TRIBUNA. El juego cambiante de la comunión eclesial

Por: Yousef Altaji Narbón

TRIBUNA. El juego cambiante de la comunión eclesial

“¡Pásame la bola! —dijo el jugador—. ¡Estoy libre!” Faltan segundos para que se acabe el partido. El jugador recibe la bola, mira fijamente la canasta, se prepara para saltar, agarra fuertemente la bola, salta con toda su fuerza y tira con gran precisión. Los ojos de toda la fanaticada se quedan clavados en la trayectoria de la bola que se dirige directamente para anotar. La bota pica en el anillo, rebota contra el marco cuadrado, se regresa, tiene la mitad de su circunferencia dentro de la canasta. Todo en silencio, todo lento, todo sin moverse, pero los ojos fijos en la bola. Rompe la quietud sonora un solo sonido: el silbato del árbitro. Lo que iba a ser una celebración pasa a ser repentinamente una incógnita amarga. El árbitro alza el brazo y dice que la anotación es inválida. La fanaticada detona en gritos de disgusto, cuestionamientos agresivos, llantos de dolor porque nadie comprende lo sucedido. El equipo que estaba a momentos de ganar el partido corre en torno al árbitro exigiendo una explicación inmediata de este llamado tan inverosímil. El árbitro solo dice: “La anotación final se ha anulado por decisión superior”. El director del equipo increpó al árbitro demostrando la validez de la anotación al haber cumplido cada requisito conforme al reglamento. La respuesta del cuestionado deja a todo el mundo sin palabras y perplejo por el nivel de asombro causado. La contestación fue directa: “Era válido antes, pero justo ahorita ha cambiado el criterio del juego”. 

Esta historia alegórica es una muestra atinada de lo comprendido en todo el orbe cristiano con el tema tan sonado de la comunión eclesial. Asunto de trascendencia causante de divisiones, algunas necesarias y otras sin sentido, pero innegable en sus efectos dentro de las discusiones que acontecen en diferentes contextos y situaciones a nivel eclesial. 

Estar en Comunión

Nuestro Señor Jesucristo nos ordenó taxativamente la obligación de estar en comunión. Esto lo podemos evidenciar en diferentes secciones de las Sagradas Escrituras, como son Juan 15, 15; Romanos 12, 10; Gálatas 5, 13. La comunión es una característica esencial de la Santa Madre Iglesia; sin no hay comunión, es imposible que exista esta institución divinamente creada. Veamos el Catecismo mayor del Papa San Pío X en su numeral 157: “La Iglesia verdadera es UNA porque sus hijos, de cualquier tiempo y lugar, están unidos entre sí en una misma fe, un mismo culto, una misma ley y en la participación de unos sacramentos bajo una misma cabeza visible, el Romano Pontífice”. La explicación se presenta con diáfana claridad conceptual, donde se nos enseña sobre la unión, la conexión, las piezas que conforman la comunión. Fijemos la atención en la nota que distingue a la Iglesia Católica de cualquier otro changarro extraño; es UNA; en esa unicidad tiene que haber unos requisitos concretos, inamovibles, razonables y perennes que constituyen la comunión eclesial.

Los Padres de la Iglesia tuvieron una lucha fuerte por consolidar no solo el concepto, sino los límites de esta verdad de fe. San Agustín enseña lo siguiente en su Sermón 96: “Toda la Iglesia, todo el cuerpo, todos sus miembros, cada cual según la función propia que tiene asignada, deben seguir a Cristo. Sígale, pues, toda entera la Iglesia. Única: Esta paloma, esta esposa rescatada y dotada con la sangre del Esposo”. Se desprende de sus sabias palabras la figura de la comunión como la unidad de cada parte de la Iglesia en su respectiva labor o función en Cristo Jesús. Una cantidad inmensurable de sangre cristiana ha sido vertida como acto de supremo amor a Dios para confirmar y robustecer la comunión de la Iglesia. Solo tomemos el ejemplo de santos martirizados por los greco y ruso-cismáticos, que bien parecen guardar las mismas o similares enseñanzas que la Iglesia Católica (cosa profundamente falsa y errada), donde forzaron a estos valientes defensores de la fe a unirse a su Iglesia o ser vilmente asesinados. San Josafat es el vivo ejemplo de esto. 

Por medio de la comunión entre los fieles, entre los que enseñan y los que son enseñados, se alcanza la transmisión de la fe como Nuestro Señor Jesucristo dispuso que fuera por medio de su Iglesia. Esta nota de la Iglesia asegura no solo una estructura sólida, evidentemente de institución divina, también garantiza la doctrina obligatoria para creer en todos los tiempos.

Corrompiendo y aprovechando

Esta nota espectacularmente valiosa de la Santa Iglesia ha sido desvirtuada, monopolizada y puesta a conveniencia de la jerarquía ligada a los intereses del mundo revolucionario. Esto, como un sinfín de otros tesoros de nuestra fe, se le tiene que aplicar la máxima corruptio optimi, pessima; la corrupción de lo mejor es lo peor. Técnicamente, no se ha corrompido como tal, sino que más bien se ha relativizado a un criterio ajustado total y plenamente a los ideales revolucionarios regentes de todo el proceder general dentro de la estructura eclesial. Dependiendo de la diócesis, obtener el sellito de estar en comunión queda al arbitrio del Ordinario del lugar, ligado no a un criterio breve y sencillo con requisitos objetivos, sino a la agenda o plan doctrinal explayado por todo el territorio diocesano. 

Para poner esto en palabras aún más simples: si la diócesis va de mano en mano con la agenda sinodal con olor a azufre, para estar en supuesta comunión, va a consistir en aceptar todo este cuerpo amalgamado de pautas infiltradas y premisas provenientes de un mundo neopagano. Si el Ordinario diocesano permite todo, todo, absolutamente todo, excepto la Tradición bimilenaria de la Iglesia, para obtener el beneplácito de la autoridad competente se va a tener que pisar con el pie enlodado, en parte (o en todo), lo que constituye el corazón de nuestra fe. Si la ideología profesada por el Prelado es una ya previamente condenada en reiteradas ocasiones por el Magisterio perenne del Cuerpo Místico de Cristo, seguramente ir con dedo acusador ante el referido para a su vez solicitar el susodicho permisito para estar en buenos términos con la jerarquía, ya sabemos muy bien cuál va a ser la reacción. Para resumirlo por si no quedó claro: al son de la música impuesta por la jerarquía, a ese todos deben bailar. 

El mundo al revés. Dictaminar quién está en buenos términos con la Iglesia y quién no, queda a la disposición a un plumazo de distancia de una sola persona viciada con pensamientos, ideas, doctrinas alejadas del Depósito de la Fe, o en las manos de una pequeña comisión compuesta usualmente por un bando de personas tan afines con la verdad profesada por Cristo como lo fue el Sanedrín en su momento. Han convertido esta nota de la Iglesia en una especie de arma, mecanismo de coacción, modo de hacer torcer el brazo y de control psicológico para con los fieles piadosos que desean hacer algo natural para un católico, que es estar en visible comunión con la autoridad competente. 

No son para nada pocos los casos cuando el presidente de la diócesis responde —cuando acontéce el milagro de que se digne en responder— que para obtener el permiso, aval, beneplácito o sello de visto bueno se van a tener que ajustar (utilizando un eufemismo frecuentemente empleado por los mismos) al Credo inventado en el sitio recurrido. Igual que en una empresa cualquiera, los valores primordiales presentan variaciones entre distintas organizaciones; idéntica ocurrencia sucede en las estructuras donde se debería reafirmar la fe de siempre por medio de un criterio objetivo inamovible. 

Parece ser, basado en hechos notorios y comportamiento repetido, que la métrica para medir la comunión o a quién sí y a quién no se le deben dar permisos y concesiones, se trata en un jueguito coqueto de quién-se-acerca-más-al-obispo. Esta medida es muy curiosa por ser totalmente subjetiva y cómoda para quien tiene la autoridad. Se anotan estos puntos de comunión por medio de cuántas veces uno se reúne con el Ordinario del lugar, cuántas sonrisas se intercambian, la cantidad de regalos que se otorgan, la frecuencia en tomarse fotos juntos, la cifra puesta en un cheque, entre otras formas graciosas para ser coronado como el mayor ganador de la comunión eclesial. Parafraseando lo dicho jocosamente por el Dr. Taylor Marshall, entrevistando al Sr. Kennedy Hall, la forma especialísima para construir el máximo nivel de comunión interna es por medio del abrazo de oso durante el saludo de la paz en el Novus Ordo Missae. ¡Claro, lo es! ¡La apoteosis de la comunión con la jerarquía: Poder darse el abrazote fuerte y largo con el regente diocesano!

Para vislumbrar mejor las cosas, en el año 2022, el cardenal Blaise Cupich de Chicago sacó al Instituto Cristo Rey Sumo Sacerdote de un santuario (construido por ellos mismos y a título del grupo sacerdotal) por no haber aceptado las condiciones pretendidas por el prelado. Condiciones que incluso violentan directamente contra los estatutos del instituto de marras. Los valientes Redentoristas Traspalinos fueron severamente marginados hace unos meses por decir las cosas como son y mantenerse fieles a la Tradición de la Iglesia. El obispo de la diócesis donde tienen su capítulo general ha iniciado investigaciones, emitido sanciones y proclamado la guerra contra estos humildes sacerdotes. En ambas situaciones no vemos a estas asociaciones proclamando y promoviendo atrocidades que atentan contra la fe de dos mil años, ni se contempla un quiebre con los elementos objetivos para ser considerados parte de la Iglesia. De manera franca y sin ambages, no estaban en consonancia con lo considerado como bueno en su respectivo lugar. 

Evitar el juego

¿Quién entiende este juego que se ha impuesto? Francamente, nadie por ser relativo de lugar en lugar. Lo clave es guardar el Depósito de la Fe como bien ordenan las Sagradas Escrituras. Ahí yace el primer y principal deber. ¿Qué pasa si la autoridad, que debería ser la pionera en esta labor, impone o dictamina condiciones que violentan la integridad de la fe? Respuesta simple: seguir adelante y mantenerse firmes. En el fondo de este juego cambiante de redefinir de manera evolutiva la comunión eclesial, sale a la luz lo que se pretende: se trata de forzar la Revolución actual en la feligresía. El punto de este actuar es obligar, a cambio de migajas rancias, la aceptación de los preceptos de la narrativa oficial.  

Endiosar el aval jerárquico no consiste en un acto virtuoso, sino en la izada de la bandera de la capitulación. Se intercambia la perla del Evangelio, por el abrazo del obispo; se antepone el aplauso del consejo diocesano en contrapartida de las dulces palabras de Cristo en su Revelación; se prefiere estar acompañados en medio de la confusión y el error en vez de estar aparentemente solos, pero con la reconfortante guía de la verdad. 

Monseñor Schneider, en su oración por el triunfo de la fe católica, haciendo directa referencia a varios santos, dice lo siguiente: “Concédenos la gracia de ser decididos a sufrir mil muertes por un solo artículo del Credo”. En esta oración le pedimos a Dios nos conceda todas las gracias necesarias para resistir a la coacción autoritaria que condiciona la comunión eclesial visible. Es menester evitar este burdo juego a toda costa. La comunión de fe, la comunión de los sacramentos, la comunión jerárquica; en estos únicos elementos consiste la comunión eclesial, nada más. Este no es un premio para ser adjudicado por el obispo a sus amigos en las ideas; es una realidad sobrenatural que manifiesta nuestra unión con la Santísima Trinidad.

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