El misterio humano de la infancia

Artículo de monseñor Aguer

El misterio humano de la infancia.

          Señalo un suceso que me asombra. Los ojos de los niños –cualquiera sea la raza de origen- parecen todos idénticos, al mostrar ampliamente abiertos su color: negros, pardos, celestes. Es ésta, me parece, una señal del misterio de la infancia; ese mundo inaccesible a los mayores, aun a los mismos padres. Todo hombre fue niño; ¿cuánto tiempo? La legislación argentina llama niño a un ser humano hasta los 18 años. Los teólogos afirman que el Hijo de Dios, igual al Padre, de su misma esencia –homoúsios tô Patrí, reza el Credo de Nicea-, se hizo hombre virginalmente en el seno de María; pero no suelen reconocer que esa afirmación, que es una verdad de fe, implica dar por supuesto que fue un niño. En los Evangelios de Mateo y Lucas hay numerosos indicios: Jesús fue dado a luz y envuelto en pañales; se mantuvo sujeto a María y a José. Se lo creyó hijo de José, de quien aprendió a ser artesano.

          Uno de los hechos más aberrantes, que abundan en las crónicas hodiernas, es el abuso de los niños, que llega hasta la violación, tanto de los varones como de las mujeres. La Iglesia reconoce y castiga que esto ocurra, protagonizado por sacerdotes. “Dejen que los niños vengan a mí”, proclamó Jesús: el Reino de los Cielos les pertenece, a ellos y a los que son como ellos; he aquí un punto central de la espiritualidad cristiana. El Niño Jesús es una figura bellísima, en la que cifra el mensaje cristiano. El cristianismo se distingue por eso en todo el orden cultural. Es preciso, entonces, que este hecho de la inviolabilidad de los niños se reconozca en la vida de los pueblos. La paternidad y la maternidad, en el orden cristiano, son un reflejo de la paternidad del Dios Creador; es el misterio mismo de la vida, en muchos aspectos respetado en el plano animal.

          La oración propia del cristianismo es el Padre Nuestro. Los hombres deberían reconocerse hermanos, hijos todos del mismo Padre. La gracia del Bautismo nos hace hijos de Dios; de allí brota la fraternidad cristiana, que puede extenderse más allá de los límites de la profesión de fe. Por eso la Iglesia pregona la paz y señala la guerra como un mal. Es verdad que las limitaciones humanas justifican la guerra cuando ésta es irremediable, y tiende a la restauración de la justicia. Existe en la historia el testimonio de la guerra santa, como en la Biblia aparece en la vida del Pueblo de Dios y así se ha verificado en épocas cristianas: “si vis pacem, para bellum” configura la realidad humana; el mal puede ser asumido en orden al bien. –

+ Héctor Aguer

Arzobispo Emérito de La Plata.

 

Buenos Aires, martes 7 de abril de 2026.

Octava de Pascua. –

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