Navarra ha visto cerrar 22 comunidades religiosas desde 2020, en un proceso que refleja el descenso sostenido de vocaciones y el envejecimiento de las congregaciones. Así lo recoge un reportaje de Diario de Navarra, que traza una radiografía de la progresiva desaparición de la vida religiosa activa en la región.
Durante décadas, la comunidad foral —con Pamplona como eje— fue un foco destacado de vocaciones, hasta el punto de albergar decenas de noviciados. Sin embargo, la tendencia se ha invertido en los últimos años, obligando a muchas órdenes a reagrupar a sus miembros en casas adaptadas para religiosas mayores y a abandonar sus sedes históricas.
Cierre de comunidades y falta de relevo
El principal motivo de estos cierres es doble: la avanzada edad de las religiosas y la ausencia de nuevas vocaciones. En muchos casos, las comunidades han optado por trasladar a sus miembros a residencias comunes, donde pueden recibir atención adecuada.
Este proceso ha afectado tanto a pequeños pisos comunitarios como a grandes conventos con décadas —e incluso siglos— de presencia en distintas localidades navarras.
Uno de los casos más significativos es el de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, que han cerrado siete comunidades en estos años, casi un tercio de su presencia en Navarra. Su labor estaba vinculada en gran medida a residencias de mayores y centros asistenciales, actividades que han tenido que abandonar por falta de relevo.
De conventos a hoteles: el nuevo destino de muchos inmuebles
El cierre de comunidades ha abierto además un nuevo frente: el destino de los edificios religiosos. Según el Arzobispado, la diócesis no controla estos bienes, que dependen directamente de cada congregación.
Entre los nuevos usos, la conversión en hoteles se repite en varios casos, convirtiéndose en uno de los signos más visibles de la transformación de antiguos espacios religiosos.
Es el caso del antiguo colegio mayor Roncesvalles, en Pamplona, gestionado por la Compañía de María, que hoy funciona como el hotel MET Pamplona. También el convento de la Sagrada Familia de Burdeos en Lekaroz, con dos siglos de presencia en la zona, se ha transformado en el hotel rural Harana Palacio de Oharriz.
Junto a estos ejemplos, otros inmuebles han sido destinados a residencias, proyectos sociales o han pasado a manos de fundaciones, mientras algunos permanecen vacíos y en venta.
Presencias que desaparecen tras décadas
El impacto de estos cierres se percibe especialmente en localidades donde las congregaciones llevaban más de un siglo de presencia. En Viana, por ejemplo, las Hijas de la Caridad se marcharon en 2022 tras más de 160 años de actividad vinculada a la educación y a la atención de mayores.
En el Hospital de Navarra, la misma congregación puso fin en 2020 a más de dos siglos de servicio sanitario y pastoral. En ese momento, la comunidad estaba formada por ocho religiosas, muy lejos de las más de cien que llegaron a integrarla en el pasado.
También han cesado comunidades en Bera, Falces, Peralta o Gerendian, en muchos casos ligadas a residencias de ancianos o a labores asistenciales.
Edificios vacíos y futuro incierto
Junto a los inmuebles ya transformados, otros permanecen sin un destino definido. Es el caso de varios conventos históricos, como el de las Clarisas de Arizkun, habitado desde el siglo XVIII, o el de Lekunberri, con más de un siglo de presencia religiosa.
En Corella, el antiguo convento de las Carmelitas Descalzas también se encuentra en el mercado, mientras el ayuntamiento estudia posibles usos, reconociendo la complejidad del inmueble.
Crisis de vocaciones y pérdida de presencia
En pocos años, Navarra ha pasado de ser una tierra con una fuerte implantación de órdenes religiosas a ver cómo conventos históricos cierran, se vacían o cambian de uso. Una realidad que se repite en otras diócesis y que plantea interrogantes sobre el futuro de la vida religiosa y su presencia en la sociedad.