La idea de la mediación universal de María constituye un elemento importante de la MV. Comprende dos aspectos: por una parte, la participación histórica de María en la Encarnación y en la obra redentora de su Hijo Jesucristo en la cruz, en cuanto que, mediante su fe y su seguimiento, aceptó libremente en representación de la humanidad la gracia redentora de Dios para todos los hombres; y por otra, su actual intercesión ante el Señor exaltado, en la que implora para cada hombre las gracias actuales de Dios, es decir, al sostener y manifestar mediante su oración la libre aceptación de la gracia en el acto personal del orante, en solidaridad con los demás hombres. Dado que las gracias actuales no pueden interpretarse como un añadido a la única autocomunicación histórica de Dios, sino solo como su efecto en la pluralidad de las realizaciones de la vida humana, no se deben separar formalmente los dos aspectos mencionados.
Indicaciones bíblicas: En su Palabra hecha carne, Dios es el sujeto de la realización histórico-escatológica de la salvación. Por esta razón, el Hijo de Dios, Jesucristo, es llamado el único mediador entre Dios y los hombres (1 Tim 2,5; Heb 8,15; 1 Jn 2,1 ss.), en cuanto que en su naturaleza humana abarca a todos los hombres y los introduce histórica y actualmente en la inmediatez con Dios. Se trata de una unidad personal-dialogal del amor, en la que Dios es el origen y contenido de la salvación, pero a la que, por parte del hombre, pertenece la forma creatural de la aceptación sostenida por la gracia. La gracia de Dios en Jesucristo implica, por tanto, la respuesta de la libertad sostenida por ella, pero no anulada. En el acto de la Encarnación, en el que Dios quiere darse a la humanidad como salvación universal, la libertad de María es capacitada para la entrega creyente de sí misma. Y en la unidad de gracia y libertad, ella es la mediadora virginal. En la estructura de la redención entra, por tanto, como momento interno suyo, el “sí” de María sostenido por el Espíritu Santo. El hecho de que María esté «llena de gracia» encuentra su correspondencia en la plenitud de su fe (cf. Lc 1,28.38). Ella pertenece totalmente al lado de Cristo, no en el sentido de que lo apoye en su obra, sino en cuanto en ella se hace visible la plena resonancia de la gracia en la criatura. Por ello representa también a la humanidad que recibe la gracia, en cuanto distribuye lo que ha recibido, ya que a cada uno se le da su don de gracia para provecho de los demás (cf. 1 Cor 12,7). La unión de María con Jesús no se limita, sin embargo, al nacimiento. María está íntimamente unida al sufrimiento de Jesús (cf. Lc 2,35) y al comienzo y al final de la manifestación de la gloria divina de Jesús, tanto en las bodas de Caná (Jn 1,11) como en su muerte en la cruz (Jn 19,25). Además, María está unida al acontecimiento de la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia naciente, que se había configurado definitivamente mediante el encuentro con el Señor resucitado (cf. Hch 1,14).
En general puede decirse que, en la comprensión neotestamentaria, la intercesión de los miembros de la Iglesia unos por otros desempeña un papel importante. No limita la acción de Cristo en su Iglesia, sino que la despliega en la convivencia eclesial y muestra la responsabilidad de cada uno por los hermanos y por el destino común de la Iglesia. Así, Pablo espera que por su oración los judíos se salven (Rom 10,1). La comunidad debe orar por el apóstol para que la palabra se difunda (2 Tes 3,1) y se le abra una puerta para la palabra (Col 4,3). En la oración unos por otros (Hch 8,24; Ef 6,18; Heb 13,18) se profundiza la comunión de la Iglesia en Cristo (2 Cor 9,14) y se multiplica la acción de gracias a Dios (Rom 1,9; 2 Cor 1,1; 1 Tes 1,2; Flp 4,22; Ef 1,15; Col 1,3.9). La oración de intercesión no obtiene la gracia de la justificación, pero ayuda al crecimiento hacia la perfección en Cristo (Col 4,12). Pues la oración del justo, siguiendo el ejemplo de Elías, tiene gran eficacia si es fervorosa (Sant 5,16). En efecto, Jesús es nuestro abogado ante el Padre cuando uno de los hermanos ha pecado, porque Él es la expiación por los pecados del mundo entero (1 Jn 2,1 ss.). Pero precisamente por Él, que escucha nuestras oraciones y ya ha concedido de antemano nuestras súplicas conformes a su voluntad, los cristianos son exhortados a orar por el hermano cuyo pecado no es de muerte. A causa de la oración de intercesión, Dios dará al pecador la vida del Hijo y del Padre (1 Jn 5,16). Porque realiza un gran servicio quien hace volver al hermano que se ha extraviado de la verdad (Sant 5,19 ss.). El servicio recíproco como administradores de la multiforme gracia de Dios se realiza en la perseverancia en la caridad, que cubre multitud de pecados (1 Pe 4,8 ss.; Sant 5,20) y conduce a la comunidad a su plenitud en Dios y en los hermanos en la vida eterna.
En la época posterior al Nuevo Testamento, esta idea se amplía en la comunión mutua dentro del único camino de salvación, incluyendo también a la Iglesia celestial de los santos ya glorificados, pues los difuntos no están separados de la Iglesia terrena, sino que, por su comunión con el Señor resucitado, están aún más profundamente unidos a ella en el amor (cf. Rom 14,8 ss.; Heb 12,22-24; Ap 6,9-11).
Desarrollos históricos: Decisiva para la formación de la idea de la Mediatrix fue la antítesis Eva-María de la patrística temprana (Justino, Dial. 100: PG 6,711; Tertuliano, De carne Christi 17: CChr.SL 2,905). Así como Eva, madre del linaje humano, por su desobediencia (incredulidad) se convirtió en causa de la ruina para sí y para la humanidad, así María, por su fe (obediencia), al acoger en cuerpo y alma a Dios como gracia hecha hombre y al llevarlo en su seno, se convirtió en causa de salvación para sí y para la nueva humanidad en Cristo (Ireneo, Adv. haer. III,22,4: Harvey 2,123). Esta visión, según la cual por Eva vino la muerte y por María la vida, siguió siendo determinante también para la patrística posterior, que entendió a María como la madre de los vivientes (en Cristo) (Epifanio de Salamina, Panarion III, haer. 78,18: PG 42,728 ss.; cf. Cirilo de Jerusalén, Cat. 12,5,15: PG 33,741; Jerónimo, Ep. 22,21: PL 22,408; Juan Crisóstomo, Hom. in S. Pascha 2: PG 52,768; idem, Expos. in Ps 44,7: PG 55,193; Agustín, De agone Christ. 23: PL 40,303; Pedro Crisólogo, Sermo 140: PL 3,576; Beda el Venerable, Homil. 1 y 2: PL 94,9 y 16). Constituye un desarrollo más profundo de este pensamiento el hecho de expresar el papel de María mediante los conceptos de cooperación (cooperatio) y mediación. Para Agustín, María cooperó por su amor en el nacimiento de los fieles en la Iglesia como miembros del cuerpo cuyo cabeza es Jesucristo (De sancta virg. 6,6: PL 40,399). En este sentido, María puede ser llamada explícitamente mediadora universal y dispensadora (dispensatrix) de las gracias y causa de la vida (Andrés de Creta, In nat. Mariae: PG 97,813, 865, 1108; Germán de Constantinopla, In dormit. Deiparae hom. 5,2: PG 99,721). Deben tenerse en cuenta las numerosas alabanzas a María por la plenitud de sus gracias en los himnos religiosos. En el famoso himno «Akathistos» se la exalta como «puente de la tierra al reino de los cielos» y como reconciliación del mundo entero (cf. Meersemann I 100-127). En Pablo Diácono aparece por primera vez el término Mediatrix aplicado a María. Ella es, como intercesora de los pecadores, «mediadora entre Dios y los hombres» (PL 73,682; ActaSS Febr I 48 ss.).
La teología medieval permanece plenamente en esta línea e intenta comprender con mayor profundidad conceptual y lingüística la participación de María en la obra de la redención. Se presta especial atención al consentimiento de María a su inclusión en el acontecimiento de la Encarnación. En este sentido surge la idea de la cooperación de María en la redención en el sentido de la corredención (cf. Fulberto de Chartres, Sermo 9: PL 141,336 ss.; Pedro Damián, Sermo 45: PL 144,741,743; Sermo 11: PL 144,558). Anselmo de Canterbury (Oratio 4-7: Schmitt III 13-25) afirma que todos los dones de Dios en Jesucristo (reconciliación del pecador, vida nueva, preservación en el juicio final) nos han llegado también por medio de María, que nos dio a Cristo. Quien peca contra el Hijo, peca también contra la Madre. Y quien, por el contrario, obtiene la intercesión de la Madre (ex opere operantis — y así se reconcilia con ella), obtiene también la reconciliación con el Hijo. Aquí se encuentra el origen de la idea «por María a Jesús». Se sitúa, por tanto, en un plano distinto del esquema trinitario de la oración «por el Hijo en el Espíritu Santo al Padre» y no debe confundirse con él como si se tratara de una cadena de instancias sucesivas (cf. Bernardo de Claraval, Sermo 2 in assumpt. B.M.: Leclerq V 229; idem, Sermo 2 in die Pentecostes: Leclerq V 166 ss.; idem, In nat. B.M.: Leclerq V 275-288; Ep. 174: Leclerq VII 389: «Magnifica gratiae inventricem, mediatricem salutis, restauratricem saeculorum»).
Se hace popular la metáfora de María como puente, acueducto o escalera celestial de la salvación (en referencia a la imagen de la escalera de Jacob: Gen 28,10-22; cf. Ricardo de San Víctor, In Cant. Cant. 26: PL 196,483; Adán de San Víctor, Seq. 25: PL 196,1502). El concepto de María como cooperadora (coadiutrix) y compañera (socia) de Jesús en la obra de la salvación es desarrollado por Alberto Magno (Mariale: Op. Omn. 37,81), Buenaventura (Sermo 6 de annunt. B.M.: Opera Omnia 9,705), Bernardino de Siena (Sermo 7,1,3 in Fest. B.M.: Opera omnia 4, París 1635, 126), Antonino de Florencia (S. th. IV, tit. 15, cap. 14,2), Dionisio Cartujano (De praeconio et dig. Mariae 3,25: Opera Omnia 35, Tournai 1908, 563) y Gabriel Biel (De festis B.M. v. 15, Brescia, 1583, 82). En Tomás de Aquino se encuentra una reflexión amplia sobre el papel de María en la historia de la salvación. En virtud de la unión hipostática, Cristo es la causa total de la salvación en su obra redentora. En razón de su divinidad, es el único sujeto de la acción salvífica divina, pero en su naturaleza humana, que recibió de su Madre María, es el medio creado asumido por Dios por el cual los hombres son conducidos a la unidad con Dios. Por ello, Cristo es, en la unión hipostática, «principaliter et effective» el único y perfecto mediador entre los hombres y Dios. Pero dado que su humanidad es el medio permanentemente sostenido por el Logos, aquellos que, por su gracia, han llegado a ser miembros de su cuerpo, pueden convertirse en «cooperatores» en la unión de los hombres con Dios, aunque solo «dispositive et ministerialiter». No complementan la mediación de Cristo, sino que la hacen presente en la dimensión histórica y social de la vida de la Iglesia (cf. S. th. III q. 26).
Si, según la comprensión escolástica, el fundamento jurídico de la eficacia de las súplicas dirigidas a los santos reside en sus méritos, hay que añadir que los méritos de los santos no provocan en primer lugar la gracia y la ayuda de Dios para los suplicantes, sino que, por el contrario, los méritos son únicamente efectos de la gracia, es decir, no son otra cosa que su plena realización en el ejercicio libre del hombre (cf. S. th. I-II q. 114). En su providencia salvífica universal, Dios pudo vincular la distribución de muchos dones a la intercesión de los hermanos, sin poner en cuestión su causalidad total respecto a la gracia de la reconciliación, para que la comunión de todos en la salvación y en el camino hacia ella se hiciera visible (cf. S. th. II-II q.17 a.4; S.c. g. III, cap. 117). En el orden universal de la gracia, Dios presupone la libre aceptación por parte de la criatura, porque sin la libre entrega la gracia no sería ella misma, es decir, causa, medio y contenido de la unión de Dios con la criatura en forma de amor personal y dialogal. Por ello, el “sí” de María entra originariamente en la configuración histórica del acontecimiento de la redención. Dado que su consentimiento fue pronunciado en representación de toda la comunidad humana (cf. S. th. III q. 30 a. 1), su solicitud salvífica por nosotros, sostenida por Cristo e implicada en su mediación, tiene el carácter de una mediación dispositiva de intercesión con una dimensión universal que se extiende a todos los hombres.
La mediación actual de la oración no se realiza mediante una intervención siempre nueva de María y de los santos en el cielo, sino que es más bien el efecto permanente del amor, en cuanto su unión con Dios en la vida y su consumación en la muerte han adquirido una actualidad eterna definitiva. Por ello, María, en perfecta conformidad con la voluntad salvífica universal de Dios, quiere ella misma la salvación de la Iglesia peregrina, que ha sido, por así decir, engendrada como cuerpo eclesial de Jesucristo a partir de su “sí” (cf. Suppl., q. 72). Dado que María, como mediadora, recibió la plenitud de las gracias que Dios nos ha concedido en la humanidad de Cristo y las ofreció al mundo en el acontecimiento del nacimiento, de ella pasa, por así decir, toda gracia a la Iglesia (dispensatrix). En virtud de esta singular unión con la Encarnación, María supera a todos los santos y puede ser invocada como mediadora universal de la oración de todos los miembros de la Iglesia hacia la Cabeza, así como, en sentido inverso, actúa en la comunicación de la gracia desde la Cabeza a los miembros del cuerpo de Cristo —aunque en el sentido de una mediación receptiva, instrumental y dispositiva (cf. S. th. III q. 27 a. 5 ad 1).
La posición universal de María como mediadora de las gracias actuales es expresada por los teólogos mediante diversas imágenes. Buenaventura entiende a María como puerta del cielo (Comment. in Luc 1,70; 2,37: Op. Omnia 7,27; 52). Interpretando la imagen del cuerpo místico, se presenta a María (aunque con una comparación algo desafortunada) como el cuello entre Cristo como cabeza y los fieles como cuerpo (Jacobo de la Vorágine, Bernardino de Siena). A pesar de lo discutible de esta imagen, el contenido al que apunta ha pasado en gran medida a ser patrimonio común de la teología (Gabriel Biel, Roberto Belarmino, Dionisio Petavio, Francisco Suárez, Jacques-Bénigne Bossuet). Finalmente, este pensamiento también ha sido recogido en encíclicas papales (León XIII, enc. Jucunda semper, 1894; Pío X, enc. Ad diem illum, 1904; Benedicto XV introdujo la misa y el oficio de María Mediadora de las gracias). Sin embargo, el uso de esta idea en textos del magisterio no significa una dogmatización del título de Mediatrix, ni mucho menos en el sentido de la corredención. Para la teología anterior al Concilio Vaticano II se planteaba la alternativa entre una visión más cristotípica (María del lado de Cristo, la Cabeza, frente a la Iglesia) o una más eclesiotípica (María como miembro eminente de la Iglesia, orando junto a Cristo, la Cabeza). En el capítulo 8 de la constitución sobre la Iglesia, el Concilio intenta situar el papel de María histórica y actualmente en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Se evita el título equívoco «corredentora», que en sí solo pretende expresar la actividad universal de María como mediadora. El Concilio confiesa, más allá de su función en la Encarnación y en la vida del Jesús histórico, la maternidad de María para la Iglesia, que perdura en la economía histórica y eclesial de la gracia. Dado que está íntimamente unida a Cristo (en virtud de su plena redención en la asunción corporal al cielo), cuida mediante su intercesión de la Iglesia peregrina, que puede invocarla bajo los títulos de «abogada, auxiliadora, socorro, mediadora» (LG 62). Sin embargo, esto no debe afirmarse de modo unívoco respecto a la mediación. La mediación total de Cristo no necesita complemento alguno, pero incluye en sí misma una participación analógica en ella (por ejemplo, en el sacerdocio de los fieles o de los ministros ordenados), de modo que las mediaciones interpersonales no constituyen un añadido a la mediación de Cristo, sino sus efectos en el plano del ser-con personal de los miembros del cuerpo de Cristo. En este sentido, a María le corresponde una función subordinada, para que, mediante su cooperación —que brota de la fuente de la mediación de Cristo— los fieles se unan más profundamente a Él. La estrechísima unión de María con la persona y la obra de Jesucristo implica que supera la intercesión actual de todos los santos y, en este sentido, puede ser llamada madre de todos los creyentes, que en su camino hacia la plenitud reconocen en ella el modelo de la unión del hombre con Dios en la fe, la esperanza y la caridad (LG 65).
Cuestiones ecuménicas: La crítica a la invocación de los santos y la idea de la mediación universal actual de María constituye la objeción principal, formulada con extrema dureza por la Reforma, contra la mariología y la hagiología católicas. María como mediadora parece contradecir frontalmente el principio reformado de la causalidad única de Dios (solus Deus), de la única mediación de la gracia justificadora por Jesucristo (solus Christus) y de la única apropiación de la gracia por la fe sin cooperación meritoria de la criatura (sola gratia). «Invocar» significa poner la confianza de salvación únicamente en Dios y esperar de Él la reconciliación, que tiene su fundamento solo en la misericordia divina y no en una acción provocada por nuestros méritos o los de los santos. Por eso —según Lutero— se convierte a María en un ídolo (WA 30/11 348) cuando se imagina a Cristo como un juez severo ante el cual se debe huir hacia María, considerada más benigna, para que, como intercesora, lo haga propicio y calme su ira, preservándonos así en el juicio de Dios (WA 30/11 312; Apología de la Confesión 21: BSLK 239; 319). Detrás de esta crítica está la idea de una cadena de instancias, como si se llegara a Cristo por medio de María y al Padre por medio de Cristo, recurriendo primero a María como más cercana humanamente y capaz de ejercer mayor influencia sobre su Hijo. El punto decisivo es la supuesta supresión de la relación inmediata del alma con Dios mediante una jerarquía mediadora de muchos santos. La teología polémica católica, antes y después del Concilio de Trento, rechazó estas objeciones como un malentendido y trató de demostrar su consonancia con la tradición patrística y escolástica. Probablemente, tanto la crítica reformada a la práctica tardomedieval como la defensa católica parten de premisas comunes y solo sacan conclusiones opuestas. Para un diálogo actual, es necesario situar la doctrina de la mediación de María y de los santos no tanto en la cristología o la soteriología, sino en la eclesiología. Se trata de la estructura de la relación Dios-hombre y de la mediación histórica y eclesial del acontecimiento de Cristo. El perdón de Dios en Cristo no es solo una declaración, sino un encuentro real en la historia. Dios es la causa total de la salvación, pero de modo que la libertad humana, mediante la autocomunicación divina, llega a su realización en una relación personal y dialogal con Dios. Por ello, la recepción humana de la gracia forma parte de la configuración histórica del misterio de la salvación. El “sí” libre de María es, por tanto, consecuencia y expresión de la autocomunicación de Dios como verdad y gracia. En este sentido —y solo en este— María puede ser llamada con razón «mediadora de la gracia», en cuanto expresa su solidaridad con la salvación de todos los hombres. En la vida concreta del creyente, esta mediación puede vivirse con distinta intensidad. Los dogmas marianos forman parte del credo de la Iglesia, y la liturgia celebra sus fiestas, pero siempre con orientación doxológica hacia la acción salvífica de Dios en Cristo. La devoción a María no añade nada desde fuera a la mediación de Cristo, sino que procede de ella y está sostenida por ella. En la medida en que esta mediación presupone el “sí” libre de María, también la veneración se dirige a ella. Así lo expresa el Magnificat: todas las generaciones la llamarán bienaventurada. Del mismo modo, Isabel la proclama «madre de mi Señor» (Lc 1,42 ss.). La mediación de María, al servicio de la de su Hijo, no puede ser negada en principio, aunque en la vida personal puede ocupar un lugar más o menos destacado; sin embargo, la experiencia de la Iglesia muestra que su acentuación favorece y fecunda la piedad cristocéntrica. G. L. cardenal Müller (enero de 2024)
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Versión revisada del artículo «Mediadora de la gracia. I. Teología católica» de G. L. Müller, ML vol. IV (1992) pp. 487-493; con bibliografía más reciente. Publicado en Marienlexikon y en Infovaticana con el permiso de su autor.