Sé que a mis lectores les trae sin cuidado el arte. O eso parece. Intenté una sección de maravillas españolas y la cerré ante su nula acogida. Me parece recordar que el más entusiasta, de los escasísimos que tuvo, fue un portugués. No voy a reeditarla. Simplemente daros cuenta de una excursión que hicimos el martes y el miércoles pasado.
Tuve desde hace bastante tiempo deseos de conocer el Valle de Mena, en el norte de Burgos lindante con las Encartaciones de Vizcaya. Creo que un cartel nos dijo que estábamos a 44 kilómetros de Bilbao. De Madrid a unos 400.
Pues nos fuimos. Hasta Briviesca por autopista. Desde allí entramos en La Bureba. De camino un par de iglesias románicas, había muchas más, en las que nos paramos. La ermita de Sanfagún, en un descampado de Los Barrios de Bureba, una preciosidad. La iglesia de Pino de Bureba, ambas cerradas, digna de visitarse. Hablo en las dos del exterior.
En la ruta, Poza de la Sal que para nuestra generación tiene un contenido especial pues allí nació Félix Rodríguez de la Fuente que tanto influyó en nosotros y en el conservacionismo que a partir de él y gracias a él se ha impuesto en España. Pero no nos desviamos los escasos kilómetros que nos separaban de su localidad natal.
Con esas pequeñas paradas, habíamos salido de Madrid a las diez y cuarto, llegamos a Oña a la hora de comer. Antes de hacerlo bordeamos el enorme monasterio más bien feísimo salvo una fachada con andamios muy notable que estaba en restauración y la entrada de la iglesia.
Por la hora nos fuimos a comer y como en todo el viaje mal. En Oña, en el mejor sitio que nos recomendaron, un menú de once euros y que era único que estaba bien para el precio pero para nada más. Una botella de Ramón Bilbao, lo mejor que tenían, nos costó más que el menú.
Un rato esperando a que abrieran la iglesia del monasterio y… una maravilla. No fuimos a ver Oña pero sólo ella bien merecía el viaje. Una joya del gótico y el barroco con restos románicos. Extraordinaria. Por ser bueno hasta lo era el audio que guiaba la visita. Quienes puedan que no se la pierdan.
Y camino al Valle de Mena donde llegamos sobre las siete de la tarde. El castillo de Medina de Pomar no table, lo vimos desde el coche. Paseo por el «casco histórico» de Villasana de Mena absolutamente prescindible. Cenamos donde nos recomendaron y también muy prescindible. El hotelito, aceptable.
La mañana siguiente dedicada al románico del Valle. Magnífico. Todo lo que se diga es poco. Hay más pero las cuatro muestras que vimos justifican sobradamente el viaje. De primer orden. Sobre todo tres. Las iglesias de Siones y Vallejo y el frontal, hoy altar de Villasana. También el tímpano de El Vigo, aprovechado de una iglesia anterior.
El problema, como en toda España, es que las iglesias están permanentemente cerradas y ese era nuestro temor, ver sólo los exteriores. Pero en el Valle de Mena tienen ese problema resuelto, Don Javier, el párroco de todo el Valle o casi, está dispuesto a abrir las iglesias, él mismo o alguna persona a las que tiene encomendada esa tarea. Y el teléfono de Don Javier te lo dan en la oficina de Turismo de Villasana. El sacerdote pone sólo una condición, que se le avise con alguna anticipación porque él o las personas encargadas tienen tareas distintas que atender y no pueden estar disponibles a cualquier hora. Nosotros tuvimos suerte y se puso a nuestra disposición sobre la marcha.
Y hay que hablar de Don Javier porque es un fenómeno de la naturaleza. Joven todavía, con pocos años de ordenación aunque de vocación tardía, con formación universitaria, de medievalista, parece la persona indicada para el lugar apropiado. Es además inteligente, brillantísimo, provocador, teatral, cura, teólogo, catequista, biblista, ya dije que medievalista, sabio, enamorado de sus iglesias, sobre todo de la de Siones, y disfruta enseñándola. Pues dos asombros: Siones y el cura. Nos preguntó si queríamos la visita largo o abreviada dijimos naturalmente que la larga y aquello fue la repera. Nos explicó, examinó, provocó, ilustró… capitel por capitel, pasando del Antiguo al Nuevo Testamento, de Homero a la Chanson de Roland, del Grial a los Templarios, de las sirenas a los demonios… Se nos incorporó desde el principio otro matrimonio, de Elche, o pareja, vayan ustedes a saber, muy agradables y cultos, que disfrutaron también mucho con esa visita verdaderamente exhaustiva de una de nuestras joyas del románico. Muy notable.
Antes habíamos visto el frontal de la Epifanía, en la parroquia de Villasana, espléndido, y una reproducción de la Giralda de Sevilla, creo que del siglo XV, como era de minarete musulmán. La parroquia de Villasana es moderna y tiene un gran retablo de la Asunción hecho de baldosas de cerámica que nos pareció muy hermoso.
De Siones, siempre acompañados de Don Javier, y con los de Elche, a la iglesia también románica de Vallejo, más grande que la anterior y también bellísima aunque a Don Javier la que le tiene enamorado es Siones. Aquí la explicación fue mucho más breve pero también bastante completa.
Pues nos fuimos gratísimamente impresionados del Valle de Mena y de su cura. Gracias Don Javier por todo.
Y ya pasado el mediodía a San Pantaleón de Losa. Carretera en buen estado pero difícil por curvas y puertos. Un par de kilómetros entra en Álava y en esos vimos un restaurante en el que no paramos por ser todavía pronto y esperando encontrar otro más adelante. Pues nanay del Paraguay. Un bocadillo y gracias. Y casi de milagro. En Pedrosa de Tobalina. San Pantaleón es otra joya del románico. Sonia, amabilísima, su teléfono nos lo dio Don Javier, nos abrió la ermita que es otro gozo del románico. En ella se guardó mucho tiempo la sangre de San Pantaleón que hoy se licúa en Madrid. Cuando nosotros llegábamos se iba la pareja de Elche, tan agradable, y a la que evidentemente le gustaba el románico.
De San Pantaleón a Frías, pueblo precioso, o ciudad, no se nos vayan a enfadar los de allí. Un puente medieval muy hermoso, que me recordó a los de Besalú y Cahors, las ruinas de un castillo espectacular, las casas colgadas, una iglesia permanentemente abierta a cargo de una señora encantadora y unas calles más que notables.
Y de allí a Madrid donde llegamos a las diez de la noche del miércoles pasado. El paisaje, de Villasana hasta llegar a La Bureba impresionante. Un pueblo del camino se llama Entrepeñas, nombre apropiadísimo. Aunque lo de Peñas se queda corto.
Gratísima excursión que a todos os recomiendo. Que gente culta de Bilbao no conozca el Valle de Mena que está a menos de 50 kilómetros parece incomprensible.