«Estamos siguiendo muy de cerca los acontecimientos de estos días en todos sus aspectos. Es una convicción, más una certeza, que nos pretenden vender un gato viejo por liebre joven y no podemos permitirlo. El Papa Francisco puede nombrar cardenales a quien quiera, en una prerrogativa del pontífice reinante, lo que no puede esperar es que sus emanaciones sean amadas e indiscutibles. No llegamos a entender la persistencia de celebrar el consistorio en la plaza de San Pedro, sabiendo, lo saben hasta los adoquines, que iba a estar muy vacía. La basílica es grande, no es fácil de llenar, pero se disimulan mucho mejor los vacíos, en el exterior es imposible. Vacío por la mañana y mucho más, que ya es decir, en la vigilia ecuménica de la tarde, medio en broma, medio en serio, de decia que no estaban presentes ni los padres, ni las madres, sinodales y eso que era para rezar por lo suyo. Su contenido fue lamentable, más propio de una fiesta de fin de curso de un colegio de periferia, suponemos que nada barato, los textos increíblemente vacíos de todo atisbo de espiritualidad, y la asistencia nula. El lema de encuentro ecuménico era ‘juntos’, sin mucho éxito, juntar se junto poco. Esto no mueve a nadie, por mucho que nos pretenden vender un sínodo del pueblo; pueblo, lo que se dice pueblo, ni está ni se le espera, salvo en los sueños de los sinodales y sinodalas».