No son pocos los hogares católicos que han tomado la costumbre de recurrir al cine moderno para conmemorar de algún modo nuestras fiestas religiosas. De esta forma, por ejemplo, en Navidad se reúnen para ver Natividad. La historia (Catherine Hardwicke, 2006), un filme que, sin ser ninguna maravilla, sirve de amable preludio para tales celebraciones; el Viernes Santo, se congregan para revivir ese día con la ya mítica La pasión de Cristo (Mel Gibson, 2004), quizás el mejor acercamiento a la obra de nuestra redención, y en Pascua, a Resucitado (Kevin Reynolds, 2016), que funge como secuela espiritual de aquella. Pero claro, faltaba una cinta que abriese las puertas a los eventos del Jueves Santo. Pues bien, para cubrir ese hueco, ha llegado a nuestras salas La última cena (Mauro Borrelli, 2025).
Para empezar, sorprende que este cineasta, conocido por títulos tan extraños como Los invasores (2017) o Jaula mental (2022), se haya aventurado a abordar una película de esta índole. Sin embargo, él mismo ha respondido a esta cuestión en diversas entrevistas: según defiende, como católico, echaba en falta un largometraje que narrase, precisamente, los acontecimientos previos a la pasión de nuestro Señor; asimismo, asegura que no pretendía mostrar solo una recreación exhaustiva de esa última cena —con este objetivo, recomendamos una olvidada obra española titulada La espina de Dios (Óscar Parra, 2015)—, sino impeler al espectador a preguntarse sobre su propia actitud respecto a Jesús.
Así pues, esta cinta nace, en primer lugar, con una clara vocación reivindicativa (de carácter cinematográfico, claro está), y en segundo lugar, con una enorme responsabilidad catequética.
En cuanto a lo primero, es decir, a su intención de mostrar los aspectos concernientes a la última cena, debemos decir que la película supera las mejores expectativas. Ciertamente, y pese a que no pretenda ser una recreación fiel de la misma, sabe sumergirnos como ninguna otra en esos momentos previos al martirio de nuestro Señor.
De este modo, sin ser prolija, intercala los ritos propios de la cena pascual judía con aquellos que introdujo Jesús a fin de instituir la Eucaristía (atentos a la reacción de los apóstoles cuando, en efecto, descubren que las palabras de aquel sobre el pan y el vino nada tienen que ver con las legadas por Moisés). Esto deviene en un estupendo contexto sacramental que, a partir de esa escena, condiciona el resto del metraje.
En cuanto a su propósito catequético, la cinta aprueba igualmente con nota. Destacan tres figuras que pretenden interpelar al espectador en todo momento: Jesús, san Pedro y Judas Iscariote.
Jesús, por supuesto, es el eje sobre el que pivotan los otros dos, pues su mensaje de amor y entrega incondicional les sirve a estos de intenso revulsivo; pero no solo a ellos, sino, como decimos, también al público, que podrá verse reflejado en las actitudes, o bien del príncipe de los apóstoles, o bien del traidor.
Ojo a esto: la cinta no es en absoluto maniquea, sino que procura señalar objetivamente las dudas y prejuicios de ambos protagonistas, con el firme empeño de mostrar que cada uno de nosotros puede caer en los dos extremos que ellos representan.
Por estos motivos, podemos decir que La última cena es un filme apropiado para ver esta Semana Santa, y en concreto, este Jueves Santo. Eso sí, no espere el espectador encontrarse con una obra de calidad técnica de La pasión de Cristo, pues es infinitamente más modesta (sepa que se trata de un telefilme que ha conseguido llegar a la gran pantalla).
Tampoco intente buscarle tres pies al gato, pues se los encontrará (por ejemplo, la sorprendente ausencia de la Virgen María o la abrupta elipsis que precipita el final). Por el contrario, procure acercarse a ella conforme a las pistas que aquí le hemos proporcionado, y encontrará que se trata de una apuesta valiente, digna de pertenecer a esa videoteca con la que ya muchos hogares católicos conmemoran (cinematográficamente hablando) nuestras fiestas religiosas.