El sol destaca con fuerza los suaves colores del travertino de la inmensa fachada de San Pedro. Hoy es un magnífico día que hace disfrutar de la solitaria plaza con el rumor de agua como única compañía. Mañana terminamos el 2020 que quedará grabado en nuestra memoria como el principio de algo que todavía no sabemos como terminará.
Ayer, cuando publicamos nuestra Specola, nos llegaba la noticia del diario The Australian de que los obispos católicos están trabajando en una solicitud al Papa Francisco, para pedirle que investigue y explique, el misterio de los AUS $ 2.3 mil millones (alrededor de 1.400 millones de euros) desde la Ciudad del Vaticano a Australia sin su conocimiento. La Policía Federal Australiana está investigando más de 400.000 transferencias por más de 2.300 millones de dólares australianos, tras la información recibida del regulador australiano de delitos financieros Austrac. Los obispos Australianos están conmocionados por el impacto mediático, juran y perjuran que no han visto ni un centavo y que no estaban informados de nada. Desde el Vaticano no tenemos otra respuesta que el silencio, en estos temas es una forma de responder, que no deja en buen lugar el estado pontificio e incluso nadie descarta que el volumen de las transferencias pueda ser mayor.
Recordemos que todo este lío Australiano se descubre por unas filtraciones del caso Becciu que indican que dineros del Vaticano han volado hacia Australia. Las informaciones actuales no son rumores, sino datos certificados por Australac (Centro de Análisis e Informes de Transacciones de Australia), la inteligencia financiera de ese país. Un enjambre de ‘saltamontes dorados’, ninguno igual, pero con un valor medio de 3.500 euros, para pasar desapercibidos y ser considerados legítimos por las autoridades. No se trata de revelaciones robadas quién sabe de qué manera, sino de datos aportados en una audiencia en el Senado de Canberra. Galantino nos siguen vendiendo que ahora sí, que hemos llegado las transparencias universales y la limpieza absoluta pero el caso Australiano, que no es el único, posiblemente tampoco el más importante, se lleva por delante toda la palabrería vacía.
Es de esperar que en el 2021 los tozudos alemanes seguirán con su camino y darán más de un quebradero de cabeza al Papa Francisco. Es lo que faltaba, a los amazones se les puede contentar con un rito emplumado, a los alemanes es mucho más complicado y siguen con su plan de tomar decisiones vinculantes para el futuro de su Iglesia, con el riesgo de producir un efecto imitación a gran escala. Disposiciones que prevén cambios en materias de competencia universal. El Papa Benedicto y algunos cardenales alemanes se oponen a la abolición del celibato, mientras que los círculos progresistas alemanes presionan por esa reforma. No solo eso, vamos a la igualdad jerárquica entre hombres y mujeres dentro de la iglesia y a las aperturas hacia la bendición de las uniones entre homosexuales. Hay rumores de un posible «cisma» e invitaciones a la calma. Roma observa y de alguna manera interviene, pero no parece suficiente. El Papa Francisco no está dispuesto a aceptar que una conferencia episcopal nacional, incluso la alemana, decida por él, y parece que la sinodalidad alemana no es la que está en la cabeza del papa. Hay dos temas que nadie está dispuesto a acometer con seriedad: la abolición del impuesto eclesiástico y la huida de los fieles.
El Papa Francisco, el Vaticano y sus organismos están de lleno en la campaña de vacunas para todos, pero como suele suceder no se predica con el ejemplo. El Vaticano ha comprado 10 mil dosis de vacuna, la Pzifer, destinada a empleados y familiares inscritos en el fondo de salud. Llama la atención la cantidad exagerada en proporción a la población, muy lejos de cualquier otro país, mucho más lejos de los países pobres. Nadie parece dispuesto a compartir el material.
El secretario de Estado de Estados Unidos ha llegado a decir que el Vaticano ya no tiene autoridad moral si sigue con sus diálogos chinos. Está naciendo la idea de lo que podría ser «una iglesia patriótica estadounidense». Si con China se cede hasta límites nunca vistos ¿porque no podemos pensar que lo mismo se puede hacer en otros países y con otros gobiernos? El problema no es solo sobre la gravedad de los problemas chinos, sino sobre las soluciones para esos problemas, que podrían exacerbarlos y, al hacerlo, agravar otros.
El presidente Donald Trump, que lo sigue siendo y veremos, quiso recordar el 850 aniversario del martirio de Santo Tomás Becket. «El martirio de Thomas Becket cambió el curso de la historia y llevó, cuarenta y cinco años después, a la declaración de la Carta Magna, que dice: “[La] Iglesia inglesa será libre; sus derechos permanecerán inalterados y sus libertades intactas”. «Es gracias a grandes hombres como Thomas Becket que el primer presidente estadounidense, George Washington, pudo proclamar, más de seiscientos años después, que en los Estados Unidos «todos tienen igual libertad de conciencia e igualdad de ciudadanía» y que «ahora ya no se habla de tolerancia , como si fuera la indulgencia de una clase de personas para que otra disfrute del ejercicio de sus derechos naturales intrínsecos”. » En este día, celebramos y reverenciamos la valiente posición de Thomas Becket por la libertad religiosa y reafirmamos nuestra invitación a poner fin a la persecución religiosa en todo el mundo». «Una sociedad sin religión no puede prosperar. Una nación sin fe no puede resistir, porque la justicia, el bien y la paz no pueden prevalecer sin la gracia de Dios».
Un documento increíble y mucho más en estos tiempos, y por sí queda alguna duda: «Ahora, por lo tanto, yo, Donald Trump, Presidente de los Estados Unidos de América, en virtud de la autoridad que me confieren la Constitución y las leyes de los Estados Unidos, proclamo el 29 de diciembre de 2020 como el 850 aniversario del martirio de St. Thomas Becket. Invito al pueblo de los Estados Unidos a observar el día en escuelas, iglesias y lugares de reunión habituales con ceremonias apropiadas en conmemoración de la vida y el legado de Thomas Becket. Donald J. Trump. El día veintiocho de diciembre del año de Nuestro Señor dos mil veinte, doscientos cuarenta y cinco de la independencia de los Estados Unidos de América
«El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.»
Buena lectura.
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