«Había estado mucho con Ella… hasta consolarla»

Por: Mons. Alberto José González Chaves

«Había estado mucho con Ella… hasta consolarla»

Ciertos silencios del Evangelio no son ausencia sino plenitud contenida; espacios donde la Revelación callada invita al alma a adentrarse con fe y amor. Quizá el más delicado de todos es el de la mañana de Pascua en relación con la Santísima Virgen. Si nada nos dicen los Evangelios de un encuentro entre Cristo resucitado y su Madre, la Iglesia orante, los santos, han visto ahí un momento de inefable densidad.

En una de sus Cuentas de conciencia, escrita en Salamanca en 1571, escribe Teresa de Jesús: «Díjome [Cristo] que, en resucitando había visto a Nuestra Señora, porque estaba ya en gran necesidad; y que había estado mucho con Ella, porque había sido menester, hasta consolarla». No es una licencia imaginativa de Teresa, tan recia en discernir, tan enemiga de «devociones a bobas». Su experiencia interior respira verdad y no es algo aislado. La Vita Christi de Ludolfo de Sajonia, tan leída en el siglo XVI, ya sugería ese encuentro. Y, con su piedad sobria y contemplativa, en sus Ejercicios Espirituales San Ignacio de Loyola invita explícitamente al ejercitante a considerar cómo Cristo, resucitado, se aparece primero a su Madre. No como una afirmación histórica que pretenda suplir al Evangelio, sino como una clave de contemplación profundamente teológica. No es una cuestión de curiosidad, sino de lógica del amor: si la Pasión tuvo en María su participación más pura —estar de pie junto a la cruz cuando todo parecía derrumbarse—, ¿cómo no pensar que la luz de Resurrección, que es la victoria del Amor, tuvo en Ella su primer reverbero? Donde el dolor fue más hondo, debía llegar antes la consolación; donde la fe fue más desnuda, debía florecer primero la luz.

Teresa lo dice con expresión tiernamente humana: “porque estaba ya en gran necesidad”. La Virgen no duda, no desespera ni se rebela cuando Su Corazón, atravesado por la espada, desciende hasta el límite del sufrimiento redentor. Y Su Hijo, en resucitando, cumple con la Señora del Mayor Dolor el oficio más íntimo de Su victoria: “había estado mucho con Ella… hasta consolarla”.

Porque la Resurrección no es sólo un hecho que inaugura un orden nuevo; es también un acto de amor que restaura y consuela. Como enseña San Ignacio de Loyola, en Cristo resucitado hemos de mirar «el oficio de consolar que trae». Y ese consuelo, que luego se derramará sobre los discípulos, sobre la Iglesia naciente y sobre todos los tiempos, tiene su primer vas honorabilis et insignis devotionis en el Corazón Purísimo de su Madre.

Hay aquí una profunda conveniencia teológica: María, asociada de modo único a la obra redentora, participa también de modo singular en sus frutos. Si fue corredentora por Su fiat y en cuanto unida íntimamente al sacrificio del Hijo, lo es también, de algún modo, en el orden de la consolación: la primera en recibir la alegría pascual, en gustar la vida nueva que brota del sepulcro vacío. Es, según la llama una cofradía jerezana que la procesiona con un ángel que la mira y la consuela como queriendo secar sus lágrimas, «Nuestra Señora de la Confortación».

Y así, la mañana de Pascua, que tantas veces contemplamos desde la sorpresa de las mujeres o desde la incredulidad de los apóstoles, adquiere una profundidad nueva cuando la miramos desde María. Antes de las carreras hacia el sepulcro, antes de las dudas y de los anuncios, hay un encuentro silencioso, sin testigos humanos, donde la historia de la salvación se recoge en un diálogo de amor entre un Hijo y su Madre.

Cristo vive para consolar, para restaurar lo que el dolor había llevado hasta su extremo, para cumplir las promesas de Su Amor eterno. Por eso, este día de la Resurrección nos pide volver los ojos a María y permanecer junto a su Corazón, Domus aurea et fœderis Arca donde Cristo consuela primero, donde aprende la Iglesia a recibir su gozo, donde el Amor se manifiesta sin palabras. Entonces, con María, el alma entiende que la Pascua no es sólo victoria sobre la muerte, sino también triunfo delicioso de la ternura divina.

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