Una súplica filial al Papa: revisar las traducciones litúrgicas para preservar la precisión de la fe

Una súplica filial al Papa: revisar las traducciones litúrgicas para preservar la precisión de la fe

La liturgia de la Iglesia no es un conjunto de textos circunstanciales que puedan adaptarse sin consecuencias. Es la expresión pública de la fe de la Iglesia y, como tal, cada palabra que la compone ha sido cuidadosamente transmitida durante siglos. Cuando se revisa con atención el latín de los textos litúrgicos y se lo compara con algunas traducciones modernas, aparece una realidad que muchos fieles perciben cada vez con mayor claridad: en determinados puntos, la traducción no refleja con exactitud el contenido original.

En las últimas semanas hemos examinado dos ejemplos concretos. El primero aparecía en el Credo niceno-constantinopolitano, donde ciertas traducciones españolas han tendido a debilitar la precisión de expresiones teológicas que los concilios definieron con extremo cuidado. El segundo ejemplo se encontraba en el Canon Romano, la actual Plegaria Eucarística I, donde la estructura latina delimita con precisión la comunión eclesial en torno al Papa, al obispo del lugar y a quienes profesan la fe católica y apostólica, mientras que la traducción española introduce una construcción explicativa que diluye ese matiz.

Estos casos no constituyen una acusación ni una sospecha sobre la intención de quienes realizaron las traducciones. Las traducciones litúrgicas posteriores al Concilio Vaticano II se llevaron a cabo en un contexto pastoral complejo, con el deseo de facilitar la comprensión de los textos y de hacerlos accesibles a los fieles en sus lenguas vernáculas. Sin embargo, la experiencia de las últimas décadas ha mostrado que esa intención pastoral puede entrar en tensión con otro principio igualmente importante: la fidelidad literal al texto litúrgico que la Iglesia ha recibido y transmitido.

Precisamente por esa razón la Santa Sede promulgó en 2001 la instrucción Liturgiam authenticam, que insistía en la necesidad de que las traducciones litúrgicas reprodujeran con la mayor fidelidad posible el contenido doctrinal del latín litúrgico. El documento recordaba que los textos de la liturgia romana no son simples composiciones literarias, sino expresiones de la fe de la Iglesia universal que deben conservar su integridad en cualquier lengua.

A la luz de ese principio, los ejemplos mencionados invitan a una reflexión serena. No se trata de polémicas académicas ni de disputas filológicas. Se trata de asegurar que lo que la Iglesia reza en cada lengua corresponda con exactitud a lo que la Iglesia cree.

La historia de la liturgia demuestra que este tipo de revisiones no es algo extraordinario. A lo largo de los siglos la Iglesia ha corregido o perfeccionado traducciones litúrgicas cuando se advertía que podían generar ambigüedad o pérdida de precisión. En tiempos recientes, por ejemplo, varias conferencias episcopales revisaron la traducción del Credo para recuperar el término “consustancial”, precisamente porque reflejaba mejor el original conciliar.

En este contexto, muchos fieles —sacerdotes, teólogos y laicos atentos a la liturgia— miran naturalmente hacia Roma. La unidad de la Iglesia latina en la celebración de la liturgia siempre ha estado vinculada a la autoridad de la Sede Apostólica, que custodia el patrimonio litúrgico recibido de la tradición.

Por eso resulta legítimo elevar una súplica filial al Santo Padre. No una petición nacida de la polémica ni de la crítica, sino del deseo sincero de que las traducciones litúrgicas reflejen con la máxima fidelidad posible el contenido de los textos originales.

El Papa, como sucesor de Pedro y principio visible de unidad en la Iglesia, tiene también la misión de custodiar la integridad de la lex orandi, la ley de la oración que expresa la fe de la Iglesia. Cuando la liturgia habla con claridad, la fe de los fieles se fortalece. Cuando las formulaciones se vuelven ambiguas o menos precisas, esa claridad puede debilitarse.

La petición que muchos creyentes formulan es sencilla: que las traducciones litúrgicas sean revisadas allí donde la fidelidad al texto original lo aconseje. No para introducir novedades, sino precisamente para recuperar la precisión teológica que los textos latinos han conservado durante siglos.

La Iglesia siempre ha entendido que la lex orandi y la lex credendi están profundamente unidas. Lo que la Iglesia reza forma la fe de los fieles. Por eso mismo, cuidar la exactitud de las palabras de la liturgia no es un ejercicio erudito reservado a especialistas, sino una tarea pastoral de primera importancia.

Si el Credo nació en los concilios para proteger la fe frente al error, y si el Canon Romano ha transmitido durante más de mil quinientos años la misma oración sacrificial de la Iglesia latina, entonces lo más razonable es que sus palabras sigan resonando en cada lengua con la misma claridad con la que fueron formuladas.

No es una reivindicación ideológica ni una nostalgia litúrgica. Es simplemente una petición filial: que la Iglesia rece en todas sus lenguas con la misma precisión con la que la Iglesia creyó y rezó siempre. Porque en la liturgia, a veces una sola palabra basta para preservar intacta toda una verdad de fe.

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