Cada año, el 12 de febrero, las calles que rodean la Basílica de Guadalupe se convierten en un caudal vivo de fe. Este jueves, sin embargo, la peregrinación anual de la arquidiócesis de Puebla tuvo un tono especial, la del arzobispo que espera su sucesión quien, al cumplir 75 años, ha alcanzado el límite de edad canónica y se prepara para entregar su ministerio episcopal. Con la serenidad de quien sabe que su etapa como pastor principal de la Iglesia angelopolitana toca a su fin, monseñor Sánchez Espinosa presidió la Eucaristía en el santuario mariano más visitado del mundo y pronunció una homilía que es, al mismo tiempo, acción de gracias, testamento espiritual y clamor por México.
La tradición de estas peregrinaciones se remonta a 1887, cuando el padre Ramón Ibarra González —después primer arzobispo de Puebla— inició el camino al cerrito del Tepeyac. Ciento treinta y cinco años después, Puebla sigue siendo la diócesis que más peregrinos lleva a la Morenita. Como recordó el canónigo Pedro Tapia, “Puebla ya no sólo está presente el 12 de diciembre o el 12 de febrero; está presente en diciembre, enero, febrero, marzo y en otros acontecimientos más”. Miles de fieles llegaron a pie, en bicicleta, en motocicleta y, sobre todo, en la emblemática cabalgata de la Sierra Norte, que partió de Zacatlán y Texcoco, uniendo parroquias y municipios en una hermosa estampa de devoción popular.
El arzobispo encabezó la peregrinación al Tepeyac con la humildad que lo ha caracterizado durante sus 17 años al frente de la arquidiócesis y sus casi 50 años de ministerio sacerdotal. En su homilía, se centró en el trabajo pastoral dedicado a la Virgen. Tejió las lecturas del día —el Eclesiástico, el Evangelio de la Visitación y la carta a los Gálatas— para recordar que María es “la madre del amor, del conocimiento y de la santa esperanza”. Citó con emoción el texto sapiencial: “Yo soy como una vid de fragantes hojas… Vengan a mí, ustedes los que me aman, aliméntense de mis frutos, porque mis palabras son más dulces que la miel”.
Destacó la prisa de María al subir a las montañas de Judea para servir a su prima Isabel. “María se encaminó presurosa”, repitió, y recordó que el saludo de Isabel se convirtió en el Ave María que rezamos cada día. Luego, el Magnificat brotó de sus labios con fuerza: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava”. Desde esa misma humildad, el arzobispo presentó las intenciones de toda la Iglesia de Puebla ante la Guadalupana.
Agradeció, en primer lugar, la unidad sinodal que ha marcado estos años, recordando con cariño los frutos del Sínodo sobre la sinodalidad y las palabras del papa Francisco de feliz memoria, que invitó a la Iglesia a caminar juntos. Presentó a los ocho nuevos presbíteros ordenados apenas el lunes anterior como una ofrenda viva ante el altar de la Virgen. Bendijo los trabajos pastorales que se realizan en las seis zonas de la arquidiócesis —norte, sur, oriente, poniente, centro y ciudad arzobispal—, en los decanatos y en las casi 400 parroquias, impulsando el Plan Diocesano de Pastoral y celebrando la creación de nuevas comunidades.
Con el dolor evangélico de quien no puede permanecer indiferente, suplicó el don de la paz para México, para Puebla y para el mundo entero. “Estamos viviendo tiempos difíciles, conflictividad social en México y en el mundo… Nuestra Iglesia de Puebla no puede permanecer indiferente ante estas situaciones. Tenemos que hacer algo por ellos”, dijo, refiriéndose a los pobres que claman justicia en medio de la violencia y la inequidad. Recordó también el gran itinerario espiritual que vive la Iglesia universal: los 500 años del Acontecimiento Guadalupano en 2031 y los 2.000 años de la Redención en 2033, invitando a vivirlo “con verdadero espíritu guadalupano”, tal como lo pidió el papa Francisco.
Pidió, además, que la fe crezca y que la patria avance por caminos de justicia y de paz. Finalmente, encomendó a la Virgen la salud física y espiritual de todos, la unidad de la Iglesia y la fuerza para perseverar en la fe. “Madre Santísima de Guadalupe, tú mejor que nadie conoce los sufrimientos que actualmente atravesamos por causa de la violencia, de la inseguridad, que padecemos por el desprecio que muchos tienen por la vida, por la familia, que son dones sagrados de Dios”, rogó con voz firme.
Al concluir, monseñor Sánchez Espinosa dejó una frase que resume su ministerio y el de toda la Iglesia de Puebla: “Deseo de corazón que nuestra peregrinación sea un signo de la confianza de nuestro pueblo en las palabras de Santa María de Guadalupe: ‘No estoy yo aquí que soy tu madre’”.
Mientras la Eucaristía llegaba a su culmen y miles de fieles recibían la comunión bajo la mirada tierna de la Morenita, muchos comprendieron que esta no era solo una peregrinación más. Era la de un pastor que, al llegar al atardecer de su servicio episcopal, sigue poniendo a su Iglesia en las manos de la Madre. Puebla, una vez más, le dijo “gracias” a su arzobispo con el lenguaje más elocuente que conoce: el de la fe en marcha.