El obispo auxiliar de ‘s-Hertogenbosch, Robert Mutsaerts, ha reconocido sin rodeos el colapso de la Iglesia católica en los Países Bajos tras las reformas impulsadas en las décadas posteriores al Concilio Vaticano II. Su diagnóstico es claro: el intento de adaptar la fe a las corrientes culturales terminó vaciando la práctica religiosa y diluyendo la identidad católica.
En una entrevista concedida a LifeSiteNews, el prelado describe una transformación profunda en apenas unos años. Donde antes la asistencia a Misa era prácticamente universal, hoy apenas un 2% de los católicos acude los domingos. En algunas zonas, antes del concilio, esa cifra alcanzaba el 96%.
De una Iglesia sólida a un derrumbe acelerado
Mutsaerts recuerda que la Iglesia neerlandesa partía de una posición excepcionalmente fuerte. En su juventud, en diócesis como la de ‘s-Hertogenbosch, casi toda la población se identificaba como católica y la práctica religiosa formaba parte de la vida cotidiana.
Sin embargo, tras el Concilio Vaticano II, el país dio un giro radical. En palabras del propio obispo, pasó de ser “el alumno más obediente” a convertirse en uno de los más rebeldes, decidido a reformar la Iglesia en profundidad. El resultado no fue una renovación, sino un desplome rápido: la práctica sacramental cayó en picado en cuestión de pocos años.
Reformas, ruptura y pérdida de referencias
Según Mutsaerts, el problema no fue solo pastoral, sino también cultural. Muchos dentro de la Iglesia asumieron los “ideales de los años sesenta”, con una fuerte carga de rechazo a la autoridad y a las normas, intentando adaptar el mensaje cristiano al clima de la época.
En ese contexto surgieron iniciativas como el “Catecismo holandés”, con formulaciones ambiguas en cuestiones clave, y se consolidó la influencia de teólogos progresistas. Al mismo tiempo, la liturgia fue objeto de cambios continuos que el propio obispo califica de “desastrosos”, por su impacto en la percepción de lo sagrado.
“Cuando se relativiza la verdad, todo se desmorona”
Para Mutsaerts, el punto de inflexión fue doctrinal. “Se empezó a relativizar la verdad objetiva, y ese fue el problema principal”, explica. A partir de ahí, la crisis se volvió inevitable.
El intento de hacer la Iglesia más aceptable ante la sociedad acabó produciendo el efecto contrario. “Quisimos agradar a la sociedad y perdimos nuestra identidad”, afirma. Al desaparecer la diferencia entre la fe católica y la mentalidad dominante, la Iglesia dejó de ofrecer algo propio y perdió su capacidad de sostener a los fieles.
Alemania está advertida
El obispo neerlandés establece un paralelismo directo con la situación actual en Alemania. A su juicio, el llamado “camino sinodal” reproduce “los mismos temas y las mismas ideas” que ya se ensayaron en su país hace décadas.
Por eso, advierte de que insistir en esa vía llevará a resultados “desastrosos”. La experiencia neerlandesa, sostiene, no es una hipótesis, sino un precedente concreto de lo que ocurre cuando se diluye la doctrina en nombre de la adaptación.
Tras el colapso, un inicio tímido
Pese a todo, Mutsaerts no descarta completamente una recuperación. Señala que, tras décadas de crisis, se ha producido un cierto cambio de rumbo, en parte gracias a la intervención del Vaticano en el nombramiento de obispos más firmes doctrinalmente.
El punto de partida sigue siendo muy bajo, pero comienzan a percibirse algunos signos nuevos. “Los números son pequeños, pero están ahí”, afirma, refiriéndose al interés de jóvenes que empiezan a acercarse de nuevo a la fe. Para el obispo, tras haber tocado fondo, podría abrirse lentamente una nueva etapa.