La Misa Crismal como pretexto para cazar curas rebeldes

La Misa Crismal como pretexto para cazar curas rebeldes

Una de las cuestiones más discutidas desde la publicación de Traditionis custodes, promulgado por Francisco el 16 de julio de 2021, es si los obispos pueden utilizar la concelebración de la Misa Crismal en el rito reformado como prueba de comunión para los sacerdotes vinculados al misal de 1962. La respuesta corta es que Roma no dictó una obligación universal redactada en esos términos, pero sí ofreció a los obispos un criterio disciplinario que, en la práctica, ha servido en no pocos lugares como herramienta para detectar resistencias, medir adhesiones y, llegado el caso, retirar permisos.

Las llamadas Responsa ad dubia sobre Traditionis custodes no fueron presentadas públicamente por un cardenal, un grupo de obispos o una conferencia episcopal identificada por su nombre. El propio texto oficial de la Santa Sede dice únicamente que “algunas preguntas” habían llegado “desde varios ámbitos” y “con mayor frecuencia”, y que, tras haberlas examinado e informado al Romano Pontífice, se publicaban las respuestas más recurrentes. Es decir: la Santa Sede no hizo pública la identidad de quienes formularon esas dudas. El documento lleva fecha de 4 de diciembre de 2021, pero fue publicado por la Oficina de Prensa de la Santa Sede el 18 de diciembre de 2021. Más tarde, un rescriptum ex audientia del 20 de febrero de 2023, difundido el 21 de febrero, reforzó todavía más su autoridad práctica al confirmar que las dispensas relativas al uso de iglesias parroquiales y a la erección de parroquias personales quedaban reservadas al Dicasterio para el Culto Divino.

La clave del asunto está en una de esas respuestas. El texto oficial del dicasterio aborda expresamente el caso de los sacerdotes a quienes se concede celebrar con el misal de 1962, pero que según el dicasterio “no reconocen la validez y legitimidad de la concelebración” y por eso se niegan a concelebrar la Misa Crismal con el obispo el Jueves Santo. La respuesta es negativa y añade que, antes de revocar esa concesión, el obispo debe entablar un diálogo fraterno y acompañar al sacerdote hacia una comprensión del valor de la concelebración, “particularmente en la Misa Crismal”. El texto oficial puede leerse en la página del Vaticano: “Responsa ad dubia on certain provisions of the Apostolic Letter Traditionis custodes”. Ahí está, en sustancia, el fundamento que después muchos obispos han esgrimido.

La formulación no es banal. Roma no se limitó a recordar que la Misa Crismal expresa la unidad del presbiterio con el obispo, algo sabido desde hace décadas, sino que vinculó de hecho la negativa a concelebrar con una sospecha más profunda: la eventual no aceptación de la legitimidad de la reforma litúrgica y del magisterio posterior al Concilio. Medios de sensibilidad muy distinta entendieron así el alcance de la respuesta. America Magazine, por ejemplo, resumió entonces que, según el Vaticano, la negativa a concelebrar la Misa Crismal podía llevar a la retirada del permiso para celebrar la liturgia tradicional. Desde una perspectiva canónica más crítica, el vaticanista Edward Pentin recordaría después en el National Catholic Register que, fuera de unos pocos casos previstos por la ley litúrgica, exigir la concelebración afecta a la libertad de los sacerdotes reconocida en el canon 902.

El caso más nítido y mejor documentado en Francia fue el de Dijon. Antes incluso de las Responsa, ya se había producido allí un choque frontal entre el arzobispo Roland Minnerath y la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro. En junio de 2021, CNA/EWTN informó de que los sacerdotes de la fraternidad serían apartados de Fontaine-lès-Dijon tras años de tensiones. El padre Hubert Perrel explicó entonces que el arzobispo quería que concelebraran la Misa Crismal durante la Semana Santa, algo que ellos no hacían desde hacía años por su carisma y su forma de vivir la liturgia. La misma idea reapareció después en el National Catholic Register, que citó de forma directa esa disputa sobre la concelebración crismal como uno de los detonantes del conflicto. No se trataba ya de una discusión teórica sobre rúbricas o sensibilidad litúrgica, sino de una colisión disciplinaria concreta entre un ordinario diocesano y un instituto nacido precisamente al amparo de Ecclesia Dei.

Dijon no fue un episodio aislado ni una simple extravagancia local. En 2024, el mismo National Catholic Register volvió sobre ese antecedente y lo presentó ya como un ejemplo consolidado de la nueva praxis: el arzobispo Minnerath, decía el artículo, expulsó a miembros de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro porque no querían concelebrar misas, “específicamente la Misa Crismal en la forma ordinaria”, y no lo habían hecho durante años. La importancia de este punto reside en que muestra cómo la concelebración de la Misa Crismal ha dejado de ser percibida en ciertos ambientes episcopales como un gesto recomendable para pasar a convertirse, en la práctica, en una frontera disciplinaria entre el sacerdote considerado plenamente alineado y el sacerdote bajo sospecha.

Poco después llegó otro dato decisivo, esta vez desde Roma y con un alcance claramente más general. Tras la audiencia de Francisco con miembros del episcopado francés el 21 de abril de 2022, varios medios recogieron que el Papa había insistido en que todos los sacerdotes aceptaran concelebrar, al menos en la Misa Crismal. La formulación fue atribuida al arzobispo de Reims y presidente de la Conferencia Episcopal Francesa, monseñor Éric de Moulins-Beaufort. Lo recogió, entre otros, Famille Chrétienne, que citó esa insistencia papal como parte del mensaje transmitido a los obispos franceses. Aunque no se trató de un documento normativo con valor legislativo, sí tuvo un efecto evidente: confirmó que la línea romana no veía la cuestión como un detalle secundario, sino como una señal relevante de comunión visible.

La Fraternidad Sacerdotal de San Pedro, por su parte, obtuvo en febrero de 2022 un decreto papal singular que confirmó para sus miembros el uso de los libros litúrgicos de 1962, en sus propias iglesias u oratorios y, fuera de ellos, con consentimiento del ordinario del lugar. El texto puede consultarse en la propia web de la fraternidad: “Decree of Pope Francis confirming the use of the 1962 liturgical books”. Ese decreto fue presentado por la fraternidad como una confirmación de su carisma, pero no resolvió del todo la cuestión de la concelebración. De hecho, precisamente porque el Papa reafirmó su derecho a usar los libros de 1962 sin derogar la arquitectura general de Traditionis custodes, quedó abierta la tensión entre el reconocimiento de una identidad litúrgica propia y la presión episcopal para que esa identidad se manifestara compatible con ciertos gestos del rito reformado, especialmente en el marco diocesano.

Esa tensión ha seguido aflorando. En 2025, el conflicto de Valence volvió a colocar la cuestión en primer plano. El National Catholic Register informó de que el obispo François Durand retiraba a la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro de su apostolado en Valence y Montélimar, y subrayó que uno de los puntos de fricción era la negativa de la FSSP a concelebrar, “incluida la Misa Crismal”. Según esa información, para los responsables diocesanos tal negativa era una señal de falta de comunión eclesial. De nuevo aparece el mismo esquema: la Misa Crismal deja de ser simplemente una gran celebración anual del clero diocesano y pasa a funcionar como prueba visible de adhesión al marco litúrgico y eclesial postconciliar.

Desde el punto de vista estrictamente jurídico, hay que evitar exageraciones. No existe una ley universal que diga, con esa literalidad, que “los sacerdotes de comunidades ex Ecclesia Dei están obligados a concelebrar el Novus Ordo en la Misa Crismal so pena de perder automáticamente sus ministerios”. Eso sería inexacto. Lo que sí existe es algo más complejo y, en cierto sentido, más eficaz: una cadena de textos y decisiones que ha permitido a los obispos interpretar la negativa a concelebrar como indicio de un supuesto problema doctrinal o eclesiológico más hondo. Primero llegó Traditionis custodes; después, las Responsa de diciembre de 2021, con su referencia explícita a la Misa Crismal; más tarde, el refuerzo disciplinario del rescriptum de febrero de 2023. Sobre esa base, varios ordinarios han actuado muy duramente aprovechando el marco para buscar sospechosos.

El debate real, por tanto, no gira sólo en torno a una rúbrica o a la cortesía presbiteral con el obispo. Lo que se está discutiendo es si la comunión eclesial de un sacerdote tradicional puede medirse legítimamente a través de un acto litúrgico que para él no es accidental, sino problemático por razones de conciencia litúrgica, historia de su instituto y comprensión del sacerdocio. Los obispos más restrictivos responden que sí, porque la Misa Crismal expresa sacramentalmente la unidad del presbiterio y porque quien rechaza siquiera ese gesto mínimo se sitúa, de hecho, en una posición eclesial anómala. Los sectores más vinculados a la tradición responden que esa exigencia convierte un signo de comunión en un test ideológico, y que la presión para concelebrar el Novus Ordo precisamente en la Misa Crismal ha terminado operando como un detector de “rebeldes” dentro del clero tradicional.

Eso explica que la expresión no suene desproporcionada para muchos de los afectados. A la vista de los textos romanos y de los casos de Dijon y Valence, puede sostenerse con fundamento que la concelebración de la Misa Crismal ha sido utilizada en determinadas diócesis como piedra de toque para separar a los sacerdotes tradicionales considerados integrables de los considerados renuentes.

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