La figura del cardenal József Mindszenty resume, con una claridad incómoda, la tragedia de la Iglesia católica en la segunda mitad del siglo XX. No por lo que fue, sino por lo que se hizo con él.
Primado de Hungría, encarcelado, torturado, sometido a un juicio farsa por el régimen comunista en 1949, Mindszenty se convirtió en un símbolo vivo de resistencia. No negoció. No cedió. No matizó. Representaba una Iglesia que prefería la persecución antes que la componenda. Cuando fue liberado durante la revolución de 1956, tuvo que refugiarse en la embajada de Estados Unidos en Budapest, donde permanecería quince años, como un testigo incómodo que el mundo no sabía dónde colocar.
Y entonces llegó Roma.
No la Roma de los mártires, sino la de la diplomacia. La de la llamada Ostpolitik vaticana, impulsada por el cardenal Agostino Casaroli bajo el pontificado de Pablo VI. El objetivo era claro: alcanzar acuerdos con los regímenes comunistas para garantizar una mínima supervivencia institucional de la Iglesia tras el Telón de Acero. El método también: concesiones, silencios, gestos calculados.
Mindszenty no encajaba en ese esquema.
En 1971, el Vaticano le presionó para abandonar la embajada. En 1974, Pablo VI lo declaró depuesto como arzobispo de Esztergom, pese a que el cardenal nunca renunció voluntariamente. El hombre que había soportado la cárcel y la humillación por fidelidad a la Iglesia era apartado por la propia Iglesia en nombre de una estrategia diplomática. No fue una interpretación: fue un hecho.
La imagen es difícil de eludir. Un confesor de la fe, reducido a obstáculo. Un símbolo de resistencia, convertido en problema político. La lógica del martirio sustituida por la lógica del equilibrio.
Décadas después, la paradoja se vuelve aún más aguda. Mindszenty no es santo ni beato. Su causa avanza lentamente, como si su figura siguiera siendo incómoda. En cambio, Pablo VI, el Papa que ejecutó aquella política y tomó la decisión de apartarlo, fue canonizado en 2018.
No se trata de juzgar intenciones internas ni de negar la complejidad del contexto. Se trata de constatar un hecho que incomoda: la Iglesia que elevó a los altares a quien practicó la realpolitik con el comunismo aún no ha elevado a los altares a quien se negó a ceder ante él.
Ese contraste no es anecdótico. Es un síntoma.
Después del Concilio Vaticano II, la Iglesia se encontró ante una disyuntiva que no siempre supo resolver: mantener la radicalidad del testimonio o adaptarse a las condiciones del mundo moderno para sobrevivir. Mindszenty representa la primera opción en su forma más pura. Casaroli y Pablo VI, la segunda en su forma más eficaz.
El problema no es que existieran ambas líneas. El problema es cuál terminó imponiéndose en la práctica y qué precio se pagó por ello.
Porque cuando una Iglesia empieza a considerar excesivo el testimonio de sus propios confesores de la fe, algo esencial se ha desplazado. Y cuando ese mismo sistema eleva a los altares a quienes optaron por la negociación, el mensaje que se transmite —querido o no— es inequívoco.
Mindszenty sigue esperando. Y su espera no es solo la de una causa de beatificación. Es la de una pregunta que sigue sin respuesta clara: qué modelo de fidelidad quiere realmente la Iglesia honrar.