Al decidir publicar una denuncia como la de las presuntas víctimas de Santarsiero, hemos hecho un análisis legal y moral previo. Aceptamos el coste de exponer hechos muy graves de uno de los cargos más relevantes del episcopado peruano, sabiendo que incomodan, que interpelan y que, en muchos casos, encuentran resistencia. Pero asumir el silencio, cuando existen indicios suficientes, deja de ser prudencia para convertirse en una forma de omisión difícilmente justificable.
Ese es el punto en el que, honestamente, creo que nos encontramos. No ante certezas absolutas —que corresponden a una investigación que debe hacerse por las instancias canónicas—, pero sí ante un conjunto de elementos que, analizados con un mínimo rigor jurídico y canónico, superan claramente el umbral de la verosimilitud razonable. Y cuando ese umbral se supera y las instituciones no toman medidas, callar ya no es una opción responsable.
No estamos ante rumores ni ante relatos difusos. Estamos ante dos testimonios muy concretos de personas que en dos etapas convivieron estrechamente con el prelado italo-peruano, coherentes entre sí, sostenidos en el tiempo y acompañados de elementos que permiten su verificación.
Hay tres razones principales que hacen especialmente sólido este caso.
1. Testimonio espontáneo y en el mismo momento de los hechos
El primer elemento es probablemente el más importante desde el punto de vista probatorio: la inmediatez del testimonio.
El denunciante seminarista, que era menor de edad, comunicó la situación al menos a dos personas en el mismo momento en que los hechos están ocurriendo. A dos personas concretas, identificables, con responsabilidad institucional: una en el ámbito académico y otra clérigo dentro de la propia Iglesia que recriminó a Santarsiero los abusos.
Esto no es un detalle menor. No es imprescindible y muchas víctimas callan durante años. Pero en términos probatorios, la espontaneidad y la contemporaneidad del primer relato a terceros reducen de forma muy significativa el riesgo de elaboración interesada. No hay tiempo para construir una versión. Hay, simplemente, una reacción humana ante una situación vivida como profundamente injusta y dolorosa.
Que existan testigos directos de ese primer relato, con nombres y apellidos, introduce un elemento de contraste externo que refuerza mucho la credibilidad.
2. Dos denunciantes independientes y con credibilidad personal
El segundo elemento es la independencia de los testimonios. No hay relación previa entre los denunciantes. No hay un contexto compartido que permita pensar en una construcción conjunta. Han llegado a coincidir después, precisamente porque descubren – por vías diferentes- que lo que han vivido tiene puntos en común.
Desde cualquier lógica probatoria, esta convergencia independiente es significativa. Cuando dos relatos nacen separados y acaban encajando en lo esencial, la hipótesis de la invención coordinada pierde toda la fuerza.
A esto se suma algo quizás más subjetivo pero a valorar: la credibilidad personal de los denunciantes. Uno de ellos es sacerdote, con formación en Roma, con una trayectoria reconocida y sin elementos que apunten a motivaciones espurias. Otro un seglar alejado de la vida de la Iglesia sin intereses directos. No hay beneficio aparente en denunciar. Más bien hay exposición, desgaste y un coste personal evidente. Quien da un paso así, en ese contexto, normalmente no lo hace por cálculo.
3. Hechos que encajan y que pueden comprobarse
El tercer elemento es el que introduce mayor objetividad: los hechos que acompañan al relato.
No estamos solo ante lo que alguien dice que ocurrió. Estamos ante una secuencia en la que ese relato se cruza con decisiones concretas: becas, ayudas, trabajos vinculados a empresas diocesanas que cambian en un momento muy preciso. Ese momento, según el testimonio, coincide con la ruptura de la relación que se denuncia, en torno a 2017.
Este tipo de correlaciones no prueban por sí solas los hechos, pero sí aportan algo fundamental: coherencia externa. Y, sobre todo, abren la posibilidad de verificación. Es decir, permiten que una investigación no parta únicamente de declaraciones, sino también de datos contrastables.
Un contexto que no puede ignorarse del todo
Hay, además, un contexto que sería ingenuo ignorar por completo. Desde hace años circulan comentarios, denuncias informales, referencias a muy alto nivel eclesial que refieren comportamientos inmorales relacionados con Santarsiero Rosa.
En esos casos no tenemos documentación suficiente para sostenerlos públicamente, y por eso no los publicamos. Pero existen. Y cuando aparecen testimonios directos, coherentes y verificables, ese contexto deja de ser irrelevante, aunque no pueda ser considerado prueba.
Un silencio que empieza a ser inquietante
Y junto a todo esto, hay algo que, personalmente, me resulta cada vez más difícil de entender: el silencio. La noticia ha tenido repercusión. No menor. Ha sido recogida por Infobae, el medio más leído de Hispanoamérica.
Y, sin embargo, las instancias que deberían, al menos, acusar recibo de la gravedad de lo que se está planteando, por el momento no han dicho nada: La Conferencia Episcopal del Perú mantiene silencio; la Nunciatura Apostólica mantiene silencio; el Dicasterio para la Doctrina de la Fe mantiene silencio.
Conviene no perder de vista un dato: no estamos hablando de una figura secundaria. Monseñor Santarsiero ocupa uno de los cargos más relevantes dentro de la Iglesia en Perú.
Este silencio contrasta, inevitablemente, con la rapidez con la que en otras ocasiones se han emitido comunicados ante cuestiones de menor entidad o de naturaleza muy distinta. No se trata de pedir condenas públicas ni juicios paralelos. Se trata de mostrar que estos hechos importan, que se toman en serio y que van a ser examinados.
Por qué publicamos
Con todo esto —testimonio inmediato, independencia de los denunciantes, hechos que encajan y pueden comprobarse— desde el consejo editorial de Infovaticana consideramos que el umbral de verosimilitud está claramente superado. No afirmamos culpabilidades. No es nuestra función. Pero sí afirmamos algo más sencillo y más exigente: que aquí hay materia suficiente como para investigar, y que no hacerlo es una irresponsabilidad.