La Vida Consagrada se encierra en su burbuja mientras desprecia el renacer católico

La Vida Consagrada se encierra en su burbuja mientras desprecia el renacer católico

Vida Nueva presentó la inauguración de la 55ª Semana Nacional de Vida Consagrada como un acto de reflexión sobre la crisis vocacional y la reducción numérica de la vida religiosa en España. El encargado de abrir el encuentro fue Fernando Vidal, sociólogo, profesor de la Universidad Pontificia Comillas y director de la cátedra Amoris Laetitia. La Semana se celebra del 8 al 11 de abril en Madrid, en formato presencial y online, bajo el lema “Afrontar la reducción. Caminando y habitando en el desierto”. Según el propio programa oficial y la presentación previa del evento, la organiza el Instituto Teológico de Vida Religiosa, un centro fundado por los Misioneros Claretianos en 1971, y al frente de esta edición figura el director del ITVR, el claretiano Antonio Bellella. No he encontrado una relación pública de un “comité de selección” que detalle quién eligió a cada ponente; lo verificable es que el programa sale del ITVR y que Bellella aparece públicamente como responsable de la Semana y de su planteamiento general.

El contexto no es menor. No se trata de una charla marginal ni de una intervención perdida en un panel secundario. Vida Nueva subrayó expresamente que Vidal fue “el encargado de la conferencia de apertura”, y el programa oficial lo sitúa a las 11:30 del miércoles 8 de abril con la ponencia “Encrucijada eclesial. ¿Desplome o reconstrucción?”. Es decir, no fue un invitado accidental ni un nombre añadido para rellenar agenda: fue una voz escogida para fijar el tono intelectual de la Semana desde el primer gran marco interpretativo.

Lo que dijo es todavía más revelador que su mera presencia. Según Vida Nueva, Vidal sostuvo que existe una “reacción no devocional, sino política, que pide una vuelta al catolicismo”, y remató que eso sería “ideologización sin conversión”. Añadió que no hay datos que acrediten un aumento del catolicismo entre los jóvenes, aunque sí un freno del descenso, y defendió que la Iglesia debe apostar por un “cristianismo de proximidad”, menos apoyado en nuevos movimientos y más centrado en “estar en las fronteras” y “habitar las calles”. En esa misma línea, presentó el futuro del catolicismo español como el de una minoría hacia 2100, llegando a aventurar que solo un 25% de los españoles se considerará católico y que hoy únicamente un 15% de los jóvenes serían católicos practicantes.

La tesis de fondo es transparente. El problema, para Vidal, no sería que vuelva a emerger una conciencia católica con pretensión pública, cultural o civilizatoria, sino precisamente que esa reacción no acepte quedarse en una religiosidad domesticada, íntima, estética o de acompañamiento. Lo que le molesta no es una caricatura de “ideologización” desligada de la fe, sino la sola posibilidad de que el catolicismo deje de pedir perdón por existir en el espacio público y aspire de nuevo a ordenar la vida personal, social y política desde la verdad de Cristo. Cuando dice que el renacer católico sería “político” y no “devocional”, la maniobra es de una claridad casi brutal: se desacredita preventivamente cualquier recuperación de densidad histórica, moral o institucional del catolicismo etiquetándola como sospechosa.

Y ahí está el escándalo de verdad. España sufre una ofensiva legislativa y cultural permanente contra la vida, la familia, la ley natural, la educación de los hijos, la libertad religiosa y la misma idea de verdad moral objetiva. En ese paisaje, uno imaginaría que una Semana de Vida Consagrada invitaría a abrir con una llamada a la santidad, a la conversión, a la reparación, a la valentía apostólica o a la reconquista espiritual de una sociedad demolida. En vez de eso, se escoge a un sociólogo cuya intervención inaugural consiste en advertir contra quienes quieren una “vuelta al catolicismo” entendida también en clave pública. No es un error casual. Es un síntoma perfecto.

Fernando Vidal, además, no es un marciano caído en un salón de actos. Comillas lo presenta como director de la cátedra Amoris Laetitia, investigador del Instituto Universitario de la Familia y figura estable en diversos patronatos y espacios de intervención social. También existen referencias públicas anteriores que lo definían como “afiliado al PSOE”, y su nombre aparece asociado a entornos de cristianismo de izquierda y al universo ignaciano de CVX. Eso no prueba por sí solo cada una de sus posiciones actuales, y conviene no forzar más allá de lo documentado; pero sí dibuja con bastante claridad el ecosistema ideológico del que procede y desde el que habla.

Pero ni siquiera conviene cebarse demasiado con Vidal, porque Vidal es secundario. Es un producto coherente de un sistema eclesiástico que lleva décadas premiando exactamente este perfil. El drama no es que un sociólogo diga lo que cabe esperar de él. El drama es que una estructura eclesial agotada lo convierta en voz inaugural para hablar a religiosos y consagrados en pleno derrumbe vocacional. El problema no es el conferenciante. El problema es el gusto del convocante. El problema es el criterio del aparato. El problema es que quienes han vaciado iglesias, noviciados, seminarios, colegios y lenguaje católico siguen repartiéndose micrófonos como si fueran los últimos hombres serios de la sala.

Porque esa es la obscenidad de fondo: los responsables de décadas de esterilidad se presentan ahora como especialistas en gestionar la esterilidad. Los mismos ambientes que sustituyeron la fe por sociología, la misión por acompañamiento, la autoridad por dinámica grupal, la doctrina por relato, la conversión por procesos y la civilización cristiana por la nebulosa de las “fronteras” ahora pretenden dar lecciones sobre cómo sobrevivir en el desierto. Pero el desierto no cayó del cielo. Lo han administrado ellos. Lo han justificado ellos. Lo han decorado ellos con lemas, jornadas, paneles y lenguaje de consultoría religiosa.

Vidal habla de una Iglesia “más paulina” que dé razones. La expresión suena elevada hasta que se confronta con la realidad. San Pablo no fue un gerente de la minoridad resignada. No salió a explicar que el problema del cristianismo era su tentación de recuperar poder. No fue por el Mediterráneo diciendo a los fieles que cuidado con querer transformar el mundo demasiado. San Pablo predicó a Cristo crucificado y resucitado como Señor de todo. Fundó comunidades, corrigió errores, combatió herejías, habló de juicio, de pecado, de pureza, de autoridad, de obediencia de la fe. No pidió permiso para resultar significativo. No administró el retroceso. Convirtió un mundo.

Aquí, en cambio, se ha impuesto otra cosa: una pastoral de la impotencia satisfecha. Se nos dice que ser minoría puede ser muy fecundo. Y en abstracto es verdad. La Iglesia ha sido minoría muchas veces y de ahí han brotado santos. Pero la minoría cristiana solo es fecunda cuando conserva fuego sobrenatural, claridad doctrinal y ambición misionera. No cuando la minoría se convierte en coartada psicológica para justificar la irrelevancia. No cuando se presenta casi como un alivio haberse librado del deber de construir una sociedad cristiana. No cuando algunos parecen disfrutar más diagnosticando la pérdida de influencia católica que combatiéndola.

Y ahí la frase sobre la “tentación de recuperar el poder” delata toda una antropología eclesial enferma. Como si el único modo de presencia pública católica fuera dominar. Como si hubiera que elegir entre clericalismo y disolución. Como si una civilización cristiana fuera por definición una nostalgia autoritaria. Como si la alternativa a la secularización agresiva no pudiera ser una sociedad penetrada por la ley de Cristo, por la verdad sobre el hombre, por la defensa de la vida, por la familia estable, por la autoridad legítima, por la educación católica y por la subordinación de la política al bien común. La reducción del horizonte católico a pura humildad privada es una de las grandes victorias culturales del enemigo. Y lo trágico es ver a tantos eclesiásticos administrándola desde dentro.

No deja de ser significativo que, cuando asoma un posible “revival católico”, la reacción reflejo de una parte del establishment eclesial no sea examinar si hay ahí una búsqueda sincera de verdad, una sed sacramental, un regreso a la liturgia, una reapertura a la doctrina o una posibilidad de reconstrucción cultural, sino correr a desactivarlo con categorías sospechosamente ideológicas. A los que han vaciado el catolicismo de densidad pública les inquieta más que algunos jóvenes descubran el valor político de la fe que el hecho de que España lleve décadas siendo triturada por leyes inicuas. Les alarma más el riesgo de “ideologización” de quienes vuelven que la certeza de la descristianización institucional ya consumada.

Y aquí aparece la responsabilidad de la jerarquía y de las estructuras clericales españolas. No basta con lamentar que no haya vocaciones. Hay que preguntarse por qué un joven habría de entregar la vida a una maquinaria que tantas veces parece avergonzarse de la tradición católica, sospechar de todo impulso restaurador y preferir el lenguaje cansado del acompañamiento indefinido a la proclamación viril de la verdad. Si a los religiosos se les ofrece como horizonte no la santidad heroica sino la administración amable del declive, no extraña que falten relevos. Las vocaciones nacen donde hay algo por lo que merece la pena quemarse, no donde se invita a gestionar la ruina con buenos modales.

La cuestión, por tanto, no es Fernando Vidal. Fernando Vidal apenas presta una voz académica de quinta a una Iglesia burocratizada, envejecida y fascinada por su propio fracaso. Una Iglesia tomada, demasiadas veces, por élites eclesiásticas que han confundido prudencia con rendición, diálogo con desarme, presencia con insignificancia y humildad con incapacidad para reinar socialmente con Cristo. Son esos ambientes los que han hecho de la derrota una espiritualidad. Son esos ambientes los que han decidido que cualquier tentativa de regeneración católica debe pasar primero por su filtro. Son esos ambientes los que llevan años sofocando cuanto huela a convicción, autoridad, tradición, combate cultural o reconstrucción de la cristiandad.

Por eso lo sucedido en la inauguración de la Semana de Vida Consagrada no es una anécdota. Es una radiografía. Se invita a un ponente que mira con desconfianza un eventual despertar católico de proyección pública. Se le da la apertura de unas jornadas dedicadas precisamente a pensar el desplome y la reconstrucción. Y se hace desde una estructura que conoce perfectamente el simbolismo de esa elección.
Luego vendrán los discursos sobre el invierno vocacional, los análisis sobre la irrelevancia social de la vida religiosa, las apelaciones a la esperanza y las mesas redondas sobre nuevos caminos. Pero mientras se siga sospechando de la energía católica capaz de volver a levantar una civilización, todo eso será administración retórica del hundimiento.

La Iglesia necesita dejar de entregar sus tribunas a quienes consideran peligroso que los católicos vuelvan a comportarse como si el Evangelio fuera verdad también para la polis, para la cultura, para la ley y para la historia. Eso es lo insoportable de este episodio. No que Fernando Vidal haya dicho lo que cabía esperar. Sino que, mientras España se desangra moralmente, haya quienes dentro de la propia Iglesia sigan pensando que el problema es que algunos católicos todavía quieren reconstruirla.

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