El Hospital Residència Sant Camil, en Sant Pere de Ribes, es una obra de titularidad religiosa vinculada a la Orden de los Ministros de los Enfermos, los conocidos como religiosos camilos. Sant Camil nació como una infraestructura sanitaria promovida por esta una orden católica sobre unos terrenos donados precisamente para una obra asistencial.
La historia del centro arranca con la donación de terrenos vinculada a Amanda Sagristà Colomé, viuda de Josep Marcer Carbonell, con el propósito de construir una residencia para el cuidado de personas necesitadas. Sobre esa base, los camilos desarrollaron primero una residencia y después un hospital, configurando un complejo sanitario que quedó unido desde su origen a la espiritualidad y a la misión asistencial de la orden. No se trataba simplemente de gestionar camas o servicios médicos, sino de encarnar en el ámbito sanitario el carisma propio de San Camilo de Lelis: cuidar al enfermo con amor, ternura y reverencia por la vida humana.
Propiedad religiosa y gestión pública
Con el paso del tiempo, esa realidad se reorganizó jurídicamente. En 2002 se constituyó la Fundación Hospital Residencia Sant Camil, creada por la provincia española de los Religiosos Camilos para gestionar el complejo. Y en 2009 esa fundación acordó traspasar la gestión asistencial al Consorci Sanitari de l’Alt Penedès i Garraf, integrando el hospital en la red sanitaria pública catalana. Ese es el esquema que sigue vigente: titularidad religiosa camiliana y gestión pública por acuerdo con la sanidad catalana.

No estamos ante un hospital puramente público en el que la Iglesia tenga una presencia pastoral accesoria. Tampoco ante un centro que un día fue religioso y dejó de serlo por completo. Lo que existe es un hospital de propiedad religiosa, articulado mediante la fundación vinculada a los camilos, cuya gestión ordinaria fue cedida a una entidad pública. La gestión es pública; la obra, su raíz y su identidad, siguen siendo camilianas.
La continuidad camiliana: el 50 aniversario
La propia orden reivindica expresamente esta continuidad. El 18 de octubre de 2025, con ocasión del 50 aniversario del hospital, los Religiosos Camilos organizaron junto con el propio centro una celebración con fuerte carga institucional y religiosa. El acto principal fue una Eucaristía presidida por Mons. Xabier Gómez, obispo de Sant Feliu, en la que participaron la Dra. Olga Farré, gerente del hospital; el P. John Le Van, superior local de la comunidad camiliana; y el H. José Carlos Bermejo, superior provincial de los camilos en España y Argentina.
Puede leerse la crónica completa del acto en la propia web de la orden:
El Hospital Sant Camil celebra 50 años de servicio con “corazón en las manos”.
Lo que allí se dijo resulta hoy imposible de ignorar. José Carlos Bermejo afirmó que los presentes eran “herederos del bien que han hecho otros”, “de tantas manos y corazones que han construido este lugar como un verdadero templo del cuidado”. Recordó también a los religiosos que habían pasado por la comunidad de Sant Camil y evocó a Amanda Sacristán como donante y promotora de su construcción, así como al P. Canet como primer impulsor del proyecto.
Todavía más significativo fue el lenguaje empleado para definir la naturaleza del hospital. Bermejo sostuvo que en Sant Camil “cada gesto de cuidado es una liturgia del servicio, una expresión del Reino de Dios”, y añadió que el hospital es “un lugar sagrado donde se celebra cada día la vida, el alivio y la ternura”. Remató su intervención con la frase que identificó como emblema del lugar: “más corazón en las manos, la sabiduría del corazón que ve, discierne y actúa con compasión”.
El obispo Xabier Gómez, por su parte, agradeció la trayectoria de los religiosos y colaboradores del hospital y animó a los camilos a mantener viva su presencia en Sant Pere de Ribes, “aportando la riqueza del carisma de la ternura y colaborando en la pastoral de la salud y la humanización de los cuidados”.
El caso Noelia: la ruptura
Ese contexto hace todavía más grave la contradicción que hoy se ha hecho visible. Porque en ese mismo hospital, presentado por sus propios responsables religiosos como “templo del cuidado”, “lugar sagrado” y espacio donde “se celebra cada día la vida”, se ha quitalo la vida de una joven de 25 años con problemas de depresión post-traumática tras haber sufrido una violación múltiple, Noelia.
Noelia era una joven con un cuadro psiquiátrico grave. Su situación exigía precisamente lo contrario de lo que finalmente ocurrió: acompañamiento, tratamiento, contención y esperanza. Sin embargo, fue en Sant Camil, un hospital de titularidad religiosa católica, donde se le aplicó la eutanasia. Se la mató en un centro que los propios camilos siguen reivindicando como obra suya y como expresión de su misión.
Una incoherencia estructural
No basta con decir que la gestión es pública. Ese argumento puede delimitar responsabilidades administrativas, pero no elimina la contradicción de fondo. Porque aquí no estamos hablando de una orden que presta asistencia espiritual en un hospital ajeno, sino de una institución que conserva la titularidad histórica y fundacional del centro, que mantiene su relato identitario y que sigue participando en su vida institucional.
La pregunta es directa: si Sant Camil es, como dicen los camilos, un “lugar sagrado donde se celebra la vida”, ¿cómo puede aceptarse que en ese mismo lugar se practique la eutanasia? Si siguen presentes, si celebran, si reivindican la obra como propia, ¿pueden desentenderse de lo que ocurre dentro alegando que la gestión es pública?
El caso obliga a revisar el modelo. Durante años se ha sostenido una separación cómoda entre propiedad religiosa y gestión pública. Pero cuando esa separación desemboca en que, dentro de una obra hospitalaria católica, se mate a pacientes, deja de ser una cuestión técnica para convertirse en una contradicción moral insostenible.
La necesidad de replantear el modelo
Si un hospital es de titularidad católica, no puede convertirse en un lugar donde se practique la eutanasia sin que se produzca una quiebra grave de coherencia. Y si los acuerdos firmados con el Estado permiten ese resultado, esos acuerdos deben ser revisados. No para entrar en debates nominalistas, sino para recuperar una mínima coherencia entre lo que una institución dice ser y lo que permite que ocurra en su propia casa.