La reciente Semana Santa nos dejó el recuerdo de algunas tradiciones litúrgicas que, aunque durante siglos fueron habituales en la Iglesia, hoy se conservan en muy pocos lugares. Entre ellas destaca la proclamación cantada de la Pasión de Cristo, una de las prácticas más antiguas y solemnes del Viernes Santo, que aún pervive en contados templos como la Catedral de Sevilla.
Según explicó la Archidiócesis de Sevilla, esta práctica —reservada a la celebración de la Pasión del Señor— no solo posee un profundo valor religioso, sino que constituye también un patrimonio histórico y musical de gran riqueza. El antiguo maestro de capilla de la Catedral de Sevilla, Herminio González Barrionuevo, analizó esta tradición y propuso mejoras para recuperar una interpretación más fiel y expresiva del texto sagrado, en línea con el estudio técnico que ha dedicado al canto de la Pasión 0.
Una tradición con siglos de historia
El canto de la Pasión hunde sus raíces en la Edad Media. Antes de la unificación litúrgica impulsada por Roma, en España coexistían distintos modos de interpretación, entre ellos el tono romano y el hispánico. A nivel local, se desarrollaron variantes propias como la tradición aragonesa, documentada desde el siglo XIII, y la castellano-toledana, surgida en el siglo XV.
En la Catedral de Sevilla, esta última tradición se consolidó a partir del siglo XVI, aplicándose a las partes del cronista y de Cristo. Las intervenciones del pueblo —las llamadas turbas— se interpretaban en polifonía, con composiciones del maestro Francisco Guerrero conservadas en el archivo musical catedralicio. Esta práctica perduró durante siglos, al menos hasta el siglo XIX.
De la voz única al desarrollo coral
En sus orígenes, la Pasión era cantada por un solo diácono, según recogen los antiguos textos litúrgicos. Sin embargo, ya en el siglo IX aparecen indicaciones precisas para diferenciar las voces de los distintos personajes mediante variaciones de tono, ritmo e intensidad.
Con el paso del tiempo, especialmente entre los siglos XIV y XV, se generalizó la interpretación a tres voces: una para Cristo, otra para el narrador y una tercera para los demás interlocutores. Posteriormente, se incorporaron las intervenciones del coro para representar al pueblo, enriqueciendo la dimensión dramática y litúrgica del canto.
El sentido del canto: servir a la palabra
Desde el punto de vista musical, el llamado tonus passionis pertenece al repertorio gregoriano y se caracteriza por su forma recitada. No busca el lucimiento melódico, sino la proclamación clara y solemne del texto sagrado.
Tal como subraya González Barrionuevo, este tipo de canto no pretende embellecer superficialmente el texto, sino amplificarlo, darle cuerpo y facilitar su comprensión. La cantilación, situada entre la declamación y el canto, permite que la palabra alcance mayor fuerza expresiva y sea percibida con mayor profundidad por los fieles 1.
En este sentido, la tradición litúrgica ha insistido siempre en que la música no es un fin en sí misma, sino un instrumento al servicio de la palabra, que es la verdadera protagonista de la celebración.
Cambios tras el Concilio y pérdida de la práctica
La reforma litúrgica posterior al Concilio Vaticano II introdujo el uso de las lenguas vernáculas, lo que también afectó al canto de la Pasión. Sin embargo, lejos de fortalecer su práctica, en muchos lugares esta adaptación contribuyó a su progresiva desaparición.
Hoy son pocos los templos en España donde se mantiene esta tradición, incluso en lengua española. En la Catedral de Sevilla, sin embargo, se ha conservado la proclamación cantada de la Pasión según San Juan, utilizando una adaptación melódica basada en el modelo latino tradicional.
No obstante, el propio González Barrionuevo advierte que algunas de estas versiones presentan deficiencias técnicas, especialmente en la relación entre texto y melodía, lo que hace necesaria una revisión que respete las leyes propias de la cantilación litúrgica.
Un patrimonio que reclama ser recuperado
Los estudios del maestro de capilla insisten en la importancia de conservar esta tradición, no solo como legado histórico, sino como expresión viva de la liturgia. El canto de la Pasión volvió a poner de relieve durante el Viernes Santo que la música litúrgica nació para servir a la palabra y para hacer resonar con mayor profundidad el núcleo central de la fe cristiana.
Su progresiva desaparición en muchos templos refleja una pérdida más amplia del sentido de la liturgia y de su riqueza tradicional. Recuperar esta práctica no es solo una cuestión estética o musical, sino una necesidad para restituir a la celebración su profundidad, su dignidad y su capacidad de transmitir íntegramente el misterio de la Pasión de Cristo.