Tras las restricciones impuestas por Israel al acceso a la Basílica del Santo Sepulcro —que provocaron críticas internacionales—, las celebraciones del Triduo Pascual en Jerusalén se han desarrollado este año con la presencia de un grupo muy reducido de fieles y difundidas por streaming. En ese contexto excepcional, el cardenal Pierbattista Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén, centró su homilía del Jueves Santo en una advertencia directa: sin aceptar el modo de amar de Cristo —un amor que se abaja y sirve— no hay comunión con Él.
Un Santo Sepulcro cerrado en medio del conflicto
La liturgia se celebró en el lugar mismo donde Cristo venció a la muerte, pero con una imagen inusual: acceso restringido, puertas prácticamente cerradas y una comunidad reunida en medio de la tensión que atraviesa Tierra Santa.
“Estamos aquí como en un seno de paz, mientras alrededor el mundo se desgarra”, afirmó el Patriarca al inicio de su homilía, describiendo con claridad la fractura entre el interior de la basílica y el contexto de guerra que la rodea.
Cristo no huye: se abaja
El núcleo de la predicación giró en torno al lavatorio de los pies, que Pizzaballa presentó no como un simple gesto ejemplar, sino como la forma concreta de la Pascua de Cristo.
Recordando el paralelismo con el libro del Éxodo, explicó que “ceñirse” la cintura es el gesto de quien se prepara para partir. Sin embargo, en Jesús ese gesto adquiere un sentido radicalmente distinto: no se ciñe para irse, sino para arrodillarse.
“Jesús transforma el gesto de quien parte en el gesto de quien sirve”, subrayó. El verdadero éxodo, en la lógica de Dios, no consiste en escapar del mundo, sino en entrar en él hasta el extremo, incluso asumiendo la condición de siervo.
El rechazo de Pedro: no aceptar un Dios que se humilla
La reacción de Pedro ocupa un lugar central en la homilía. Su negativa —“no me lavarás los pies jamás”— no es solo incomodidad, sino rechazo ante un amor que se abaja.
La respuesta de Cristo es tajante: “Si no te lavo, no tendrás parte conmigo”. Para el Patriarca, aquí se encuentra el punto decisivo: no basta con seguir a Jesús o admirarlo; es necesario aceptar su modo de amar.
“No hay comunión sin dejarse servir”, insistió.
Eucaristía y servicio: inseparables
Pizzaballa recordó que la Eucaristía y el lavatorio de los pies no son dos realidades distintas, sino dos expresiones del mismo misterio. El cuerpo que se entrega en el altar es el mismo que se inclina ante los discípulos.
Separar la adoración del servicio supone vaciar de contenido ambas realidades. Por eso, la liturgia no se limita a ser contemplada: exige una respuesta concreta en la vida.
Una Iglesia pequeña, llamada a no defenderse
El Patriarca aplicó este mensaje a la situación de la Iglesia en Tierra Santa: una comunidad reducida, fatigada y constantemente puesta a prueba.
“No somos una Iglesia fuerte ni numerosa”, reconoció, pero dejó claro que la clave no está en la fuerza, sino en “tener parte con Cristo”.
Esto implica renunciar a la tentación de protegerse y aceptar compartir su humillación, permaneciendo fieles en medio de la fragilidad y sin pretender dominar la historia.
La pregunta que nos alcanza
La homilía concluyó con una interpelación directa que también nos afecta a nosotros: si estamos dispuestos a aceptar un amor que se abaja, que toca nuestras heridas y que no se guarda nada.
“Solo quien se ha dejado lavar puede aprender a lavar”, recordó el Patriarca.
En una basílica casi vacía y en una Tierra Santa marcada por la guerra, el mensaje del Jueves Santo adquiere una claridad particular: el cristiano no está llamado a imponerse, sino a permanecer junto a Cristo en su modo de amar, incluso cuando ese camino pasa por la humillación y el servicio.