El Papa León XIV ha presidido este Jueves Santo su primera Misa Crismal como Obispo de Roma, en la Basílica de San Pedro, marcando el inicio inmediato del Triduo Pascual con una homilía de marcado tono programático. Ante el clero romano, el Pontífice ha delineado una concepción de la misión cristiana, centrada en el desprendimiento y el encuentro, en la que habló de «inculturación» y puso como referencias a monseñor Oscar Romero y al cardenal Joseph Bernardin.
En la homilia, León XIV ha advertido contra las desviaciones de la misión cuando se contamina con lógicas de poder o dominio, insistiendo en que el Evangelio sólo puede anunciarse desde la pobreza, el respeto y la comunión. A continuación, el texto completo de la homilía:
Queridos hermanos y hermanas:
Nos encontramos ya en el umbral del Triduo Pascual. Una vez más, el Señor nos llevará a la cumbre de su misión, para que su pasión, muerte y resurrección se conviertan en el corazón de nuestra misión. Lo que estamos a punto de revivir, de hecho, tiene en sí la fuerza de transformar aquello que el orgullo humano tiende generalmente a endurecer: nuestra identidad, nuestro lugar en el mundo. La libertad de Jesús cambia el corazón, sana las heridas, perfuma y hace brillar nuestros rostros, reconcilia y reúne, perdona y resucita.
En este primer año en el que presido la Misa Crismal como Obispo de Roma, deseo reflexionar con ustedes sobre la misión a la que Dios nos consagra como su pueblo. Es la misión cristiana, la misma de Jesús, no otra. En ella participa cada uno según su propia vocación y en una obediencia muy personal a la voz del Espíritu, ¡pero nunca sin los demás, nunca descuidando o rompiendo la comunión! Obispos y presbíteros, al renovar nuestras promesas, estamos al servicio de un pueblo misionero.
Somos, junto con todos los bautizados, el Cuerpo de Cristo, ungidos por su Espíritu de libertad y de consuelo, Espíritu de profecía y de unidad. Lo que Jesús vive en los momentos culminantes de su misión ya se anticipa en el pasaje de Isaías, que Él mismo señaló en la sinagoga de Nazaret como la Palabra que «hoy» se cumple (cf. Lc 4,21). En la hora de la Pascua, de hecho, queda definitivamente claro que Dios consagra para enviar. Él «me envió» (Lc 4,18), dice Jesús, describiendo ese movimiento que une su Cuerpo a los pobres, a los prisioneros, a quienes caminan a tientas en la oscuridad y a quienes se encuentran oprimidos. Y nosotros, miembros de su Cuerpo, llamamos “apostólica” a una Iglesia enviada, no estática, impulsada más allá de sí misma, consagrada a Dios en el servicio a sus criaturas: «Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes» (Jn 20,21).
Sabemos que ser enviados implica, en primer lugar, un desprendimiento, es decir, el riesgo de dejar lo que es familiar y seguro, para adentrarse en lo nuevo. Es interesante que «con el poder del Espíritu» (Lc 4,14), descendido sobre Él después del Bautismo en el Jordán, Jesús regrese a Galilea y vaya «a Nazaret, donde se había criado» (v. 16). Es el lugar que ahora debe abandonar. Se mueve «como de costumbre» (ibíd.), pero para inaugurar un tiempo nuevo. Ahora deberá partir definitivamente de aquel pueblo, para que madure lo que allí ha germinado, sábado tras sábado, en la escucha fiel de la Palabra de Dios.
Del mismo modo, llamará a otros a partir, a arriesgarse, para que ningún lugar se convierta en una celda, ninguna identidad en una guarida. Queridos hermanos, nosotros seguimos a Jesús, quien «no consideró la igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo» (Flp 2,6-7). Toda misión comienza con ese tipo de vaciamiento en el que todo renace. Nuestra dignidad de hijos e hijas de Dios no nos puede ser quitada, ni se puede perder, pero tampoco pueden borrarse los afectos, los lugares y las experiencias que están en el origen de nuestra vida.
Somos herederos de tanto bien y, al mismo tiempo, de los límites de una historia en la que el Evangelio debe llevar luz y salvación, perdón y sanación. Así, la misión comienza por la reconciliación con nuestros orígenes, con los dones y los límites de la formación recibida; al mismo tiempo, no hay paz sin el valor de partir, no hay conciencia sin la audacia del desprendimiento, no hay alegría sin arriesgar.
Somos el Cuerpo de Cristo si nos ponemos en movimiento, saliendo de nosotros mismos, haciendo las paces con el pasado sin quedarnos prisioneros de él: todo se recupera y se multiplica si primero se deja ir, sin miedo. Es un primer secreto de la misión. Y no se experimenta una sola vez, sino en cada nuevo comienzo, en cada ulterior envío.
El camino de Jesús nos revela que la disponibilidad para perder, para vaciarse, no es un fin en sí misma, sino una condición para el encuentro y la intimidad. El amor sólo es verdadero si está desarmado, necesita pocas cosas, ninguna ostentación, y custodia con delicadeza la debilidad y la desnudez. Nos cuesta lanzarnos a una misión tan expuesta, y sin embargo no hay «buena nueva para los pobres» (cf. Lc 4,18) si acudimos a ellos con signos de poder, ni hay auténtica liberación si no nos liberamos de la posesión.
Aquí tocamos un segundo secreto de la misión cristiana. Tras el desprendimiento está la ley del encuentro. Sabemos que, a lo largo de la historia, la misión ha sido no pocas veces trastocada por lógicas de dominio, totalmente ajenas al camino de Jesucristo. San Juan Pablo II tuvo la lucidez y el valor de reconocer que «por el vínculo que une a unos y otros en el Cuerpo místico, y aún sin tener responsabilidad personal ni eludir el juicio de Dios, el único que conoce los corazones, somos portadores del peso de los errores y de las culpas de quienes nos han precedido».
Por consiguiente, es ahora prioritario recordar que ni en el ámbito pastoral, ni en el ámbito social y político, el bien puede provenir de la prepotencia. Los grandes misioneros son testigos de acercamientos cuidadosos, cuyo método consiste en compartir la vida, el servicio desinteresado, la renuncia a cualquier estrategia calculadora, el diálogo y el respeto. Es el camino de la encarnación, que siempre y de nuevo toma la forma de la inculturación. La salvación, de hecho, sólo puede ser acogida por cada uno en su lengua materna.
«¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye en su propia lengua?» (Hch 2,8). La sorpresa de Pentecostés se repite cuando no pretendemos dominar los tiempos de Dios, sino que confiamos en el Espíritu Santo, que está presente también hoy, como en tiempos de Jesús y de los apóstoles, está presente y actuante, llega antes que nosotros, trabaja más y mejor que nosotros; a nosotros no nos corresponde ni sembrarlo ni despertarlo, sino ante todo reconocerlo, acogerlo, seguirlo, abrirle camino e ir tras él.
Para establecer esta sintonía con lo invisible, es necesario llegar con sencillez al lugar al que se nos envía, honrando el misterio que cada persona y cada comunidad lleva consigo: una sacralidad que nos trasciende por todas partes y que se vulnera cuando nos comportamos como dueños de los lugares y de la vida ajena. Somos huéspedes: lo somos como obispos, como sacerdotes, como religiosas y religiosos, como cristianos. De hecho, para acoger debemos aprender a dejarnos acoger.
Incluso los lugares donde la secularización parece más avanzada no son tierra de conquista, ni de reconquista. Nuevas culturas continúan gestándose en estas enormes geografías humanas en las que el cristiano ya no suele ser promotor de sentido, sino que recibe de ellas otros lenguajes, símbolos y paradigmas que ofrecen nuevas orientaciones de vida, frecuentemente en contraste con el Evangelio de Jesús. Es necesario llegar allí donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas, alcanzar con la Palabra de Jesús los núcleos más profundos del alma de las ciudades.
Esto sólo ocurre si en la Iglesia caminamos juntos, si la misión no es una aventura individual, sino el testimonio vivo de un Cuerpo con muchos miembros. Existe además una tercera dimensión, quizá la más radical, de la misión cristiana.
Ya en la violenta reacción de los habitantes de Nazaret ante las palabras de Jesús se manifiesta la posibilidad de la incomprensión y del rechazo. Lo que nos disponemos a celebrar a partir de esta tarde nos compromete a no huir, sino a atravesar la prueba, como Jesús, que continuó su camino incluso cuando fue llevado al borde del precipicio.
La cruz es parte de la misión; el envío se vuelve más amargo y atemorizante, pero también más gratuito y revolucionario. La violencia queda desenmascarada. El Mesías pobre se adentra en la oscuridad de la muerte y así abre una nueva creación.
Podemos atravesar situaciones en las que parece que todo ha terminado. Entonces surge la duda sobre la fecundidad de la misión. Es cierto que también nosotros experimentamos fracasos, pero la esperanza permanece viva en los testigos que nos han precedido.
El Papa recordó el testimonio de san Óscar Arnulfo Romero, que poco antes de morir escribió su confianza en Dios incluso ante el peligro, y el del cardenal Joseph Bernardin, que al final de su vida confesaba haber perdido el miedo gracias a la fe y a la oración.
Los santos hacen la historia. En esta hora, Dios sigue enviando a su Iglesia a llevar el perfume de Cristo allí donde domina el olor de la muerte. Frente a un mundo en conflicto, nace un pueblo nuevo, no de víctimas, sino de testigos.
Renovemos nuestro “sí” a esta misión que exige unidad y que trae la paz. Nosotros anunciamos tu muerte, Señor, proclamamos tu resurrección, en la espera de tu venida.