Y pasa a rezarlo como lo hacemos en España: No nos dejes caer en la tentación.
Me parece bien. Pero me parecería mejor dejar la oración que Cristo nos enseñó tranquila y al margen de liturgistas, penosa clase en no pocos, que se creen más listos que nadie y que luego tienen que ser enmendados porque no eran tan listos.
En España tuvimos la sustitución de nuestras deudas por nuestras ofensas. Un muy querido y admiradísimo amigo sostenía que la Santísima Virgen María no podría haber rezado el Padre Nuestro porque si era deudora a la elección de Dios jamás le había ofendido. Pero esto es una añadidura de, pienso, escasa importancia. Podemos pedir al Padre que no nos someta a la tentación, que no es de Él sino del demonio, y, sobre todo, que no nos deje caer en ella.
Vale la decisión. No voy a eso. Lo que creo es que no deberíamos tocar el Padrenuestro ni otras muchas cosas que hoy se quieren tocar y que han sido lo que la Iglesia proclamó y enseñó muchos siglos. Porque la destruyen en mayor o menor medida. Y algunas en muchísima medida.
Los liturgistas franceses que impusieron el cambio ahora se encuentran con el recambio. Pues que con su pan y su enfado se lo coman. Ya sabemos que en los tiempos de Cristo no había grabadoras, en una monumental cagada, también sé que mi mujer me va a recriminar el calificativo cuando lo lea, del impresentable despropósito, o desprepósito, de la Compañía de Jesús. ¿Por no haber grabadoras no vale nada el multisecular testimonio de la Iglesia que recogió aquellas palabras? ¿Ignacio de Loyola era un locoide que siguió unos mitos que no existieron? ¿Y qué hace el despropósito siguiendo al tal chalado? Al menos en el cargo porque en lo demás no parece que le siga mucho. Pues, ¿qué quieren que les diga?: entre San Ignacio y esta sosa cáustica mi elección es bien sencilla.