El Papa León XIV presidió este Domingo de Ramos la Misa de la Pasión del Señor en la Plaza de San Pedro, centrando su homilía en la figura de Cristo como Rey de la Paz, en contraste con la violencia que lo rodeaba en los momentos previos a su muerte.
Durante la celebración, el Pontífice recordó que, al recorrer el Vía Crucis, los fieles acompañan a Cristo contemplando una pasión asumida como entrega por amor a la humanidad. Subrayó que Jesús permanece firme en la mansedumbre mientras otros recurren a la violencia, y que se ofrece a sí mismo para abrazar al hombre incluso cuando a su alrededor se alzan espadas y palos.
El Papa insistió en que Cristo vino a traer vida y luz al mundo, precisamente cuando las tinieblas y la muerte parecían imponerse. Su misión, explicó, fue conducir a la humanidad hacia el Padre y derribar toda barrera que separa a los hombres de Dios y entre sí.
A lo largo de la homilía repitió la expresión “Rey de la Paz” para describir a Jesús, destacando gestos concretos de la Pasión. Recordó, por ejemplo, cómo el Señor ordena a uno de sus discípulos guardar la espada tras herir al siervo del sumo sacerdote, advirtiendo que quien a hierro mata a hierro muere. Del mismo modo, señaló que, en el momento de la crucifixión, Cristo no se defendió, sino que se dejó conducir como un cordero al matadero.
En esa actitud, afirmó, se revela el rostro manso de Dios, que rechaza siempre la violencia. Cristo no se salva a sí mismo, sino que acepta la cruz, abrazando en ella todo el sufrimiento humano de todos los tiempos.
El Pontífice evocó también las palabras del profeta Isaías —“aunque multipliquéis las oraciones, no escucharé: vuestras manos están llenas de sangre”— para advertir que Cristo, Rey de la Paz, no puede ser instrumentalizado para justificar la guerra. En esa línea, afirmó con claridad que no escucha las oraciones de quienes hacen la guerra, sino que las rechaza.
El Papa lamentó las heridas que atraviesan hoy a la humanidad, marcada por conflictos y violencia, y señaló que muchos elevan su clamor a Dios desde el sufrimiento de la opresión y la guerra. Frente a ello, afirmó que Cristo sigue clamando desde la cruz: “Dios es amor. Tened misericordia. Dejad las armas. Recordad que sois hermanos”.
En la conclusión, citó al Siervo de Dios Tonino Bello al evocar a la Virgen María al pie de la cruz. Pidió, en ese contexto, la certeza de que la muerte no tendrá la última palabra, que las injusticias están contadas y que la violencia se extinguirá. Y rogó finalmente que las lágrimas de todas las víctimas del dolor y de la guerra sean pronto enjugadas.