El Papa León XIV ha centrado su intervención en Mónaco en una idea concreta: la Iglesia debe actuar como “abogada” del ser humano, con una defensa explícita de la vida desde la concepción hasta su fin natural, frente a un modelo social que tiende a reducir al hombre al individualismo y a la lógica económica.
Durante la celebración en la catedral de la Inmaculada Concepción, el Pontífice desarrolló una línea clara: Cristo no solo redime, sino que restituye al hombre en su dignidad, y esa lógica debe trasladarse a la acción de la Iglesia. En ese marco, insistió en que el anuncio del Evangelio implica necesariamente la defensa activa de la vida humana, “desde su concepción hasta su fin natural”, situando el eje provida en el centro del discurso.
El Papa advirtió contra el secularismo que reduce al hombre a individuo aislado y contra un modelo social basado en la producción de riqueza como criterio último. Retomando a Benedicto XVI, cuestionó la lógica del beneficio como fin en sí mismo e instó a recuperar una ética de la responsabilidad orientada al bien común.
Al mismo tiempo, reclamó una fe viva, no reducida a costumbre, capaz de cuestionar las estructuras sociales y de anunciar el Evangelio también con nuevos lenguajes, incluidos los digitales, con especial atención a quienes se acercan o regresan a la fe.
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TEXTO ÍNTEGRO (traducción al español)
Queridos hermanos y hermanas:
Ante Dios y delante de Dios tenemos un abogado: Jesucristo, el justo (cf. 1 Jn 2,1-2). Con estas palabras, el apóstol Juan nos ayuda a comprender el misterio de la salvación. En nuestra fragilidad, cargados con el peso del pecado que marca nuestra humanidad, incapaces de alcanzar por nuestras propias fuerzas la plenitud de la vida y de la felicidad, hemos sido alcanzados por Dios mismo por medio de su Hijo Jesucristo. Él —afirma el Apóstol—, como víctima de expiación, ha tomado sobre sí el mal del hombre y del mundo, lo ha llevado con nosotros y por nosotros, lo ha atravesado transformándolo y nos ha liberado para siempre.
Cristo es el centro dinámico, es el corazón de nuestra fe, y desde esta centralidad quisiera dirigirme a vosotros, mientras saludo cordialmente a Su Alteza el Príncipe Alberto, a Su Excelencia Mons. Dominique-Marie David, a los sacerdotes, religiosos y religiosas presentes, expresando a todos la alegría de estar aquí y de compartir vuestro camino eclesial.
Mirando a Cristo como “abogado”, en referencia a la lectura que hemos escuchado, quisiera ofreceros algunas reflexiones.
La primera se refiere al don de la comunión. Jesucristo, el justo, intercediendo por la humanidad ante el Padre, nos reconcilia con Él y entre nosotros. Él no viene a realizar un juicio que condena, sino a ofrecer a todos su misericordia que purifica, sana, transforma y nos hace partícipes de la única familia de Dios. Su actitud compasiva y misericordiosa lo convierte en “abogado” en defensa de los pobres y de los pecadores, no para justificar el mal, sino para liberarlos de la opresión y de la esclavitud y hacerlos hijos de Dios y hermanos entre sí. No es casual que los gestos realizados por Jesús no se limiten a la curación física o espiritual de la persona, sino que incluyan también una importante dimensión social y política: la persona curada es reintegrada, en toda su dignidad, en la comunidad humana y religiosa de la que, a menudo precisamente por su condición de enfermedad o de pecado, había sido excluida.
Esta comunión es el signo por excelencia de la Iglesia, llamada a ser en el mundo reflejo del amor de Dios que no hace acepción de personas (cf. Hch 10,34). En este sentido, quisiera decir que vuestra Iglesia, aquí en el Principado de Mónaco, posee una gran riqueza: ser un lugar, una realidad en la que todos encuentran acogida y hospitalidad, en esa mezcla social y cultural que es un rasgo típico vuestro. El Principado de Mónaco, en efecto, es un pequeño Estado habitado de manera variada por monegascos, franceses, italianos y personas de muchas otras nacionalidades. Un pequeño Estado cosmopolita, en el que a la variedad de procedencias se suman también otras diferencias de tipo socioeconómico. En la Iglesia, tales diferencias nunca se convierten en ocasión de división en clases sociales, sino que, por el contrario, todos son acogidos como personas e hijos de Dios, y todos son destinatarios de un don de gracia que impulsa la comunión, la fraternidad y el amor mutuo. Este es el don que proviene de Cristo, nuestro abogado ante el Padre. De hecho, todos hemos sido bautizados en Él y, por tanto, afirma san Pablo: «ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gal 3,28).
Un segundo aspecto, sin embargo, me parece necesario subrayar: el anuncio del Evangelio en defensa del hombre. Deseando que todos acojan la buena noticia del amor del Padre, Jesús se sitúa como “abogado” sobre todo en defensa de aquellos que eran considerados abandonados por Dios y que son juzgados como olvidados y marginados, haciéndose voz y rostro del Dios misericordioso que «defiende los derechos de todos los oprimidos» (Sal 103,6).
Pienso entonces en una Iglesia llamada a hacerse “abogada”, es decir, a defender al hombre: a todo el hombre y a todos los seres humanos. Se trata de un camino de discernimiento crítico y profético orientado a promover «un desarrollo integral de la humanidad, que respete su dignidad y su identidad auténtica, así como su fin último, que remite a un misterio de comunión plena con el Dios Trinidad y entre nosotros» (Comisión Teológica Internacional, Quo vadis, humanitas?, 22).
Este es el primer servicio que el anuncio del Evangelio debe prestar: iluminar a la persona humana y a la sociedad para que, a la luz de Cristo y de su Palabra, descubran su propia identidad, el significado de la vida humana, el valor de las relaciones y de la solidaridad social, el fin último de la existencia y el destino de la historia.
A este respecto, deseo animaros a prestar un servicio apasionado y generoso en la evangelización. Anunciad el Evangelio de la vida, de la esperanza y del amor; llevad a todos la luz del Evangelio para que sea defendida y promovida la vida de todo hombre y de toda mujer desde su concepción hasta su fin natural; ofreced nuevas claves de orientación capaces de frenar las tendencias del secularismo que corren el riesgo de reducir al hombre al individualismo y de fundar la vida social en la producción de riqueza.
Es importante que el anuncio del Evangelio y las formas de la fe, tan arraigadas en vuestra identidad y sociedad, se guarden del riesgo de reducirse a una costumbre, aunque sea buena. Una fe viva es siempre profética, capaz de suscitar preguntas y ofrecer provocaciones: ¿estamos realmente defendiendo al ser humano? ¿Estamos protegiendo la dignidad de la persona en el cuidado de la vida en todas sus fases? ¿Es verdaderamente justo y solidario el modelo económico y social vigente? ¿Está impregnado de una ética de la responsabilidad que nos ayude a ir más allá de la «lógica del intercambio de equivalentes y del beneficio como fin en sí mismo» (Benedicto XVI, Enc. Caritas in veritate, 38), para construir una sociedad más justa?
Queridos hermanos, mantener la mirada fija en Jesucristo, nuestro abogado ante el Padre, genera una fe arraigada en la relación personal con Él, una fe que se convierte en testimonio, capaz de transformar la vida y renovar la sociedad. Esta fe necesita ser anunciada con instrumentos y lenguajes nuevos, también digitales, y todos deben ser introducidos y formados en ella con continuidad y creatividad. Esto vale en particular para quienes se están abriendo al encuentro con Dios, los catecúmenos y quienes recomienzan, hacia los cuales os recomiendo una atención especial.
Que vuestra Santa Patrona, la virgen y mártir Devota, os inspire con su ejemplo, y que María Santísima, Virgen Inmaculada, interceda por vosotros y os guíe siempre en vuestro camino.