Domingo de Ramos: qué significa recibir a Cristo de verdad

Domingo de Ramos: qué significa recibir a Cristo de verdad

Jerusalén está en movimiento. Hay expectación. La multitud se agolpa, extiende mantos, agita ramas, aclama. Todo parece anunciar la llegada de un rey. Pero no es un rey como los demás.

No hay caballos de guerra ni estandartes imperiales. No hay soldados ni demostración de fuerza. Solo un hombre que entra montado en un pollino, en medio de vítores que pronto se apagarán.

San Juan Bautista de La Salle contempla esta escena en sus meditaciones. Cristo sí viene a reinar, pero no como el mundo entiende el poder. Su reino, recuerda, “no es de este mundo”, y no se impone desde fuera, sino que “está dentro de nosotros”.

Un reinado que comienza dentro

Aquel día, muchos aclamaron a Cristo sin comprender realmente qué tipo de rey era. Esperaban una liberación visible, una restauración política, un cambio inmediato en el orden externo.

Pero Cristo a tomar posesión del corazón humano.

Es fácil recibir a Cristo en la superficie —en palabras, en gestos, en celebraciones—, pero mucho más exigente dejarle gobernar la propia vida.

San Juan Bautista de La Salle lo expresa con claridad: “Para que Jesucristo reine en vuestras almas es preciso que le deis en tributo vuestras acciones, que han de estarle todas consagradas, no poniendo en ellas otra cosa sino lo que le sea agradable, y no teniendo otra mira, al hacerlas, que cumplir su santa voluntad, que debe guiarlas todas, a fin de que no haya nada de humano en ellas”.

Un combate que no se ve

Pero este reinado no se establece sin cruz, no hay paz sin combate.

El campo de batalla no está fuera. Está dentro. Allí donde surgen las pasiones desordenadas, donde el ego reclama su lugar, donde el pecado deja huella.

La Salle no suaviza esta realidad. Advierte que es necesario “combatir… a los enemigos de vuestra salvación”, empezando por aquello que habita en el propio interior. No se trata de una lucha simbólica, sino real: una ruptura con el pecado y con todo lo que impide a Cristo reinar.

Hay en esto una verdad incómoda para el hombre moderno: la libertad no consiste en hacer lo que uno quiere, sino en liberarse de lo que le impide vivir en la verdad. Dice el santo sacerdote que “es necesario para ello que Él supere, y que vosotros superéis con Él, con su auxilio, todo cuanto puede obstaculizarlo, como son vuestras pasiones y vuestras malas inclinaciones; y que destruyáis en vosotros el hombre de pecado, que reinó anteriormente en vosotros, para libraros de la vergonzosa esclavitud a la que os había reducido el pecado”.

Cuando Cristo toma el lugar central

El cristiano está llamado a dejar de vivir para sí mismo. No se trata de una metáfora piadosa, sino de una realidad concreta. La Salle explica que, “dejando que reine sobre todos vuestros movimientos interiores, de forma tan absoluta, de su parte, y tan dependiente, de la vuestra”, se puede llegar a decir, con san Pablo, unas palabras que tanto bien hacen meditar en este día: “ya no sois vosotros los que vivís, sino que es Jesucristo quien vive en vosotros”.

Esto no anula al hombre. Lo eleva. Porque, cuando Cristo ocupa el centro, todo encuentra su orden: las decisiones se clarifican, las prioridades se purifican, la vida adquiere unidad, el hombre se ordena a Dios.

Pero ese paso no se da sin abandono. Hay que ceder el control. Hay que confiar.

Un ejército invisible

Cristo no entra solo. Allí donde reina, levanta un orden nuevo. No hecho de estructuras visibles, sino de virtudes.

San Juan Bautista de La Salle habla de un verdadero combate espiritual, en el que el alma se arma con la verdad, la justicia, la fe y la esperanza. Son, en sus palabras, las armas con las que se vence y se establece la paz de Cristo en el corazón.

Hoy se habla poco de estas cosas. Se prefieren soluciones rápidas, cambios superficiales, discursos vacíos —aunque suenen bien—. Pero sin virtud no hay reinado de Cristo posible en el corazón. Así concluye el santo sacerdote su meditación del Domingo de Ramos: “es necesario que pueda levantar un ejército, compuesto de las virtudes con que tenéis que adornar vuestra alma, que le permitan ser totalmente dueño de vuestro corazón”.

El momento de decidir

El Domingo de Ramos no es solo el recuerdo de una entrada triunfal. Es una escena que se repite. Cristo sigue entrando, no en Jerusalén, sino en la vida de cada hombre. Y lo hace del mismo modo: sin imponerse, sin forzar, esperando ser recibido.

¿Se le deja?

Porque entre los que aclamaron aquel día, muchos terminaron dándole la espalda pocos días después. Y esa posibilidad sigue abierta hoy.

Ayuda a Infovaticana a seguir informando