Torcular calcavi solus

Por: Mons. Alberto José González Chaves

Torcular calcavi solus

Proclamada en la Misa del Miércoles Santo, adquiere fuerza sobrecogedora una visión de Isaías: un personaje mistérico avanza, majestuoso y terrible, con las vestiduras teñidas de rojo, como quien viene de pisar el lagar. Y la pregunta surge espontánea: «Quis est iste?» «¿Quién es éste?» La Iglesia no duda en responder: es Cristo. Pero no el Cristo dulcificado que a veces imaginamos, sino ¡Cristo!, el que entra en Su Pasión con toda la gravedad del Redentor. «Quare rubrum est indumentum tuum?» «¿Por qué están rojas tus vestiduras? ¿Por qué pareces un lagarero?» Y la respuesta es tremenda: «Torcular calcavi solus»: «He pisado el lagar yo solo».

El lagar es el lugar donde la uva es triturada para dar vino. Isaías contempla a alguien que ha sido aplastado, prensado, deshecho… y cuya sangre —porque aquí ya no es sólo vino— ha salpicado sus vestidos. Es una imagen de juicio, sí, pero la liturgia la coloca en estos días para que entendamos algo más profundo: ese lagar es la Pasión. Cristo entra en el lagar del dolor, del abandono, del pecado del mundo. Y lo pisa solo. «De gentibus non est vir mecum»: no hay nadie con Él. Los discípulos huyen, los amigos desaparecen, nadie de esa humanidad por la que Él sufre, Le acompaña en esa hora. El Miércoles Santo es la antesala de la soledad. Judas ya ha decidido, el cerco se estrecha, la noche está a punto de caer sobre el alma del mundo. Y Cristo, sabiendo todo esto, avanza.
Pero un matiz decisivo transforma completamente la escena: ese lagar no es de ira sino de redención. «Annus redemptionis meae venit»: «Ha llegado el tiempo de mi redención». Aquí está el corazón del misterio: Cristo no es aplastado por fuerzas que Le superan; Él mismo entra en el lagar. No es una víctima pasiva; es el Redentor que Se ofrece. La sangre que empapa Sus vestiduras no es sólo signo de castigo, sino precio de rescate. Entonces oímos la música de fondo, como un motete dulcemente eucarístico: el lagar y el cáliz están unidos. El vino que se exprime en el lagar es el mismo que será ofrecido en la Última Cena como Sangre de la nueva alianza. Lo que Isaías ve en una escena terrible, la Iglesia lo contempla, confiesa y adora en la Misa de forma sacramental: Cristo ha sido prensado para convertirse en nuestra bebida de salvación.
Decía San Juan de la Cruz que dos cosas sirven al alma de alas para subir a la unión con Dios: la compasión afectiva de la muerte de Cristo y la de los prójimos. Y añadía que «cuando el alma se detuviere en la compasión de la Cruz y Pasión del Señor, se acuerde de que en ella estuvo Cristo solo obrando nuestra redención, según está escrito: «Torcular calcavi solus» (Is 63, 3); de donde sacará y se le ofrecerán provechosísimas consideraciones y pensamientos». Es decir, no basta mirar la Pasión: hay que detenerse en ella, dejar que nos afecte, entrar en esa soledad de Cristo. Porque sólo así la Cruz deja de ser un hecho externo y se convierte en camino interior, experiencial, de unión con Dios.
Hay otra frase que no podemos pasar por alto: «Circumspexi, et non erat auxiliator»: «Miré, y no había quien ayudase». Dios hecho hombre buscando una mirada, una compañía, un consuelo… y no encontrando a nadie. También nosotros estamos ahí. Porque el drama del Miércoles Santo no es sólo el de Judas, que traiciona; es también el de los que no están, el de los que no velan, el de los que dejan solo a Cristo. Y eso no es sólo historia: es posibilidad siempre actual. Cada vez que nuestra fe se enfría, cada vez que dejamos a Dios en los márgenes de nuestra vida, cada vez que no queremos entrar en su misterio de Cruz, repetimos ese abandono.
Pero Isaías no termina en la oscuridad sino con un acto de memoria agradecida: «Miserationum Domini recordabor». «Recordaré las misericordias del Señor». Éste es el paso que la Iglesia nos invita a dar: contemplar el lagar, sí; no apartar la mirada de la sangre, del dolor, de la soledad de Cristo… pero para descubrir en todo ello la misericordia. No una misericordia de almoneda, que es una caricatura casi blasfema de sí misma, sino una misericordia que cuesta sangre.
En esta contemplación no estamos solos: al pie del lagar de la Cruz está la Virgen Dolorosa. Si Él pisa el lagar solo en la obra de la redención, Ella permanece en la compasión perfecta, unida sin confusión, firme sin ruido, fiel sin desfallecer. Ella no redime, pero acompaña; no sustituye, pero participa con un corazón traspasado que hace suya, de un modo único, la soledad del Hijo.
Este Miércoles Santo, a las puertas del Triduo Sacro, nos pide no dejar solo a Cristo, sino acompañarle en Su lagar, velar con Él, entrar temblando en el misterio de Su Pasión, y hacerlo de la mano de María. Porque sólo quien entra en el lagar con Cristo, y permanece junto a la Madre Corredentora, podrá beber el vino nuevo de la redención.

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