
El fenómeno de la guerra.
La historia de la humanidad registra cómo, a través de los siglos, se ha verificado como una realidad insoslayable el hecho de la guerra; en conflictos más o menos locales y aun abarcando vastas regiones, e implicando a muchos países. En el reino animal, el enfrentamiento y la lucha son naturales. Vale el refrán “el pez grande se come al chico”. Pero en la humanidad actúa la razón, y la voluntad elige su interés. Los pueblos se han constituido como agrupación de familias de una misma etnia y lengua. No es necesario que se encuentren; el designio divino es que vivan en paz, es decir, en la tranquilidad del orden.
La guerra implica el odio y la violencia, que pueden estar limitados a algunos países o envolver a varios. El siglo XX ha conocido dos guerras mundiales, y siempre se vislumbra la posibilidad de una tercera. La Primera Guerra mundial se desarrolló en Europa, y dejó millones de víctimas, muertos y heridos; dolor y llanto que afectan, especialmente, a la mujer. La segunda se desencadenó con la participación de Estados Unidos, con un poder letal: la bomba atómica.
Hay conflictos que se repiten en un reducido número de pueblos: el caso prototípico es Medio Oriente. Cuando en 1948 se creó el Estado de Israel, la instalación de los judíos en la tierra ancestral determinó el enfrentamiento con los pueblos palestinos desplazados. Israel ha estado desde entonces en guerra, o preparándose para ella. Actualmente recrudece el viejo conflicto, ahora contra Irán, el antiguo imperio persa. Estados Unidos ha sucedido a Gran Bretaña como potencia mundial, con colonias directas o indirectas, en las que rige la ley del dinero.
El problema capital es el del bien común, en relación con el concepto metafísico de naturaleza. Estos conceptos explican la inhumanidad de la guerra. El Magisterio de la Iglesia ha señalado, repetidamente, el ideal de la paz, e invita a pedirle a Dios ese bien. Basta recordar la Encíclica de Benedicto XV “Pacem Dei munus”, con ocasión del fin de la Primera Guerra mundial. Pío XII al asumir, a las puertas de la Segunda, lo expone en la Encíclica “Summi Pontificatus”. Juan XXIII, en “Pacem in terris”, sostuvo que la paz entre todos los pueblos debe fundarse en la verdad, la justicia, el amor y la libertad. Pablo VI en “Populorum progressio” ha unido la paz a la realidad del desarrollo, y Juan Pablo II se convirtió en un paladín de la paz, en sus numerosos viajes. Así como existe el fenómeno de la guerra, también se puede hablar de un fenómeno de la paz.
+ Héctor Aguer
Arzobispo Emérito de La Plata.
Buenos Aires, 8 de marzo de 2026.
Domingo Tercero de Cuaresma. –