San Juan Pablo II, Sacerdote

San Juan Pablo II, Sacerdote
John Paul II with Dominican friars [source: St. John Paul II Society]

Por Stephen P. White

A partir de 1979, el Papa Juan Pablo II adoptó la costumbre de escribir una carta anual a los sacerdotes que se publicaba el Jueves Santo, o justo antes. Estas cartas permitieron a Juan Pablo II un cauce para la meditación constante sobre la naturaleza del sacerdocio. Leídas en conjunto, ofrecen un relato detallado de su comprensión del presbiterado y, por tanto, necesariamente, tanto de sí mismo como del Señor.

El tono de estas cartas fue siempre fraterno. No escribía como un superior que se dirige a sus subordinados, sino como un sacerdote que escribe a otros sacerdotes sobre preocupaciones, esperanzas, temores y alegrías comunes. Eran cartas entre hermanos.

Como él mismo expresó en su primera carta: «Pienso continuamente en vosotros, rezo por vosotros, busco con vosotros los caminos de la unión espiritual y de la colaboración, porque en virtud del sacramento del Orden, que yo también recibí de manos de mi Obispo… vosotros sois mis hermanos». Continuó, parafraseando a san Agustín: «Quiero deciros hoy: “Para vosotros soy Obispo, con vosotros soy Sacerdote”».

El Jueves Santo, por supuesto, es una ocasión natural para reflexionar sobre la naturaleza del sacerdocio ministerial, al ser el día en que Cristo mismo instituyó tanto la Eucaristía como el orden del sacerdocio que brota de esa misma realidad y la sirve.

Y, como es de esperar, escribir al mismo público cada año en la misma ocasión, dentro del mismo marco litúrgico, conlleva cierta repetición temática. Pero leer estas cartas en su conjunto nos permite ver, precisamente en esa repetición, lo que el Papa Juan Pablo II consideraba más importante compartir con sus hermanos sacerdotes.

En su primera carta, en 1979, Juan Pablo escribió sobre la importancia de la perseverancia sacerdotal, no solo como una cuestión de fidelidad personal, sino como ejemplo y testimonio para aquellos cuya vocación les lleva por un camino sacramental diferente:

[N]uestros hermanos y hermanas, unidos por el vínculo matrimonial, tienen el derecho de esperar de nosotros, sacerdotes y pastores, el buen ejemplo y el testimonio de la fidelidad a la propia vocación hasta la muerte, fidelidad a la vocación que nosotros elegimos mediante el sacramento del Orden, como ellos la eligen a través del sacramento del Matrimonio. (Énfasis en el original)

Este tema de la perseverancia y la fidelidad surge una y otra vez en las cartas del Jueves Santo. Cuando uno recuerda que decenas de miles de hombres abandonaron voluntariamente el sacerdocio en la década posterior al Concilio Vaticano II (y el consiguiente colapso de las tasas de matrimonio católico en la mayor parte de Occidente), las palabras del Papa Juan Pablo II adquieren una relevancia mayor.

Durante el Gran Jubileo del año 2000, el Papa Juan Pablo II escribió su carta del Jueves Santo desde el Cenáculo, el Piso Alto, en Jerusalén. Esta carta es especialmente conmovedora, tanto por el lugar desde donde fue enviada —el espacio físico con todos sus recordatorios tangibles de los acontecimientos históricos que conmemoramos en este tiempo— como por su sentido de la insuficiencia humana de los hombres a quienes Dios llama a ser sacerdotes:

Muchas veces la fragilidad humana de los sacerdotes ha hecho difícil ver en ellos el rostro de Cristo. ¿Por qué debería esto asombrarnos aquí, en el Cenáculo? Aquí no solo llegó a su clímax la traición de Judas, sino que el mismo Pedro tuvo que enfrentarse a su debilidad al escuchar la amarga predicción de su negación. Al elegir a hombres como los Doce, Cristo ciertamente no se hacía ilusiones: fue sobre esta debilidad humana donde puso el sello sacramental de su presencia. Y Pablo nos muestra por qué: «Llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria viene de Dios y no de nosotros». (2 Corintios 4, 7)

La fragilidad de los hombres no fue un obstáculo para la visión del sacerdocio del Papa Juan Pablo II; fue un punto de entrada al misterio del propio sacerdocio de Cristo. El Verbo Encarnado lava los pies de los pecadores. Entrega su vida en servicio y sacrificio. Y nos invita a todos —y a sus sacerdotes de una manera única— a hacer lo mismo.

Grande es, en verdad, el misterio del que hemos sido constituidos ministros. Misterio de un amor sin límites, porque «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1); misterio de unidad, que desde la fuente de la vida trinitaria se derrama sobre nosotros para hacernos «uno» en el don del Espíritu (cf. Jn 17); misterio de la diakonia divina que impulsa al Verbo hecho carne a lavar los pies de su creación, mostrando así que el servicio es la vía regia en todas las relaciones auténticas entre las personas: «También vosotros debéis hacer como yo he hecho con vosotros». (Juan 13, 15)

Esa línea particular del Evangelio de Juan —«Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, Jesús los amó hasta el extremo»— conmovió profundamente a Juan Pablo II, quien volvió a ella repetidamente en sus cartas del Jueves Santo. De hecho, su última carta a los sacerdotes, escrita desde el Hospital Gemelli apenas unas semanas antes de su muerte, comienza precisamente con ese pasaje.

Jesús los amó hasta el extremo. Así también, el buen sacerdote ama a quienes le han sido confiados. Juan Pablo II comprendió esto. Es más, lo vivió. Y por haber recibido la gracia de entregar su vida por quienes le fueron encomendados, se sintió lleno de una gratitud inmensa. Lo que Cristo le dio, él fue capaz de darlo a su vez.

Las cartas del Jueves Santo del Papa Juan Pablo II a los sacerdotes son un testimonio extraordinario de un sacerdocio bien vivido. Un santo es alguien que vive de tal manera que Cristo brilla a través de él; un santo es transparente a Cristo. San Juan Pablo II fue transparente a la belleza y al misterio del sacerdocio: un gran sacerdote, modelo del Gran Sumo Sacerdote.

Sobre el autor

Stephen P. White es director ejecutivo del Santuario Nacional San Juan Pablo II y miembro de Estudios Católicos en el Ethics and Public Policy Center.

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