesión por delegación para absolver pecados graves reservados al obispo y levantar las censuras eclesiásticas. Esto no es poca cosa. Ahora, Édgar Valtierra no sólo llevará las relaciones ecuménicas con otros grupos religiosos, también tendrá en sus manos, las llaves para “atar y desatar, para absolver y perdonar”.

El otro nombramiento es el de exorcista recayendo en el canónigo Daniel Villalobos Ortiz. Como su colega Alan Valtierra, llegó a Basílica en julio de 2024. Sabemos lo que implica este oficio y su peculiar papel en la Iglesia, en auténtico ministerio de liberación que no puede realizar cualquier improvisado. Como lo afirma el derecho de la Iglesia: “A nadie es lícito realizar exorcismo sobre personas posesas, a no ser que el Ordinario del lugar haya concedido licencia peculiar y expresa para ello. Determina también que esta licencia sólo puede ser concedida por el Ordinario del lugar a un presbítero piadoso, docto, prudente y con integridad de vida. Por consiguiente, los señores Obispos son invitados a urgir la observancia de tales preceptos”, una tarea nada sencilla.
Estas designaciones no son algo común y ordinario. Tienden a ser una válvula que deja escapar algo de la presión ante la ausencia del rector Efraín Hernández bajo investigación canónica y la crisis que ha provocado; efectivamente, con importantes implicaciones para la vida de la arquidiócesis y con consecuencias sobrenaturales para liberar de la influencia del Enemigo todo el mal que se empecina a obrar en la Iglesia de Cristo.
