Este año decidí vivir una Semana Santa de ermitaña urbana en la parroquia de mi pueblo de decenas de miles de habitantes del cinturón de Barcelona. Era el primero de los últimos 5 años que, por razones que no vienen al caso, no me quedaba otro remedio que asistir a los Oficios y Misas en la parroquia. Había tenido la fortuna en los años anteriores de asistir a la Semana Santa tradicional, pre o post reformas de 1955. Este año me proveí de lo necesario, avisé a mis padres de que tendría el teléfono desconectado y pedí días de vacaciones en la empresa. Y, desde el domingo de Ramos hasta el domingo de Pascua, sólo salí para asistir a la parroquia, mientras pasaba los días con disciplina monacal en casa, rezando todos los oficios de un breviario de 1888 y orando con los propios de la Misa con un misalito bilingüe de 1947.
Por hacer cosas como ésta, y aunque hace tiempo que me dejo ver muy poco por la parroquia, mi párroco hace tiempo me propuso la consagración en el ordo virginum. Pero creo que hablaremos de esto otro día. Hoy me gustaría centrarme en el relato y la reflexión de lo que puede haber significado para la fe del Cuerpo Místico de Cristo sesenta años de una liturgia paupérrima, agravada para quien ha tenido la fortuna de conocer la liturgia tradicional por la sensación de asistir a las ruinas de lo que fue en otro tiempo el Cielo en la tierra, una liturgia superior, divina.
En el Oficio Divino tridentino de 1888 las antífonas, las lectios y la elección de los salmos, leídas junto a los propios de la Misa, no sólo representan horas de oración litúrgica, sino que tienen el efecto de sumergir a quien así ora en una profunda contemplación de los misterios de estos días santos. Cuando uno lee sobre las acciones en el presbiterio del sacerdote y sus ministros, sobre la gran cantidad y complejidad de oraciones y rúbricas cargadas de profundidad espiritual y Sagrada Escritura, cuando se comprende el sentido de la bendición de las palmas y las ramas de olivo y, tras ella, la procesión, con sus oraciones – de las que la peregrina Egeria ya fue testigo en Tierra Santa en el siglo IV y llegó a Roma sobre el siglo IX -, cuando se escucha el pregón y la secuencia de Pascua, se presencia la bendición del agua en la pila bautismal, cargada de profundo simbolismo…. Entonces, sólo puede ser digno de lástima por su ignorancia quien pueda tildar de “oscurantista” a una sociedad perfecta, cual es la Iglesia Católica, que, guiada por el Espíritu Santo, fue capaz, a lo largo de los siglos de favorecer el desarrollo orgánico de la divina liturgia. Un desarrollo que vivió momentos cumbre en los nada menos que mil años que, también, se consideran una época oscura, la Edad Media, que constituyen en realidad los luminosos siglos de la Cristiandad. Estamos rodeados de tanta fealdad y vulgaridad, tanto en el mundo como en la Iglesia, que ha querido imitarlo en sus edificios y ornamentos, que es muy difícil para gran cantidad de almas darse cuenta de la importancia de la belleza, y de cómo ésta lleva a Dios, por ser atributo suyo.
Y sólo podemos ser también dignos de lástima quienes hemos sido despojados de tal riqueza y entregados a una liturgia insustancial, horizontal, superficial, en la que ni siquiera se respetan las rúbricas del Misal que pudieran ayudar a los fieles a conservar la fe.
Tras una mañana profundizando en el Oficio y el Misal del domingo de Ramos, llega uno a la parroquia, con ese jolgorio de bendición de ramos en la plaza, el sacerdote revestido de rojo, las bromas para entretener a los niños, la mini-pseudo-procesión, que es una entrada desordenada en el templo, mientras la mitad de quienes han acudido a bendecir los ramos no asiste a la Misa, y se pregunta qué ha pasado. ¿Qué es esto y qué tiene que ver con aquella liturgia divina?
Tras el domingo de Ramos, como decía Evelyn Waugh, en la Semana Santa reformada a partir de 1955 parece que no ocurre nada hasta el jueves santo por la tarde, mientras la liturgia anterior concedía también su importancia y profundidad a lunes, martes y miércoles santo. Y entonces llegamos al Triduo Pascual, los días más santos del año. He de decir que Jueves y Viernes santo me llevé una sorpresa de un novus ordo digno (para lo que es la Semana Santa post 1955, entiéndase). Algunas moniciones hechas por una religiosa, el grupo de jóvenes y sus cantos con guitarra, el sacerdote rezando la plegaria Eucarística I (llamada Canon, aunque no lo es), un lavatorio de pies a hombres, mujeres y niños colocados en los bancos delanteros. Es decir, para ser la Misa a la que asiste el 90% de los católicos romanos, correcta y digna.
Finalmente, la Vigilia Pascual fue un verdadero desastre. La pesadilla litúrgica más perturbadora vivida en años, que me hizo recordar por qué dejé de asistir al novus ordo. Pregón pascual y demás himnos, anuncios, dejados en manos de los jóvenes, cambiando no sólo la melodía sino también la letra. Y prisas, muchas prisas. La Vigilia Pascual más breve a la que he asistido: una hora y media. Fue penoso. Ni siquiera podemos decir aquello de que era una débil sombra del rito tradicional. Porque, directamente, fue una estafa. No se puede predicar en el sermón que estamos en la noche más importante del año y después destrozar la Vigilia de esa manera, no proporcionar el alimento espiritual que esa Misa tiene el poder de proporcionar a los fieles.
De todas maneras, la conclusión a la que llegué después del sofocón de la Vigilia Pascual, reflexionando ya más tranquilamente el domingo de Pascua, es que, celebrada más o menos dignamente, es imposible no constatar que la Misa de Pablo VI esun rito distinto a la Misa que la Iglesia celebró durante siglos. No se trata de dos formas de celebrar un mismo rito, sino de dos ritos. Y, peor aún, además de los cambios, omisiones, eliminaciones – es decir, el hecho de que los sacerdotes no hagan el mínimo caso a las rúbricas -, lo que queda podría decirse que es una liturgia y, por tanto, una fe diluida; menos densa, como si el mensaje llegase más débil, como un eco.
En esta liturgia plana, antropocéntrica, inmanentista, el foco se traslada desde los misterios sagrados al hombre, rebajando la sacralidad y provocando un ambiente de mundanidad.
No hay una representación del misterio que conmueva al hombre en todo su ser, aunque sí sea capaz de emocionarlo tenuemente, a nivel de un sentimiento más superficial, pues no deja de estar ahí la verdad, por escondida y débil que se anuncie. Si pensamos en que lo que oramos es lo que creemos (lex orandi lex credendi), la fe, a base de recibir sólo este alimento insuficiente, desfallece. Creemos de una manera que va siendo progresivamente más débil porque oramos de una manera débil. Estos ritos ofrecen algún destello inesperado de lo que fueron, pero en general, son sólo ruinas. Un débil reflejo de lo que algún día fue el gran opus dei, la obra de Dios, que construyó y sostuvo a la más grande civilización de la historia durante siglos. Como la liturgia, como consecuencia del hundimiento de la liturgia, esa civilización también se ha hundido, no sólo la fe de las personas individuales.
No le llega al hombre la realidad de estar ante algo infinitamente mayor que él, superior a él, como reflejan los altísimos techos de los templos medievales, en que el hombre se ve en el conjunto a escala como un muñeco tamaño lego. Esta liturgia, a pesar de sus destellos aislados, de la fuerza de la Palabra de Dios, incluso en nuestro idioma, en que podemos entender cada palabra, es una liturgia a escala humana. Igual, también, que la altura de los techos de los nuevos templos, por cierto, planos sobre nuestras cabezas.
Lo terrible, cuando uno se detiene a pensar, es que esta liturgia superior fue desmantelada desde dentro de la Iglesia por la jerarquía, sobre todo, y por algunos laicos. No la quisieron. La denostaron. No era apta para el “hombre moderno”. Era obsoleta. Si la ruina hubiera sido consecuencia de un seísmo, podría haber sido reconstruida. Pero fue desechada, desmantelada y fabricada ex novo desde dentro.
Como anécdota, en el Oficio de Viernes Santo (o como quiera que se llame), cuatro señoras que entre todas sumaban muchos más de 300 años, sentadas en el banco posterior al mío, comentaban que “este año (el sacerdote) lo está haciendo todo diferente”. No sé a qué diferencias se referían, pero si tanto las perturban los cambios, no puedo imaginar cómo vivieron la vorágine de los años 1955 – 1969. En fin…
A las personas que no entienden por qué seguimos hablando de la liturgia previa a los cambios de mediados del siglo XX, porque no la conocimos, les ruego encarecidamente que asistan una sola vez a una Misa vetus ordo. Una misa baja y rezada o solemne, privada o pública, autorizada por el obispo o en catacumbas. Sólo entonces uno se da cuenta de lo que nos han robado y por qué la Iglesia y la fe se han hundido. Tras siglos de desarrollo orgánico de una liturgia divina, se trabajó en secreto, con premeditación y alevosía, desde Roma y desde grupúsculos centro-europeos, en el desmantelamiento de la liturgia y su sustitución por un placebo protestantizado que mantenía la consagración para poder hablar en términos positivistas de su validez. Entre 1948 y 1975 (aunque ya se hacían experimentos en los países bañados por Rhin desde los 1920) se trabajó de manera sistemática en el desmantelamiento de la Misa y el Oficio Divino; una obra, diría yo, tan bien hecha para el mal, que la sensación es que no es puramente humana, sino preternatural. Hay una inteligencia superior, maligna, anticatólica, en todo ese engranaje que ha podido seguir desplegándose en las décadas posteriores sólo para el debilitamiento de la fe, para la protestización y mundanización de la Iglesia Católica. Un ataque a lo católico realizado por pastores ordenados de la Iglesia, por la jerarquía.
¿Qué esperanza nos queda? Toda, porque sabemos que Cristo ha vencido al mundo. Pero para aquellos padres y abuelos que viven su fe y se preguntan qué han hecho mal, que sus descendientes se han desentendido totalmente de la Iglesia, encontrarían la solución rezando, por supuesto, y en la vuelta a la liturgia tradicional. No impuesta prohibiendo el novus ordo de Pablo VI, como hicieron el papa y los obispos en los años 1970, sino que los fieles la busquen, autorizada o prohibida. Es entonces, al asistir a ese silencio cargado de sacralidad, o a esos cantos gregorianos, cuando uno se da cuenta de lo que nos ha sido arrebatado, de por qué las nuevas generaciones han ido perdiendo la fe progresivamente. Incluso para quien está a gusto en su parroquia, que “funciona”, le diría que haga ese esfuerzo, que busque una misa tradicional. No es algo ajeno a nosotros: es la tradición de la Iglesia, la Misa con la que se santificaron y dieron gloria a Dios tantas personas a lo largo de los siglos. La restauración de la Misa tradicional no es un capricho, algo accesorio, a lo que se le puede conceder un indulto decorativo, anecdótico. Estoy convencida de que de la liturgia tradicional depende la renovación de la Iglesia, la vuelta de su vigor. Porque, además, va acompañada de una práctica más intensa de la piedad y de una profundización en la doctrina perenne de la Iglesia.
Como dice Peter Kwasniewski, la jerarquía modernista no sólo persigue la Misa tradicional per se, sino porque quienes asisten a ella viven como verdaderos católicos; y eso va contra el plan trazado desde arriba para la secularización de la Iglesia.