En la antigua mitología griega, Artemisa era la diosa de la caza, los bosques salvajes y la Luna. Hermana melliza de Apolo, dios del sol y la luz, ella reinaba en la noche plateada con su arco y su antorcha, guiando a los viajeros en la oscuridad y protegiendo lo indómito.
Más de dos milenios después, la NASA ha elegido su nombre para el programa que devuelve a la humanidad al satélite de la mitológica diosa. Este 1 de abril de 2026, cuando la nave Orion despegue desde el Centro Espacial Kennedy hacia la Luna, no solo se retoma un camino interrumpido hace más de medio siglo, sino que se inaugura una nueva era: la de la presencia humana permanente más allá de la Tierra.
Marca un día histórico en toda la extensión de la palabra, un verdadero parteaguas en la exploración espacial. Hace más de medio siglo, el 7 de diciembre de 1972, la misión Apollo XVIIcerró los viajes tripulados a la Luna. Sus astronautas —el comandante Eugene Cernan, el geólogo Harrison Schmitt y el piloto Ronald Evans— pasaron 75 horas en la superficie del valle Taurus-Littrow, recorrieron 35 kilómetros con el rover lunar y recogieron 110 kilos de rocas que aún hoy revelan secretos sobre la formación de nuestro satélite.
Al dejar la Luna, Cernan dejó una frase que se convirtió en epitafio: “Dejamos la Luna como llegamos y, Dios mediante, regresaremos con paz y esperanza para toda la humanidad”. Aquel adiós se prolongó durante 53 años de silencio lunar. Ahora, Artemis II no solo cumple esa promesa pendiente, sino que inaugura la era de la presencia humana permanente en nuestro satélite.
A diferencia de Apollo XVII, una misión de tres hombres veteranos de la era de la Guerra Fría, Artemis II presenta una tripulación diversa y representativa del siglo XXI: tres hombres y una mujer, entre ellos un afrodescendiente, todos en torno a los 50 años, naceros justo en el ocaso del programa Apollo.

El comandante es Reid Wiseman, de 50 años, capitán retirado de la Marina estadounidense, ingeniero y piloto de pruebas con experiencia en la Estación Espacial Internacional, ISS, en 2014. Su liderazgo y trayectoria en operaciones complejas lo convierten en el capitán ideal para esta prueba histórica.

El piloto es Victor Glover, de 49 años, también capitán de la Marina y el primer afrodescendiente en viajar hacia la Luna. Glover pilotó la primera misión operacional de la Crew Dragon de SpaceX en 2020 y pasó 168 días en la ISS. Su presencia simboliza tanto el avance tecnológico como el progreso social.

La especialista de misión Christina Koch, de 47 años, ingeniera eléctrica y física, ostenta el récord femenino de permanencia continua en el espacio: 328 días en la ISS. Ha realizado seis caminatas espaciales y es pionera en estudios sobre salud femenina en microgravedad.

Completando el equipo está el canadiense Jeremy Hansen, de 50 años, coronel de la Fuerza Aérea Real Canadiense, piloto de cazas y físico. Hansen realizará su primer vuelo espacial, aportando una visión internacional al grupo.
La misión Artemis II durará aproximadamente diez días. La nave Orion, impulsada por el poderoso cohete SLS, Space Launch System, llevará a los astronautas en una trayectoria de retorno libre que los hará rodear la Luna, pasando a unos 6.000 kilómetros de su superficie y alcanzando distancias récord respecto a la Tierra.
Su propósito principal es validar en condiciones reales los sistemas de soporte vital, navegación, escudos térmicos y comunicaciones en un entorno de radiación y vacío profundo, preparativos indispensables para las futuras misiones de alunizaje tripulado.
Entre las curiosidades que han despertado interés público destaca el menú de los astronautas. Lejos de las comidas deshidratadas de la era Apollo, la NASA ha preparado casi 190 artículos alimenticios, entre ellos más de 58 tortillas —un clásico espacial por su practicidad y mínima generación de migajas en microgravedad—, quiches, ensaladas de mango, couscous, smoothies, café y hasta cinco tipos de salsas picantes. Estas pequeñas comodidades recuerdan que la exploración ya no es solo supervivencia, sino vida cotidiana en el cosmos.
El momento elegido para este regreso no es casual. Coincide con la luna llena pascual —conocida también como Luna Rosa— que alcanza su punto máximo en las primeras horas del 2 de abril de 2026, iluminando el cielo en el corazón de la Semana Santa. Esta es la primera luna llena tras el equinoccio de primavera y, según la tradición eclesiástica, determina la fecha de la Pascua de Resurrección, que en 2026 se celebrará el 5 de abril. Para contextualizar la relevancia simbólica, basta recordar el primer vuelo tripulado que orbitó la Luna: la misión Apollo 8, en diciembre de 1968.
Sus tres astronautas —Frank Borman, Jim Lovell y Bill Anders— se convirtieron en los primeros humanos en contemplar la Tierra como un frágil orbe azul desde la lejanía lunar. En Nochebuena, mientras sobrevolaban la superficie lunar, leyeron en vivo el pasaje del Génesis sobre la creación, ofreciendo un mensaje de esperanza en medio de la turbulencia de la Guerra Fría.
Ahora, más de medio siglo después, Artemis II retoma ese hilo cósmico en otro momento cargado de significado: la luna llena que precede y anuncia la Pascua de Resurrección. Esa coincidencia invita a una reflexión profunda. El regreso de la humanidad a la Luna se produce precisamente durante la fiesta que celebra la victoria de Cristo sobre la muerte y la promesa divina de “hacer nuevas todas las cosas” (Ap 21,5).
Esa misma luna llena que hoy anuncia la Pascua de 2026 evoca el núcleo mismo del misterio cristiano: mientras la humanidad vuelve a mirar la Luna con ojos de exploradores, el cielo mismo confirma que la Pascua no es solo un recuerdo litúrgico, sino un acontecimiento cósmico. La creación entera, incluida nuestra presencia más allá de la Tierra, está siendo renovada.
Esa idea de renovación resuena con las palabras que el papa Pablo VI, cuyo pontificado estuvo marcado por guerras y conflictos, dirigió a los astronautas del Apollo XI en 1969: “Haremos bien en meditar sobre el hombre, en su ingenio prodigioso, en su coraje temerario, en su progreso fantástico. Dominado por el cosmos como un punto imperceptible, el hombre con el pensamiento lo domina y ¿quién es el hombre? ¿Quiénes somos nosotros, capaces de tanto?”.
La Semana Santa de 2026 quedará grabada en la memoria como una de las más luminosas de la era moderna. Mientras los fieles conmemoramos la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, la humanidad representada en Artemis II se elevará hacia la luna llena pascual que anuncia el fin de las tinieblas y el triunfo definitivo de la Vida.
Esa luna, que brilla en el cielo del 2 de abril, no es un astro indiferente, es el mismo satélite que, desde los orígenes, refleja la luz del Sol. Y así como Cristo es la Luz verdadera que ilumina a todo hombre, la tripulación tocará simbólicamente esa luz reflejada en el momento preciso en que la Iglesia celebra que Él es el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin. Porque “todas las cosas fueron creadas por Él y para Él” (Col 1,16), y en esta Pascua cósmica la creación entera parece unirse al canto de victoria: la muerte ha sido vencida. En medio de conflictos, incertidumbres y desafíos planetarios, la humanidad levanta nuevamente los ojos al cielo, no para escapar, sino para reencontrarse con su destino más profundo: ser imagen de un Creador que hace nuevas todas las cosas.
Artemisa y Apolo, los mitológicos dioses lunar y dios solar, se reencuentran en el firmamento del siglo XXI bajo la mirada de quien todo lo sostiene. Esta no es mera coincidencia, es signo. La Luna, que durante más de medio siglo permaneció en silencio, deja de ser un mero reflejo lejano para convertirse en el primer peldaño de una humanidad resucitada, llamada a habitar el cosmos con audacia, humildad y esperanza. La humanidad no solo regresa a la Luna, de cierto modo, celebrá una Pascua eterna que cuatro seres humanos tocarán simbólicamente cuando la luz anuncie la alegría que es el misterio de nuestra fe.
Buen vuelo, Artemis II, Dios te acompañe