
ACLARACIONES SOBRE EL OBISPO REY
Con motivo de mi nota de ayer, en la cual escribí que el obispo Rey era bueno “pero un poco tonto”, menos mal que puse “poco”, recibí una nota de un gran sacerdote perteneciente a la Abadía San José de Clairval, el P. Cipriano O.S.B., quien me aclara que no es tonto sino santo y me revela cosas que yo no sabía y él sí. Desde ya, en estos tiempos de mentira y simulación, a este sacerdote le creo todo, porque es un hombre de Dios, absolutamente veraz.
Aunque me señala que su nota no es para publicar, con gusto transcribo parte de la misma: “para nosotros monseñor Rey es un santo lleno de fervor apostólico… respecto a la visita apostólica podemos decir que si no hubo conflictos graves durante la misma, fue gracias a la santidad del obispo y la obediencia de sus feligreses que aceptaron humildemente las decisiones de la Santa Sede.
Le creo todo y desde hoy, para mí, el obispo Rey es un santo. Mi error se originó en quedarme en la incertidumbre al conocer un suceso grave de desobediencia en el monasterio benedictino de lengua inglesa de Brignoles, que funciona en sus diócesis, cuando, ante su negativa de ordenar a frailes, recurrieron a un obispo extraño, quien los ordenó sacerdotes en forma totalmente irregular.
Esto se juntó a conocer a monjas muy buenas, ex integrantes de las Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará, quienes fundaron otra congregación reconocida con rapidez.
Pero si los monjes de la Abadía San José conocen mucho mejor que yo la situación de Francia, yo conozco mucho mejor que ellos a Francisco, a quien soporté años durante su cardenalato y desgobierno de la Arquidiócesis de Buenos Aires.
Sus premios y castigos, su equipo de alcahuetes, su persecución a muy buenos sacerdotes, su desprecio por quienes estudiaban y no seguían su peculiar pastoral, su violación notoria de las disposiciones acerca de la distribución de la comunión en la mano, que establecen que la hostia consagrada debe ser consumida delante del sacerdote para evitar sacrilegios, los traslados y expulsiones de la Arquidiócesis, su preferencia por los curas villeros, su pobrismo hipócrita, pues mientras tenía el corazón a la izquierda, la billetera la guardaba a la derecha, como los gatos de Trilussa, uno de los cuales era socialista en el ayuno, pero comiendo era buen conservador.
Pero ahora, relataré un caso en el cual intervine en forma personal como escribano o notario. Nunca juro, porque siempre sigo en consejo evangélico: “Sea vuestra palabra sí, sí, no, no”.
Pero, esta vez, juro por Dios que todo mi relato es verdadero, ya que fui testigo privilegiado por cercanía, de un desgraciado suceso, de un hecho sucedido.
Se trata de la retención indebida de los ahorros de monseñor Antonio González, párroco de San Isidro Labrador y fundador del colegio parroquial.
Al tener que ser internado, por graves problemas de salud, llegó al dicho colegio una inspección del arzobispado, que ordenó al director abrir la caja de hierro. El director manifestó que todo era del colegio, menos un sobre que decía Padre G., que guardaba los ahorros del párroco para su vejez. Se llevaron todo.
Como pasaba el tiempo sin novedad alguna, un hermano del sacerdote, Matías González, quien conocía al arzobispo y tenía buen trato con él, le pidió una audiencia para reclamar el dinero, U$$ 22.000 (veintidós mil dólares estadounidenses), que estaban en el sobre y recibió de Bergoglio la siguiente respuesta: “Mire Matías: la Iglesia ha gastado mucho en su hermano y lo que entra aquí, no sale”.
El sacerdote vivía entonces en un departamento, en la Avenida San Isidro al 4200, que le prestaba un primo, con una laica consagrada que lo cuidaba, en forma muy precaria. En ese tiempo me había ido bien en el campo y un día le llevé 5.000 dólares (cinco mil dólares estadounidenses) como regalo y aproveché para decirle: Padre, la Iglesia es un misterio. Parte de lo robado por su arzobispo se lo devuelve a través mío. Su respuesta fue: “Gracias Bocha, con esto puedo pagarle a la señora que me cuida hasta fin de año”. Tiempo después vivió gratis hasta su muerte en la que fuera la casa del profesor Ricardo Mainelli, ayudado por sus ex feligreses encabezados por el arquitecto García Bouza, quienes llenaban su heladera.
El caso con Bergoglio acabó en los tribunales civiles, ante los cuales el sacerdote perjudicado, reclamó la devolución de la suma indebidamente retenida. Los empleados de tribunales, con experiencia de años, en seguida advirtieron quien tenía razón y empezaron a apretar a los letrados del arzobispado, quienes pidieron una audiencia de conciliación y vomitaron lo retenido. El Dr. Costa, abogado del sacerdote, renunció a sus honorarios, lo que le recriminé en su momento.
Todo esto lo relato para que el padre Cipriano y sus compañeros de Abadía y el obispo Rey, sepan con quien están tratando, con el peor papa de los tiempos modernos y contemporáneos. Pienso que desde Esteban VI y el concilio cadavérico a fines del siglo IX, seguido por el siglo de hierro, la Iglesia no vivió una perversidad semejante.
Un día al llegar a mi parroquia para asistir a Misa, me encontré con monseñor Graselli, un santo sacerdote, que junto con el recordado monseñor Angel Maglioco, fueron secretarios del cardenal Antonio Caggiano, ilustre arzobispo de Buenos Aires, quien me manifestó su preocupación: sus feligreses no querían rezar por el papa Francisco y le dije: puede aconsejarle lo que hago yo: rezar para que se muera.
Ya no lo hago más. Hay que rezar para que se convierta, para que abandone su tarea demoledora de la Santa Iglesia Católica y Apostólica y que cuando Dios lo disponga, muera en paz. Espero que entonces sea expulsada del Vaticano toda su corte, empezando por el impresentable Fernández, responsable directo de la ruptura de 10 años de relaciones con los Coptos ortodoxos, que suman más de diez millones de cristianos, entre tantos otros entuertos y siguiendo por el arzobispo Sánchez Sorondo, quien después de años de una melosa y muy elogiosa dedicatoria al fundador del INFIP, Guido Soaje Ramos, que obra en mi poder, acabó por ser apologista de la tiranía totalitaria bajo la cual viven los actuales chinos católicos, protestantes, taoístas, musulmanes o budistas, quienes con la reciente prórroga del acuerdo secreto por cuatro años, seguirán padeciendo a un engendro que suma lo peor del capitalismo y del comunismo ahora bendecido.
Que Dios ayude a los chinos traicionados y a la doliente argentina.
Estancia San Joaquín, san Serapio de Azul, octubre 24 de 2024.
Bernardino Montejano