El Papa León XIV viajará el próximo lunes a Argelia dentro de su gira africana. Entre las paradas previstas, hay una que concentra el sentido del viaje: la visita a Bab El Oued, donde dos religiosas españolas fueron asesinadas en 1994 después de haber decidido permanecer en el país en plena guerra civil.
No fue una decisión improvisada. Semanas antes, las agustinas misioneras habían afrontado un discernimiento que marcó su destino. La violencia contra religiosos aumentaba y la posibilidad de abandonar Argelia estaba sobre la mesa. Se trataba de elegir: marcharse o quedarse.
Una decisión tomada con plena conciencia
A comienzos de octubre de 1994, las religiosas se reunieron en Argel junto al arzobispo Henri Teissier. Durante varios días, cada una examinó su situación personal y la de la comunidad. Nadie fue presionado. Ambas opciones eran legítimas, pero ninguna era neutra.
La amenaza era concreta. Como recordaría después su superiora, se trataba de una triple exposición: por ser extranjeras, por ser cristianas y por permanecer allí.
El 7 de octubre, una a una, expresaron su decisión. Todas optaron por quedarse. Aquella elección no quedó en un gesto privado: fue asumida y celebrada en la Eucaristía.
El asesinato en el camino hacia la Misa
Dos semanas después, el 23 de octubre, Esther Paniagua y Caridad Álvarez salieron hacia la celebración del Domund. Lo hicieron antes que el resto, siguiendo las recomendaciones de seguridad que aconsejaban no desplazarse juntas.
No llegaron.
Los disparos se escucharon desde la casa. Al principio, la comunidad pensó en otro ataque contra cristianos. No tardaron en comprender que las víctimas eran ellas.
Murieron en la calle, camino de la Misa que iban a celebrar, en un gesto que la Iglesia reconocería años después como auténtico testimonio de fidelidad.
Un contexto de violencia sostenida
Su asesinato se produjo en un clima ya deteriorado. Meses antes habían sido asesinados otros misioneros, lo que llevó a los obispos a plantear abiertamente la posibilidad de abandonar el país.
La decisión de quedarse se había tomado, por tanto, con pleno conocimiento de ese contexto.
Años más tarde, la Iglesia reconoció ese testimonio. Esther y Caridad forman parte de los 19 mártires de Argelia, beatificados en 2018.
La permanencia después del martirio
Tras décadas de ausencia, la comunidad pudo regresar a Bab El Oued. La casa no se convirtió en un memorial cerrado. Volvió a ser habitada.
Hoy funciona como un centro de acogida para niños y mujeres argelinos. La actividad ha cambiado, pero no el criterio que la sostiene: permanecer y servir allí donde se está.
Una Iglesia pequeña, pero presente
La visita del Papa se inscribe también en la realidad actual de la Iglesia en Argelia. Se trata de una comunidad reducida —apenas unos miles de fieles— dispersa en un territorio amplio y marcada por su condición minoritaria.
La presencia del Pontífice adquiere un significado concreto: no se trata solo de recordar el pasado, sino de confirmar una forma de presencia cristiana que no se retira ante la dificultad. Permanecer, incluso cuando todo invita a marcharse.