
Y son unas cuantas.
Lo refiere El Confidencial que es un medio no precisamente piadoso sino de información general
Naturalmente está entre ellas mi parroquia. Que aparece en las ilustraciones en una misa de un día de semana, un miércoles. Hay cuatro misas de diario, a las ocho menos cuarto de la mañana, jamás estuve en ella porque pienso que a esa hora ni han puesto las calles, aunque me dicen que tiene notable asistencia. Más otras tres a las diez, las doce y la ocho de la tarde, con varios centenares de asistentes todas ella,
La mía de los domingos, nueve de la noche, hace pensar que las sardinas en lata están mucho más holgadas que los fieles de Caná. En mi zona hasta casi falta aire para respirar. He observado que los fieles, yo sin duda, tienen una extraña querencia para colocarse siempre en los mismos sitios o muy próximos. No tengo explicación, sólo constatación.
Hace un mes o dos la insistencia habitual de mi mujer me pilló con la guardia baja y salimos a misa ocho o diez minutos antes de la hora habitual. Con lo que en vez de estar de pie al comienzo del fondo nos sentamos más cerca del altar. Yo no me siento prácticamente nunca y mi mujer prácticamente siempre. Y la misa curiosamente separa lo que Dios había unido. Suelo ser yo, con más perspectiva de altura, menguante ya en ambos, quien le dice, tienes un sitio en el sexto banco por la izquierda. Y ella suele dirigirse decidida al octavo por la derecha. No por faltar. Porque ella es así. Con mucho amor pero escuchando poco. Siempre termina apareciendo en la lata lugar para otra sardina. Y más si es pequeniña y otras muchas veces no falta el caballero amable que al verla perdida buscando lo que no hay porque el sitio estaba al otro lado del pasillo, le cede su asiento incorporándose a los muchísimos que van a seguir la misa de pie. No me preocupa, hasta lo agradezco aunque procuro resistirme, que ya haya algún joven o cuarentaañero de los últimos bancos que se empeñan en dejarme su lugar. Y en esa lucha por la negativa no triunfo siempre ante la amabilidad insistente de los cedentes. Pues gracias por sus bondades ante lo que ya debe mi provecto aspecto. Pues Don Rafa, el más desparpajado de mis curas, no podría decir que el más querido pues quiero a todos por igual, a la salida, habiéndome visto en un banco, se me acercó a preguntarme si tenía algún problema de salud.
Pues me ha gustado ver a mi parroquia entre los templos señeros de Madrid. No me ha sorprendido, me ha gustado. Yo diría el que más pero igual me dejo llevar de mis afectos aunque piense que no. Con mis curas, les llamo míos porque lo son en el afecto y en la gratitud, me comunico poquísimo. ¿Comidas con ellos? En treinta años de feligrés, tres o cuatro. Y con alguno de ellos. En una ocasión con varios en el Camino de Santiago. La última conversación que tuve personalmente con el chef debió ser el año pasado, de un par de minutos, e igual la única del año. Y sin embargo les quiero cantidad. Porque ellos quieren a todos y entre esos también a mí.
El chef es la repera. Ha hecho de un barracón una parroquia ejemplar, hasta arquitectónicamente. Se lleva a la gente de calle y además las trae de otras calles. No creo que haya en España otra parroquia como la que él ha levantado de la nada. En la que siempre he tenido, con mi familia, mi casa de la Iglesia. Esa es mi Iglesia en la que estoy a gustísimo. Y mi Iglesia es también mi iglesia. Caná sabe que allí sólo soy un simple feligrés agradecido y nada frecuentador salvo de mi misa dominical. Mi mujer es de misa diaria y miembro del agonizante coro polifónico. Si a algún lector de Madrid le gusta cantar, sobre todo si es hombre que son los que faltan pero también está abiertísimo a las mujeres, y quiere prestar ese servicio a la Iglesia, les están esperando con ansia. No voy a hablar aquí de Don Jesús aunque es posible que alguna vez lo haga poniendo a quien haga falta en su lugar. Simplemente decir que me parece, y lo es, un crack eclesial, Si alguien no se ha enterado pues debería pensarse más su indigencia.
¿Y qué voy a decir del cerebrito, o cerebrazo, del buenísimo donde los haya y más, curiosamente dos de mis trece nietos llevan el mismo nombre que los dos aunque no sea por ellos, y apuntan maneras, uno ya acreditadas. Dos curas cracks y cuidado que el crak por excelencia hace difícil que aparezcan más. Pues hay un cuarto crack, el más deslenguado y chulo en el mejor sentido de la palabra. Posiblemente el más defectuoso porque me parece que es el que más se aproxima a mí. Con las debidas prudencias por supuesto por su parte. Aunque ello haga que me acerque mucho a él en el afecto. Y queda el nuevo. También con nombre de arcángel. Pronto se aclimató al nuevo ambiente. Conmigo, que ya a mi edad casi me da vergüenza confesarme de mis tontos pecados, ha conseguido que una frecuencia casi anual haya pasado a unos seis meses y el compromiso de que sean tres. Aunque ya le dije que de menos de eso no insistiera. No deja de ser curioso que con el cura al que menos conocía haya sido con el que más haya hablado en los últimos tiempos aunque fuera en confesión.
Mis preámbulos me pierden siempre pues sólo quería confirmar que hay iglesias abarrotadas, la mía de Caná, por ejemplo. Cuando hay curas que se lo curran los fieles responden.