
Se han reunido los de tres comunidades en una comida navideña. Y se han retratado. Cuento dieciocho. No son muchos. De los cuales la mitad está ya para pocas fotografías. Quedan otros nueve u ocho con más recorrido pero sin cohetes. Siempre es arriesgado juzgar la edad por una fotografía pero posiblemente cinco no cumplan ya los sesenta y tres, más o menos, no llegan a sexagenarios. Pues ya me dirán el porvenir.
Y tres cosas que añadir a algunos que recurren, cabreados por la situación, o, mejor, porque se cuente la situación, a absurdos argumentos ad hominem que sólo demuestran su falta de razón.
Yo no soy el culpable de que la Compañía de Jesús se esté muriendo en España y en otros lugares. En todo caso la culpa la tendrán los jesuitas. Uno se limita a exponer lo que hay. El que no haya ya casi nada no se debe a mí.
Y el que hoy sean en España una gran mayoría de viejos, con una edad media que se acerca a los ochenta años no tiene nada que ver con mi edad. Que será la que sea. En estos momentos 78 años. La que tengo, evidentemente ya próxima al final, no me impide para nada ver, y decir, la que tienen otros. El que uno sea alto o bajo, gordo o flaco, feo o guapo, simpático o antipático… no le impide para nada juzgar lo de otros coincidan o no con sus condiciones. Lo importante de lo que digo es que sea verdad, no que me acerque a los ochenta años, tenga muy poco pelo o pese más de noventa kilos.
Y luego está lo de mi odio a la Compañía de Jesús procedente sin duda de traumas juveniles o de haber sido rechazado el en noviciado frustrando unos deseos que eran incompatibles con el modelo jesuítico. Pues, nanay del Paraguay. De eso nada, monadas.
Tengo una educación en colegio de jesuitas verdaderamente gozosa. Todos los años, en verano, celebramos una comida los supervivientes de nuestra promoción del colegio, en mi caso ocho años, algunos tienen más, absolutamente gozosa. Todavía el año pasado, 2018, nos reunimos casi treinta. Y entre nosotros estaba el P. Otero, como en años anteriores, que debe ser el último superviviente jesuita de nuestros años colegiales, fue Maestrillo nuestro, y que está muy bien para sus 93 o 94 años.
Permanentemente mi nombre estuvo en el Cuadro de Honor en todos mis años colegiales, en el reparto de premios de fin de curso y en el nombramiento de dignidades en el comienzo, jamás faltó mi nombre y el último año me dieron la máxima distinción que cabía a un alumno de entonces. Fui Príncipe del Colegio. En mi historial académico colegial tengo treinta o cuarenta matrículas de honor y la formación escolástica que me dieron fue tan buena que, concluidos mis estudios de secundaria, la Universidad de Santiago me concedió el Premio Extraordinario de Bachillerato. Cómo para sentirme traumatizado por mis años con los jesuitas. Inmensa gratitud y reconocimiento. Con ecos paulinos, a quien me me exponga su curriculum con los jesuitas, salvo algún caso similar, escaso, a todos los demás podría decirles: Y yo, más.
Pues ya veis lo que queda de mis inexistentes traumas juveniles. Un enorme agradecimiento a lo que me dieron y a unos gozosísimos años vividos de los que me quedan la formación, espiritual y académica recibida, y muchísimos queridísimos amigos que desgraciadamente la edad va haciendo disminuir. Pero no por culpa nuestra sino de ella.
Ah, y jamás se me pasó por la cabeza entrar en el noviciado por lo que nunca me pudieron echar o rechazar.
Creo también que este enemigo acérrimo y declarado de la Compañía de Jesús que algunos quieren considerarme ante muy pocos cederá en el número de jesuitas queridísimos por mí y creo que también por ellos. Los PP. Alba, Guerrero, Arredondo (Agustín), Ceñal (Rafael), Caballero, Loring, Gómez Hellín, Parente, Pérez Argos, González Quevedo, Sánchez de León, Piulachs, Álvarez (Pepito), Partearroyo, Lloréns, Terry, Pujadas, Criado, Bidagor…
Pues ya ven mi odio y mis traumas.
Yo sigo siendo el de siempre. Tal vez la Compañía de Jesús, mi Compañía de Jesús, haya pasado a ser Ay, Jesús, qué Compañía…