Toda la Iglesia reza intensamente estos días por una solución que no implique ruptura después de que la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X haya anunciado estar dispuesta a consagrar obispos el 1 de julio. Tras una reunión frustrada con el Tucho Fernández, Prefecto de la Congregación para Doctrina de la Fe, han declarado que van a hacerlo porque, siendo la ley suprema de la Iglesia la salvación de las almas, existe un estado de necesidad, pues la mayoría de las parroquias no ofrecen las herramientas necesarias para la salvación de las almas.
¿Es eso cierto? Personalmente, creo que sí. Y me gustaría comentar esta cuestión gravísima basándome en un caso concreto, pero no único.
Había hablado en estos textos en un par de ocasiones anteriores de mi amiga Laura, que reside en un pueblecito de la Cataluña rural, en la provincia y diócesis de Lérida. Después de mis primeras visitas a ese pueblo, hace años, me había planteado comprar una casita allí para trasladarme, ya que el precio, en comparación con Barcelona y alrededores, es irrisorio, y ya no quería seguir viviendo de alquiler. Además, al viajar con mucha frecuencia por motivos laborales, tenía ganas de tener una base en un lugar tranquilo, pequeño, rural. El pueblo de Laura está muy bien conectado con la autovía A2, la autopista AP2 y la ciudad de Lérida, con estación de AVE, lo cual facilitaba tanto los viajes en tren a otras ciudades peninsulares como el desplazamiento hasta el aeropuerto de Barcelona.
Todo hacía indicar que era el lugar ideal para trasladarse a vivir. Sin embargo, existían dos factores importantes especialmente negativos: la situación de Renfe y, sobre todo, de la Iglesia. De un tiempo a esta parte los trenes han empezado a funcionar tan mal que representan un serio problema para mi exigente trabajo. Pero lo que mayor duda me genera es la moribunda situación de la Iglesia en estos lares: pocos (y malos) sacerdotes, peores obispos, escasos fieles, numerosísimos musulmanes y una población autóctona mayoritariamente apóstata que odia los restos que aún sobreviven en la Iglesia.
Sociológicamente, nos hacemos cargo de que la realidad es muy distinta a la de la ciudad; estos pueblos son parte de la llamada España vaciada: pocas personas y mayoritariamente ancianas. Mucha presencia de inmigración del norte y el oeste de África. Y esta composición demográfica, no hace falta decirlo, se traslada en la Iglesia en templos cerrados todo el día, abiertos sólo a la hora de la Misa (en los que hay Misa diaria, que son los menos) y una asistencia reducida a su mínima expresión. En el pueblo de mi amiga Laura, por ejemplo, no se celebra la Misa cada día. Ni tan sólo todos los domingos. Para asistir a Misa a diario es necesario desplazarse en vehículo privado (imposible depender del transporte público en esta zona) hasta la ciudad de Lérida. No hay sacerdote residente en este pueblo. El párroco tiene varios otros pueblos y parroquias a su cargo, y celebra en este pueblo la Misa un domingo al mes. No hay horario de despacho parroquial ni confesiones. La mayoría de domingos se celebra una liturgia de la Palabra, a cargo de un diácono permanente o unas religiosas jubiladas. No es algo extraordinario. Hace años que funciona así de manera permanente.
Mi experiencia de visitas a este lugar durante más de diez años me permite constatar que la situación no hace más que empeorar: no hay reemplazo para los sacerdotes ni para los fieles. Cuando fallece un sacerdote, la única alternativa para el culto en las parroquias que tenía a su cargo son los diáconos permanentes, las religiosas y los laicos, solemnemente instituidos como acólitos y lectores o agentes de pastoral. Y se da una cuestión muy grave en esto: por una parte, muchos fieles no ven la diferencia y hablan de “la Misa de las monjas”. Por otra, desde el obispado, la única preocupación parece ser mantener la ficción del culto dominical; no con una Misa, sino con una liturgia de la Palabra. Entonces, los fieles no cumplen el precepto de oír Misa, pero sí comulgan. ¡Pero el precepto no es comulgar, sino oír la Misa, aun sin comulgar, si no se está en gracia de Dios! Y ¿cómo se va a estar si no hay confesiones en la parroquia?
¿Cuánto tiempo le queda a esta Iglesia rural? Una o dos generaciones, a no ser que el Señor obre un milagro. De momento, y para mantener las formas, lo que parece es que la apuesta de la jerarquía sea preparar una Iglesia sin sacerdotes, con muchísimas más liturgias de la Palabra que Misas.
Ésa parece la apuesta, y no sólo en Cataluña, sino en todas las diócesis rurales de España, como si fuera una directriz de la Conferencia Episcopal. En las diez diócesis que hay en Cataluña, nos encontramos con que, por lo menos la mitad – Lérida, Solsona, Urgel, Tarragona y Tortosa – están formando a laicos para celebrar liturgias de la palabra “en espera” de presbítero. En Tarragona promocionaron a bombo y platillo a su equipo de “señoras que llevan la Palabra allí donde no llegan los sacerdotes”. En Urgel fueron nombrados hace un par de años un equipo de 13 ó 14 acólitos y lectores para realizar liturgias de la Palabra. En Tortosa, aprenden del obispo de Barbastro y su equipo a hacer lo mismo. Puede tratarse de una estrategia para cobrar de la CEE por mantener los centros de culto abiertos, aunque no se diga Misa en ellos ni los domingos. En este sentido, me parece un caso especialmente interesante el de Solsona. Recordemos que el obispo Novell – sí, el que se casó con una escritora de novela erótica – había apostado por unificar comunidades y cerrar templos. Pues bien, a la vista de las noticias publicadas por el mismo obispado, su sucesor, el obispo Conesa, parece haber optado por la estrategia contraria, pues este pasado jueves 19 de marzo se instituyeron solemnemente en la catedral un grupo de 50 ministros extraordinarios de la comunión, varones y mujeres. Cincuenta ministros extraordinarios de la comunión en una diócesis que en 2025 tenía 69 sacerdotes. No hace falta ser un lince para ver que pronto habrá en esta diócesis más ministros laicos que sacerdotes. Y muy pocas misas, por consiguiente.
Hay sacerdotes y obispos que se escudan en el funcionamiento de las misiones ad gentes, con la existencia de los catequistas, para justificar esta situación, y nos intentan convencer de que la España vaciada es ahora tierra de misión. En el caso catalán, sin embargo, es muy fácil discrepar de esta excusa que seguramente ni los obispos creen. Tierras de misión son aquellas en que el Evangelio es desconocido y es predicado por primera vez. No es el caso español, evidentemente. A lo que más se parece esta situación, por escalofriante que suene, es al de la apostasía generalizada. Según la RAE, “apostasía” es “abjuración, retractación, renuncia, abandono, deserción, repudio”. Renuncia, abandono y deserción, sin duda. Juan Manuel de Prada afirmaba hace años con mucho sentido común que es infinitamente más complicado anunciar el Evangelio a personas que no es que no lo conozcan, sino que lo conocen y lo han desechado como algo inútil, prescindible y que debería desaparecer, por desfasado.
Podemos ejemplificarlo de nuevo remitiéndonos al pueblo de mi amiga Laura. Un sitio rural, de la Cataluña profunda, rodeado de granjas porcinas. Mientras que, al mismo tiempo, es usual ver a señoras sesentonas con sus leggins y esterillas de yoga por la calle dirigirse al gimnasio. Los espectáculos teatrales y musicales en el ateneo popular financiados por el ayuntamiento con contenido explícito homosexual, transexual y de extrema-izquierda. Laura me contó que ellos están planteándose incluso cambiar a los niños del colegio. La única escuela hasta segundo de bachillerato en su pueblo es la pública, y dice notar muchísimo los cambios en los últimos años a un adoctrinamiento woke muy intenso. Ella y el padre de sus hijos, con quien convive sin estar casados, no son católicos practicantes, es obvio, pero están dispuestos a hacer un esfuerzo para llevar a los niños a un colegio concertado católico. Algo que, dicho así, tampoco es garantía de nada. Colegios tipo religiosas Vedruna y similar son lo mismo que la escuela pública y los colegios del Opus Dei son muy costosos.
En ese pueblo hay unos bajos en un edificio de viviendas que albergan el local de una secta evangélica a la que asiste parece que exclusivamente la comunidad brasileña. Pero que está lleno de personas de ambos sexos y de todas las edades, mientras que colocarse a la puerta de la parroquia los domingos a las 12.35 hrs, cuando hay Misa, es para echarse a llorar.
Sabemos por otra parte que nuestra obligación no es sólo asistir a Misa en días de precepto, sino asistir a la Misa que más dignamente dé gloria a Dios. Pero es muy difícil encontrar algo que se ajuste a esta definición en muchos kilómetros en estos lares. A la Misa en ese pueblo hace años que decidí no asistir. Ya lo intenté al principio en las visitas a Laura. Pero se cometen abusos, se predica sobre la acogida a los inmigrantes y demás. Durante los años en que he ido a visitarla, he recorrido kilómetros y kilómetros de coche buscando la Misa más digna a la que asistir y he visto los horrores más aberrantes del (mal) espíritu del Concilio que uno se puede imaginar.
La Misa tradicional es inexistente en todas estas diócesis rurales. Para asistir a Misa vetus es necesario desplazarse a Barcelona. Y estamos hablando de más de 150 km.
Por todo ello, he concluido que no sale a cuenta poder comprar un inmueble cuando lo que se sacrifica es la posibilidad de la Misa diaria y la Misa dominical digna y, sobre todo, de la Misa Tradicional (hace tiempo que no asisto al Novus Ordo). Y no sólo estoy hablando de mi caso, sino de la posibilidad, porque la vivienda es asequible y existen muchas ayudas para jóvenes emprendedores, de que familias jóvenes con hijos se instalaran en estos pueblos y no sólo se frenara la despoblación y se ganase en calidad de vida, sino que pudieran formarse pequeñas comunidades católicas al estilo de San Ireneo de Arnois (El despertar de la Señorita Prim) y la Opción Benedictina. Pero si no hay buenos sacerdotes y no existe la posibilidad de vivir la fe de una manera firme porque la Iglesia está en ruinas, de nada sirve que la vivienda esté a un precio muy bajo.
Conocí hace un par de años a un sacerdote del maravilloso Instituto del Buen Pastor, fundado en 2006 bajo el pontificado y con el apoyo del papa Benedicto XVI, y que tiene la misión específica de difundir los tesoros litúrgicos y doctrinales de la Tradición católica dentro de la Iglesia. Con este fin, los sacerdotes del Instituto están al servicio de todas las diócesis en su apostolado tradicional. La misión del Instituto se caracteriza, en primer lugar, por el uso exclusivo, en todos sus actos litúrgicos, de los libros litúrgicos romanos tradicionales de 1962.
Uno de los pilares del carisma de este instituto es la nueva evangelización del mundo rural mediante la liturgia tradicional. Sin embargo, me contaba este sacerdote, la experiencia del instituto es que son muchos, la mayoría, los obispos que prefieren que en sus templos se celebren liturgias de la Palabra antes que permitir que se celebre una Misa tradicional.
Así, ¿qué posibilidades reales existen de una “Iglesia misionera”, de la que se llenan la boca los obispos, mientras sus efectivos son cuatro heroicas ancianas y unos cuantos – no mucho más jóvenes – laicos con ganas de ser activamente clericalizados? ¿De verdad pretenden convencernos de que unas señoras con alba y una cruz de madera colgando del cuello representan algún tipo de vitalidad en la Iglesia cuando asistimos a una cada vez más rápida protestantización de la Iglesia? Una cosa es hacer de la necesidad virtud y otra muy distinta es tomarnos a los fieles por tontos.
¿No estamos acaso ante un clarísimo y generalizado ESTADO DE NECESIDAD, como afirmaba el superior de la FSSPX, en la que muchas parroquias no ofrecen los medios necesarios para la salvación de las almas?