En la liturgia del Jueves Santo cae sobre el alma como un tabaleo la exhortación de San Pablo a los corintios. Al volver a entrar la Iglesia en el Cenáculo, el tono del Apóstol no es de pietismo melifluo, de chanzoneta guitarrera y afeminada no apta para mayores, sino de vergüenza torera en la suerte de matar: «Convenientibus vobis in unum, iam non est Dominicam coenam manducare». Os reunís, sí, pero ya no es comer la Cena del Señor. Tremenda, cotidiana y absurda posibilidad: estar externamente en la Iglesia, participar en el rito, y no vivir realmente el misterio. Tener el pan en las manos… y no recibir el Pan.
Saulo describe una comunidad dividida, superficial, donde cada uno va a lo suyo: unos tienen de sobra, otros pasan necesidad; unos se sacian, otros quedan olvidados. Y entonces lanza una pregunta como un dardo enherbolado: «Ecclesiam Dei contemnitis?» ¿Despreciáis la Iglesia de Dios? Porque la Eucaristía no es un acto individual: es el sacramento de la unidad; no se puede recibir el Cuerpo de Cristo despreciando su Cuerpo que es la Iglesia.
Y tras esta sacudida, el Apóstol da la clave del Jueves Santo: «Ego enim accepi a Domino quod et tradidi vobis…». Y transmite, palabra por palabra, el gesto de Cristo en la noche en que iba a ser entregado: «Hoc est corpus meum, quod pro vobis tradetur… Hic calix novum Testamentum est in meo sanguine…». El Pan que se parte, el Cáliz que se ofrece, son la entrega que se anticipa sacramentalmente antes de consumarse en la Cruz: la Cena y el Calvario son un único misterio.
Y precisamente por eso Pablo introduce una advertencia seria, extremadamente seria, donde la liturgia quiere que nos detengamos, con temor sagrado: «Qui enim manducat et bibit indigne, iudicium sibi manducat et bibit: non diiudicans corpus Domini». El que come y bebe indignamente, come y bebe su propia condenación, por no discernir el Cuerpo del Señor.
No se trata sólo de “no estar bien dispuesto” en un sentido vago; se trata de no reconocer, de no discernir, de no darse cuenta de que ese Pan es verdaderamente el Cuerpo de Cristo. Y no sólo de reconocerlo con la inteligencia, sino de vivir en consecuencia. Porque “discernir el Cuerpo” significa también reconocerlo en la Iglesia, en los hermanos, en la propia vida. Significa no separar lo que Dios ha unido: el Sacramento y la caridad, la adoración y la vida, el altar y la existencia concreta.
Y eso tiene consecuencias estremecedoras: «Ideo inter vos multi infirmi et imbecilles, et dormiunt multi». Por eso hay entre vosotros muchos enfermos y débiles, y muchos mueren. La falta de reverencia ante la Eucaristía, la comunión recibida sin fe viva, sin conversión, sin amor, no es algo neutro: debilita el alma, la enferma, la adormece. Introduce una especie de anemia espiritual que termina por apagar la vida de gracia.
¡Qué dolorosamente actual es esto! Cuántas veces se banaliza la Sagrada Comunión, cuántas se recibe sin preparación, sin estar en gracia de Dios, sin confesión frecuente y contrita, sin silencio interior, sin vestido adecuado, sin conciencia de lo que se hace, tocando sin un ápice de reverencia las especies sacramentales tras una extraña procesión distraída y frívola… Entonces el alma se enferma y se imbeciliza; o sea, se enfría, se debilita, languidece y se vuelve —lo contrario de lo que parece hacer— incapaz de Dios.
Y, en fin, «dormiunt multi». Si lo leemos literalmente: hay demasiados católicos de la Iglesia durmiente, como decía Pío XII. Si traducimos del original griego: “muchos mueren”… ¡por comulgar! Lo advirtió también el Aquinate en su Secuencia del Corpus Christi: «Sumunt boni, sumunt mali: sorte tamen inæquali, vitæ vel intéritus. Mors est malis, vita bonis: vide paris sumptiónis quam sit dispar exitus». Lo reciben los buenos y los malos, mas con desigual fruto: muerte para los malos y vida para los buenos.
Por eso este Pan de los hijos «non mittendus canibus»: no debe darse a los perros. Y por eso el Apóstol da una receta de vida o muerte: «Probet autem seipsum homo». Examínese el hombre a sí mismo. No para apartarse, sino para acercarse bien; no para huir del Sacramento, sino para disponerse a recibirlo con verdad.
El Jueves Santo, día de la institución de la Eucaristía, llama a una comunión digna, consciente, adorante y transformadora; a recibir el Cuerpo del Señor como lo que es: un don inmenso, un fuego que purifica, una presencia que convierte y renueva. Porque comulgar al Señor es entrar en su Pasión, dejarse afectar por su entrega, reconocerle también en el prójimo.
Junto al altar, silenciosa, adorante, está la Virgen María. Ella, que dio al Verbo su carne, es la primera que comprende lo que significa ese «Hoc est corpus meum». Ella no necesita “discernir” como nosotros: ella sabe, ama, adora. Y nos enseña a comulgar. A no recibir el Pan de vida como algo ordinario, olvidando la advertencia del Apóstol.
A no ser “enfermos, imbéciles o durmientes”: a que nuestra alma no se debilite y se enfríe hasta fallecer, sino que, alimentada por este Sacramento, se fortalezca, se purifique y se encienda. Porque sólo quien discierne el Cuerpo del Señor —en el altar, en la Cruz, en los hermanos, en la Iglesia católica— participa verdaderamente de la Cena… y entra, con Cristo, en el misterio de su entrega.